En México, el pueblo tampoco olvida

Es muy cierto que la sociedad mexicana está urgida de un cambio, «un cambio con rumbo cierto, que lleve a México a construir su grandeza». Este cambio, obviamente, no podrá venir de las fuerzas políticas que han llevado a los mexicanos al desastre histórico en que nos encontramos, como nos lo quiere hacer creer el precandidato del PRI, Enrique Peña Nieto. En efecto, «no podemos seguir por un camino equivocado y mucho menos optar por ilusiones engañosas», como así sucedería de continuar la oligarquía en el poder, ahora bajo la gerencia del partido tricolor, cuyos dirigentes reales ven llegada la hora del relevo ante el fracaso de la extrema derecha como opción de gobierno, y la lamentable incapacidad de la izquierda para ver más allá del corto plazo, situación que en el 2012 tendrá oportunidad de corregir.

Es un axioma válido para nuestro tiempo que el ser social determina la conciencia social. Por lo tanto, es impensable que Peña Nieto pueda representar un cambio como el que se necesita de manera urgente para frenar la destrucción del país, por los abusos y arbitrariedades de una minoría a la que sólo interesa acrecentar su poder y riquezas. Sería un grave error suponer que el ex gobernador mexiquense pudiera liderar un cambio progresista, cuando él siempre ha pertenecido a la oligarquía. De ahí que sus discursos sean un dechado de mentiras y demagogia sin sustento en la realidad. ¿Cuándo ha visto, como dice, «la mirada desesperada de la mujer que mantiene el hogar y no encuentra un empleo»?

Según su corta biografía, su vida ha transcurrido en el mundo ideal de la juventud ajena por completo a la crudeza de la realidad nacional. ¿No se la pasó estudiando en colegios privados y se graduó en la Universidad Panamericana, cuyo interés fundamental es preparar a los administradores de empresas de la elite económica del país? De acuerdo con ello, es absolutamente imposible que alguna vez haya conocido en serio la pobreza lacerante que viven más de dos terceras partes de la población nacional. Cuando mucho, tiene alguna que otra referencia lejana, gracias a las giras que realizó como mandatario mexiquense, pobreza que dejó intacta o peor en algunas zonas, luego de su sexenio.

Dice «no olvidar la violencia, la pobreza y la desesperanza que vive México», aun cuando su memoria sólo alcanza los últimos once años, cuando la oligarquía quiso darle una oportunidad al PAN de llevar las riendas del Ejecutivo, hastiada de tanta corrupción, tanto cinismo y tanto desatino del PRI neoliberal. Sólo que le falló la apuesta y las cosas resultaron mucho peores. De ahí que sea muy difícil suponer que quiera seguir apostando por el partido blanquiazul, luego del terrible fracaso de Felipe Calderón, quien sigue empeñado en dejar a Ernesto Cordero Arroyo como su delfín, sin que le importen los costos de tan aberrante decisión.

Ahora la mafia ultrarreaccionaria pretende sentar en la silla presidencial al joven Peña Nieto, al suponer que por esa cualidad podría ganar el voto de la juventud, que sigue siendo un conglomerado humano fundamental en el país. Asimismo, debe creer que se ganaría el voto de las mujeres, quienes, supone, se dejarían llevar por la apostura del muchacho mexiquense. Esto podría ser válido en una realidad diferente a la que estamos viviendo, donde los sueños telenoveleros pudieran hacerse realidad. No en este momento, en una nación destrozada por la violencia y el desgarramiento de las instituciones, como consecuencia de la irresponsabilidad de la burocracia dorada y la inacabable voracidad de la mafia que detenta el poder con un egoísmo irracional.

Pronto, al transcurrir de la campaña electoral, jóvenes y mujeres podrán irse dando cuenta que debajo del galán de telenovela, lo que hay es un hombre mentalmente viejo, tanto como los jerarcas más ancianos de la oligarquía, porque la juventud se lleva en el alma, en las ideas, en el corazón. Peña Nieto, al igual que ese otro «anciano» disfrazado de joven llamado Ernesto Cordero Arroyo, representan lo peor del sistema político mexicano. Esto quedará muy claro en los meses subsecuentes, cuando ambos demuestren su total desconocimiento de la realidad del pueblo, que no será posible ocultar con discursos demagógicos y superficiales.

Si Peña Nieto «no olvida» los problemas que vive México, como consecuencia de los abusos de sus ancestros, las clases mayoritarias mucho menos pueden olvidar que los priístas abandonaron sus compromisos con el pueblo, y se entregaron en cuerpo y alma al servicio de la oligarquía, particularmente a partir de que Miguel de la Madrid llegó a la Presidencia. En sus «Memorias», que quizás nunca se publiquen, quienes han tenido acceso a ellas, señalan que allí se hace hincapié en que sus últimos años ha vivido arrepentido de haberse prestado a la sucia maniobra que condujo a Carlos Salinas de Gortari a Los Pinos. Así abrió la puerta de par en par a los enemigos de México, misma que quieren mantener abierta con Peña Nieto, una vez que Calderón canceló toda posibilidad de que el PAN siga en el poder.

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