En la muerte de Manuel Ballestero

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Este mes de enero nos ha llegado la noticia de la muerte en París de un querido amigo, un hombre con quien compartí debates intelectuales, proyectos revolucionarios, sueños utópicos,… y también festivas parrandas. Manuel Ballestero era un brillante intelectual comunista, comprometido con la emancipación humana, y un compañero que sabía gozar la vida en toda su plenitud, con el cuerpo y con el espíritu. Su memoria nos reconforta a quienes le conocimos y gozamos de su amistad, descanse en paz.

Durante los años que colaboramos juntos en la FIM (Fundación de Investigaciones Marxistas) y en el CAUM (Club de Amigos de la UNESCO de Madrid) tejimos una entrañable amistad, que recuerdo con cariño. Compartíamos una filosofía y una militancia política, y nuestras eventuales diferencias de enfoque teórico o práctico no impedían que nos respetáramos y estimáramos. Mi formación política cercana a la izquierda comunista con un trasfondo de educación cristiana, contrastaba con su fidelidad al partido comunista y su aceptación crítica de la evolución de esa corriente marxista hacia una burocratización imparable. Esa crítica a la derechización del partido obrero nos unía, pero nuestras vías de acción política eran divergentes, Manolo dentro del PCE, yo fuera. Esto, sin embargo, no nos impidió trabajar juntos en diversos proyectos.

Coincidíamos en nuestro enfoque de los problemas filosóficos que están en la base de la acción teórica y práctica del marxismo. Su rechazo del estalinismo y la crítica de su ideología dogmática, significaron para él la apertura a diversas filosofías que han hegemonizado el pensamiento occidental, especialmente el existencialismo y el idealismo alemán. Sin que esa actitud supusiera concesiones al capitalismo y el liberalismo, sí era un reconocimiento de la hegemonía ideológica de ese sistema, y la necesidad de alcanzar compromisos prácticos en el desarrollo de la movilización proletaria hacia la emancipación.

Después de haber pasado media vida en París, trabajando como profesor universitario, a menudo Manolo no se sentía a gusto en el ambiente cultural español, dominado por el conformismo y la ausencia de conciencia crítica bajo la monarquía borbónica y los gobiernos del PSOE descafeinado salido de la transición. Sin embargo, consideraba su deber participar en la lucha política de nuestro país. En esto también coincidíamos, aunque personalmente mis contactos con el mundo europeo han sido menos intensos que los suyos.

Por mi parte, considerándome discípulo de Sacristán, desde aquellos años he matizado mi posición con una adhesión firme y radical al racionalismo, y al desarrollo del marxismo como ciencia, considerando también las aportaciones del positivismo al método científico. Manolo parecía tener más interés en las cuestiones morales y estéticas, su marxismo era humanista, y rechazaba de plano la filosofía anglosajona.

Ahora recordando aquellos tiempos, tengo la impresión de que Manolo tenía un carácter más racionalista consecuente que el mío, compensándolo con su apertura intelectual hacia las interpretaciones románticas de la existencia humana. Mi temperamento, en cambio, más voluble, necesitaba de un mayor rigor racional en mis planteamientos filosóficos. Nunca he llegado a militar en un partido político, y en ese compromiso militante estribaban nuestras mayores discrepancias. Sin embargo, fue él quien me invitó a entrar en Izquierda Unida dentro de la corriente anticapitalista, si bien nunca llegué a integrarme en ella. Es de notar su amplitud de miras a la hora de plantear las relaciones entre las diferentes corrientes comunistas.

Algunas divergencias y las circunstancias de la vida de cada uno nos acabaron distanciando. Diferíamos en la valoración del 68 francés y la posición del PCF (Partido Comunista Francés) en aquella ocasión. Recuerdo que discutimos a cuenta de una película de Richard Dindo sobre el Che Guevara, donde, siguiendo el guión de su Diario de Bolivia, parecía mostrarse la traición del PCB (Partido Comunista de Bolivia) a la guerrilla guevarista. Manolo no aceptó esa interpretación, que yo defendía. Esa discusión tuvo como trasfondo la actividad armada del MVLN (Movimiento Vasco de Liberación Nacional) y la posibilidad de emprender acciones violentas como complemento de la lucha obrera, transformando el conflicto económico por la distribución de la riqueza en pugna política por la configuración del poder público. En aquellos años de mediados de los 90 se estaba gestando el cambio político en Latinoamérica, que daría lugar a los gobiernos progresistas a comienzos del siglo XXI. Finalmente se optó por la vía pacífica a raíz del proceso bolivariano en Venezuela, se desestimó la vía violenta y ETA abandonó la lucha armada.

Poco tiempo después yo abandoné Madrid y él se marchó a París para estar cerca de su familia. Los años le pesaban. Ha tenido una larga vida, más de 90 años, y han pasado mucho tiempo desde entonces, pero su amistad es uno de los mejores recuerdos de mi vida.

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