En el Día de la Raza hay que recordar

En el día de la Raza hay que recordar que sólo el mestizo aporta pruebas de no ser racista. Mientras cada una de las partes se muestre orgulloso de sus características, mientras no haya un common ground a de eso de no soy racista siempre se puede esperar un pero. Los encantados de haberse conocido tal como es su etnia, su raza o su nación, son al igual que los racistas, enemigos acérrimos de la ciudad mestiza.

  Nunca se repetirá lo suficiente que ninguna ciudad mezclada es posible sin valores comunes. Ello implica reglas, normas y obligaciones comunes. Los conflictos culturales y sociales, inevitables en toda sociedad, no pueden superarse únicamente mediante el respeto ingenuo de las diferencias, mediante la apología de lo que separa, aunque sea en nombre de la democracia y de la política de reconocimiento que se debe a unos individuos o grupos.

   Sólo la búsqueda de una identidad compartida, que no es un producto de la naturaleza sino de la voluntad, permite construir estos valores comunes. Este camino, largo y difícil ya que consiste en fabricar voluntariamente la identidad común, implica una visión clara de los derechos y deberes en la ciudad. Porque la condición necesaria para la ciudad mestiza, lejos de los racismos y de las demagogias de la pertenencia exclusiva, afortunadamente es y seguirá siendo siempre la universalidad de lo humano.

   Los buenos conversadores tienen la rara habilidad que muestran para avanzar en el diálogo a base de ir dejando pendientes,»a los lados», los temas que suscitan discrepancias y concentrarse en aquellos donde hay consenso, y sólo vuelven sobre los puntos polémicos cuando ha cristalizado un espacio de confluencias entre ellos y sus interlocutores.

   Cuando esas diferencias no se pueden dejar a los lados entonces nuestros representantes políticos se convierten en simples «embajadores que defienden intereses distintos y hostiles, intereses que cada uno debe sostener como agente y abogado, contra otros agentes y abogados», para decirlo con las conocidas palabras de un clásico del pensamiento político. No está de más precisar que lo de embajadores se refiere a los intereses invocados, no a las convicciones representadas: digan lo que digan, los nacionalistas sólo representan a los nacionalistas, no a la nación, ni tampoco a las otras naciones de su nación.

   Para ellos los hechos pueden ser como para Don Quijote enemigos de la verdad. Se defienden como Groucho cuando es pillado en la cama con otro. ¿A quién vas a hacer caso, a tus ojos o a mí? Insisten en que “Los hechos son sagrados, la opinión es libre”. Pero la actitud que se propaga en los medios parece invertir esa fórmula. Cada vez más maestros del difundir consideran que las que son sagradas son sus opiniones –pocas veces fundamentadas– a la vez que no dudan en deformar los hechos para obligarlos a justificar sus opiniones.

  ¿España  hace la Constitución o la Constitución a España? Es la magnitud intensiva de España la que fundamenta la Constitución y no a la inversa. España no se inventó en 1978. Análogamente, las identidades nacionales que en España hay no son creaciones normativas como pueden serlo el Tribunal de Cuentas o la Comunidad Autónoma de Madrid, sino que preexistieron a la norma y contribuyeron a fundamentarla. ¿Alguien puede pretender seriamente que Cataluña sea una creación constitucional y no que es su personalidad secular y su correspondiente derecho a ser lo que fundamenta su autogobierno que la Constitución no hace sino reconocer? El hecho antecede al derecho.

   En realidad si afirmamos con tanta pasión nuestras diferencias es precisamente porque somos cada vez menos diferentes. Estamos obsesionados con los orígenes porque somos mayoritariamente mestizos. El esencialismo identitario es miedoso porque ve siempre la relación entre culturas como una pérdida. Enseguida se plantea, ¿qué voy a perder relacionándome con el otro? ¿Cómo se va a pervertir mi cultura? ¿A qué voy a tener que renunciar? Cuando se toma conciencia de que el origen de toda cultura es el mestizaje, la critica al mestizaje es un ejercicio de auto odio, mientras que su elogio es una defensa de nuestros orígenes y de nuestro futuro.

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