En el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Lenin

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Es claro que la imagen que tenemos de un personaje de la talla histórica de Vladimir Illich Lenin, está perfilada desde muchos ángulos distintos. Líder de una revolución proletaria triunfante en Rusia y Asia, fundador de la antigua URSS, teórico marxista y filósofo materialista dialéctico, agudo analista político y propagandista de la corriente bolchevique de la socialdemocracia rusa,… Y está el Lenin de Fidel Castro y el comunismo cubano, el Lenin visto desde la óptica martiana. Quizás sea ésta la versión más actual y viva de Lenin y su significado histórico.

En el Instituto de Historia de Cuba, sito en el Palacio Aldama en restauración –viejo edificio frente a la plaza de la Fraternidad-, junto a la puerta de entrada de la sala de conferencias presidida por el retrato de José Martí -inspirador y promotor de la independencia de Cuba y la revolución antimperialista en América Latina-, hay una placa de bronce con un relieve que representa los rostros de Martí y Lenin en paralelo. Al lado una frase de Fidel Castro: ‘Lenin y Martí, dos hombres y un solo pensamiento’. Ese pensamiento idéntico en dos hombres tan distantes en la geografía es la revolución antimperialista.

Recuerdo una reunión de intelectuales, hace ya muchos años en el Instituto de Filosofía en Madrid –que se había instalado en la antigua Residencia de Estudiantes-, donde García Santesmases, profesor de filosofía política de la UNED y líder de la Izquierda Socialista del PSOE, peroraba sobre Lenin, y resaltando los rasgos orientales de sus facciones, especialmente sus ojos achinados –decía-, los hacía valer de síntoma, como una característica de su personalidad proyectada en su acción política. Ya se había hundido la URSS, y se estaba revisando su significado histórico. Entonces Lenin –decía Santesmases- representa la rebelión asiática contra la dominación europea. A Manuel Ballestero que me acompañaba no le pareció bien esa caracterización de Lenin y se enfadó; pero yo intervine para darle la razón al ponente de tal tesis.

Mucho años más tarde me encontré con la caracterización fidelista de Lenin y Martí, ya más arriba comentada. Debe ser claro también, que lo que para Santesmases era objeto de crítica, para Fidel era motivo de alabanza. Y lo que resulta sintomático es la incomprensión y la indiferencia de tantos socialistas hacia el problema colonial. El problema de los reformistas europeos, y de muchos izquierdistas supuestamente revolucionarios, es su incapacidad para superar el prejuicio etnocéntrico. Un problema mucho más grave, incluso, que el nacionalismo chovinista que condicionó la traición de 1914 cuando las socialdemocracias europeas apoyaron los créditos para la Primera Guerra Mundial –y que puede dar al traste con la Unión Europea del actual momento histórico-.

Hay que decir que ese prejuicio etnocéntrico ha condicionado también la teoría marxista de los modos de producción, como ha subrayado Samir Amín. Estoy convencido de que Lenin –cuya labor en buena medida consistió en reformular la teoría para adaptarla a la experiencia histórica del momento-, habría aceptado esa matización de Amín. Sin embargo, todavía hay muchos aprendices de marxismo que no conocen esa aportación africana al materialismo histórico. Y consecuentemente tampoco han comprendido el cambio de época que Lenin introdujo en la historia, cambio que nos ha traído a este presente en que la República Popular China alcanza la hegemonía mundial. La revolución rusa, expandiéndose con éxito por Asia –y menos por Europa donde fracasó rotundamente-, tuvo un rasgo esencial antimperialista y su triunfo marcó el principio del final de la hegemonía europea en el mundo.

No. La revolución proletaria del siglo XX no acabó con el capitalismo; solo cambio su forma de desarrollo. Y en cierto modo trajo un capitalismo que, planificado por el Estado, resultó ser más eficiente, mejor preparado para superar las tremendas contradicciones que aparecen con el desarrollo de las fuerzas productivas, –pero incapaz de evitar esas contradicciones-. Lenin se dio cuenta inmediatamente de ello, cuando proclamó el ‘capitalismo de estado’ como resultado de la revolución rusa. Las hambrunas provocadas por la guerra civil le constriñeron a liquidar el comunismo de guerra e instalar la Nueva Política Económica (NEP). Pero lo que para la mayoría del PCUS no era más que una fase transitoria de la URSS, mientras tanto se ha convertido en la forma viable de desarrollo hacia el socialismo en la RPCh.

Al menos hasta este momento de la historia, cuando los problemas del capitalismo se acumulan y cada vez se ve más imprescindible su superación. Porque la lección más radical de Lenin es que la superación del capitalismo tiene por condición necesaria el final del imperialismo. Y es aquí donde coincide con Martí, quien –y hace ya más de un siglo- sostuvo la lucha antimperialista y la superación del imperialismo como la tarea fundamental de nuestra época.

 

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