En Aljucer, el estómago tampoco entiende de ideologías

Hace ya más de 9 años que, una tarde de mayo de 2011, salí desde el Campus de Espinardo para conocer e integrarme en la acampada que el día anterior se había montado en La Glorieta, al lado del edificio del Ayuntamiento de Murcia. Aquello me resultó familiar, no tardé en reconocer las caras de muchas personas con las que me cruzaba a menudo en la biblioteca universitaria o a las que, años atrás, había visto manifestarse contra la especulación urbanística o por el derecho a la vivienda de los jóvenes en las protestas de “Murcia no se vende”.

Lo que más hondo me caló ese primer día que pisé la acampada fue ver escrita en una de las muchas cartulinas colocadas allí la frase “El estómago no entiende de ideologías”. Brillante, creo que no se puede decir más cosas con menos palabras. Ésa era la idea: estábamos hartos de tragar con mantras partidistas y propaganda interesada, porque lo que de verdad nos importaba a la gente currante eran “las cosas de comer”, tratar de mejorar esa realidad tan jodida que teníamos (y tenemos) delante.

Yo era un estudiante de último curso de mi segunda titulación universitaria que solía compaginar mis estudios con contratos de trabajo “basura”, en muchas ocasiones, obtenidos a través de ETTs. Mi perfil era bastante común en mi generación y sigue siéndolo hoy para muchos jóvenes. Aspirábamos a lograr un futuro que nos permitiese vivir sin estrecheces y con muchos más ratos de alegría que de preocupaciones en nuestro día a día, pero cada año que pasaba nos parecía más complicado de alcanzar. Por eso, hablar de “las cosas de comer” en casa con la familia, con los compañeros en los descansos entre clase y clase, a la salida de los trabajos o con los amigos en la calle, significaba hablar de tener el día de mañana un trabajo digno con un sueldo y un horario decente (para eso estábamos invirtiendo tiempo y esfuerzo a raudales formándonos o aprendiendo un oficio), de acceder sin demasiadas dificultades a una vivienda que te permitiese vivir relativamente cómodo con tu futura familia, de contar en tu barrio y en tu ciudad con buenos servicios públicos de transporte, guarderías, colegios, ambulatorios, hospitales, etc., es decir, lo necesario para vivir sin estar preso de una permanente incertidumbre por tener tus necesidades y las de los tuyos cubiertas.

Hoy, igual que ayer, lo más importante sigue siendo todo eso: “las cosas de comer”. Por ello, cuando miro a mi alrededor, me duele ver que la gente de mi pueblo y alrededores no tiene un panorama mejor al que soportábamos en 2011. En estos años, he visto colar tantos goles a la gente currante, que me siento como el portero del Barça en el partido del otro día frente al Bayer. Para que quede más claro, voy a dejarme de generalidades y lo voy a explicar refiriéndome a situaciones concretas que he constatado personalmente y que ilustran la realidad social que vivimos gran parte de mi generación y de la que nos sigue.

En primer lugar, con respecto al acceso al empleo y a escapar de la precariedad laboral, señalar que gran parte de personas que compartieron clase conmigo en la Universidad de Murcia, ahora trabajan de forma resignada en empleos que requieren una cualificación muy inferior a la que ellos tienen (por ejemplo, camareros o personal de limpieza)…y eso sin hablar de aquellos que aún están desempleados o realizando trabajos menores y de corta duración. Es una pena ver todo el capital intelectual que a menudo se va por el desagüe, en lugar de ser aprovechado para generar valor añadido y lograr un mayor bienestar de todo el conjunto de la sociedad.

Además, los que podrían denominarse empleos de media o baja cualificación, están aún más precarizados que antes. Sirva como muestra que mi vecina Lidia va a trabajar los fines de semana al mismo restaurante que yo en mi época de estudiante, también aguantando la misma explotación que entonces pero con una diferencia sustancial: diez años después, le están pagando a ella y al resto de sus compañeros un 25% menos del salario que yo cobraba. Cristina, la vecina de justo enfrente, lleva desde antes del fin del estado de alarma yendo a Cieza a trabajar en un almacén. Se va con otras compañeras justo después del mediodía y vuelve bien entrada la noche, trae una cara de cansancio indescriptible. “Está todo fatal, hay que trabajar en lo que se puede, ¿qué vamos a hacer?”, me comenta casi dándome ánimos ella a mí para que no me apene cuando la veo llegar desde el balcón.

Pedro, trabajador del sector de reparto de paquetería, suele concluir su jornada alrededor de las 21:00 horas, que es lo mismo que decir que renuncia a ver crecer a sus hijos a cambio de una porquería de salario. No hace falta decir que no se les cotizan todas las horas que trabajan, ni que apenas tienen vacaciones…digo que no hace falta porque, es tan habitual en este tipo de empresas que casi todo el mundo se lo habría imaginado.

Y qué decir de los riders de Glovo o Deliveroo, he estado todo el verano viéndolos pasar diariamente una y otra vez por la Avenida de El Palmar a las 15:00 o 16:00 horas. Por cada uno de esos portes, se les paga una cantidad que está lejos de alcanzar para comprar un paquete de tabaco de los barateros.

Pero todo lo lamentable no queda ahí, los servicios públicos más esenciales de mi entorno no sólo no han mejorado, sino que van a peor. Lo puedo corroborar a través de mis propias experiencias más recientes: en cuestión de semanas mi pareja y yo esperamos a nuestra primera hija y, sin embargo, nos vemos en la tesitura de no disponer de una sola guardería pública en mi pedanía, Aljucer (que cuenta con un núcleo de población de 8.000 habitantes), ni en la de al lado. Y las carencias que debemos soportar no quedan en esto: ahora tampoco disponemos de atención médica de la matrona desde el inicio de septiembre y hasta que transcurran unas cuantas semanas. Esto es debido a que el Servicio Murciano de Salud no se ha molestado en cubrir las vacantes surgidas en el ambulatorio de Aljucer y otras pedanías de Murcia con motivo de las vacaciones del personal sanitario. Mientras tanto, aquellas familias del pueblo que asistan al tramo final de su embarazo o den comienzo al posparto…que se las apañen como puedan.

Y los problemas que padecemos con los servicios públicos también se dan cuando nos surge la necesidad de atender a las personas más mayores de la familia. Como muestra, decir que mi amigo Juan, que vive en otro barrio cercano, estuvo años esperando obtener una plaza en un centro de día del municipio de Murcia para su suegro enfermo. Mientras tanto, tuvo que renunciar a ofertas de trabajo para no dejarlo desatendido. Finalmente, la espera finalizó por un motivo bien distinto al deseado: el anciano falleció antes de que le dieran la plaza que esperaba.

Y lo peor de todo esto es ver que, faltan plazas de guardería o centros de día, pero lo que abunda en mi entorno son las casas de apuestas para captar a los más jóvenes. Cerca de mi domicilio hay tres y, en El Palmar, otra pedanía próxima, nada menos que quince. Y claro, los casos de ludopatía entre jóvenes no dejan de aumentar. Sin embargo, desde los organismos locales, en lugar de atajar esta situación, se opta por permitir una fiscalidad ventajosa para estos establecimientos y posibilitar que este tipo de negocios se promocionen en eventos deportivos y lúdico-festivos. Mientras tanto, como futuro padre, no hago más que enrabietarme ante las alternativas de ocio tan poco saludables que se les ofrece a los jóvenes.

En resumen, el panorama es desalentador, negro por momentos. Es por ello que, lo deseable, sería que en, las instituciones, los representantes públicos hablasen de estas miserias de nuestro día a día, que es lo que realmente nos importa porque es lo afecta a que nuestra vida mejore o se vea empeorada. Pero, nada, seguimos soportando las mismas sandeces que muchos años atrás. Hay un par de ejemplos sumamente reveladores que tuvieron lugar en los primeros plenos del Ayuntamiento de Murcia tras las pasadas elecciones municipales.

El primero de ellos va referido a una formación política que se estrenaba por primera vez en el consistorio y se dispuso a presentar su primera moción. Pues bien, no aprovechó su llegada a las instituciones para proponer mejorar servicios públicos, empleo, prestaciones sociales…no, su primera moción fue para aumentar el tamaño de la bandera en una de las plazas centrales del municipio. Ésa es la manera que tienen algunos de mejorar la vida de la gente trabajadora de su entorno, colocando una bandera más grande.

Pero no queda ahí la cosa, sino que en un municipio como Murcia, donde tasa de pobreza y los índices de riesgo de exclusión social han venido aumentando de forma paulatina en los últimos años, todos los concejales del ayuntamiento en el primer pleno de la legislatura acordaron por unanimidad subirse el sueldo, en algunos casos se lo duplicaron. De tal forma que, por una liberación completa, un concejal de la oposición sin atribuciones percibe la sustanciosa cantidad de 52.000 euros anuales, y por una liberación parcial, 34.000 euros más los ingresos que ya tuvieran de su actividad privada. Inisisto, todos los concejales votaron a favor, ni siquiera hubo uno sólo que votara abstención. Está claro que, el estómago de estos representantes públicos, tampoco entiende de ideologías.

Y, sin duda, lo peor de todo es lo que me estoy encontrando estos días. En un pueblo donde, mi vecino, tuvo que abandonar su vivienda hace unos meses por no poder pagar un alquiler de más de 500 euros mensuales por un piso que no es nada del otro mundo y sin ascensor…no se habla de la burbuja del alquiler. En un pueblo donde, el año pasado, varios vecinos tuvimos que intervenir a la desesperada para que una familia con hijos pequeños no fuera desahuciada por Cajamar, y donde en otros casos no se ha podido evitar, tampoco se habla de desahucios ni de soluciones habitacionales para las familias trabajadoras que pierden sus ingresos y se ven sin recursos.

Hay gente a la que no le interesa que hablemos de todos estos problemas reales de vivienda. Por eso, se recurre una y otra vez a la propaganda torticera de siempre. En esta ocasión, mediante vallas publicitarias en éste y otros pueblos para hacernos creer que vivimos indefensos a merced de okupas malvados que nos lo van a quitar todo. La realidad es que no conozco casos de viviendas okupadas en Aljucer y otros lugares de alrededor en todos los años que llevo viviendo aquí. Y ello es debido a que la inmensa mayoría de okupaciones en España tienen lugar en inmuebles vacíos propiedad de los bancos o fondos buitre. Casi nunca ocurre, en inmuebles de particulares habitados como primera o segunda residencia, entre otras cosas, porque eso no es una okupación sino un allanamiento de morada penado con pena de prisión de hasta cuatro años (art. 202 Código Penal). Por tanto, esas vallas para alertarnos de un peligro ficticio son una tomadura de pelo, una más de tantas.

Éste es un claro ejemplo de los esfuerzos que se hacen por evitar que hablemos de “las cosas de comer”. Y es que, mientras se coloca esta “cortina de humo”, la gente de a pie no toma conciencia del verdadero problema de la vivienda que venimos padeciendo desde tiempos inmemoriales.

Es enorme la frustración que se siente al ver que, cada día, una determinada élite se esfuerza por evitar que se hable y se demanden soluciones para los problemas reales a los que nos enfrentamos las familias trabajadoras: trabajo digno, servicios públicos de calidad, vivienda accesible…eso es lo de verdad importante para que nosotros y nuestras familias salgan adelante diga lo que diga tal o cual partido político, diga lo que diga tal o cual cadena de televisión, porque “el estómago no entiende de ideologías”.

Así que mientras nos cuelen como temas de conversación unos okupas que no existen en nuestro pueblo o una bandera algo más grande que la que ya está puesta, seguiremos hundiéndonos un poco más en el fango año tras año. Y eso me recuerda, para terminar, a otra frase que se enarbolaba en la acampada quincemayista y servía de estímulo para aquellos que no renunciábamos, ni antes ni ahora, a dejar a nuestros hijos una sociedad mejor de la que nos hemos encontrado: “Algún día, el yunque cansado de ser yunque, pasará a ser en martillo” (Bakunin). Así sea.

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