Emile Zola ¡Sin trabajo¡. Un texto plenamente vigente

Es evidente que hace tiempo que Emile Zola ha dejado de ser lo que se dice un autor  moderno. Sin embargo, entre finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, fue un autor muy  estimado (Lenin llevaba una foto suya en su cartera), quizás especialmente entre las clases medias y los trabajadores más ilustrados..

En “La Revista blanca”, la mítica revista anarquista que animaba la pareja formada por Federico Urales y Soledad Gustavo y también lo fue entre los socialistas. El “affaire Dreyfus” tuvo aquí una considerable repercusión, por lo que en su momento hablaremos de ello. Todavía en los años sesenta seguía siendo objeto de polémica,  y la mayor parte de sus libros estaban sino prohibidos, si mal vistos. No obstante, en las últimas décadas ha tenido lugar una importante obra de recuperación, con nuevas traducciones y reediciones cuidadas, por ejemplo en Alianza.

Zola había comenzado como un intelectual conservador, fue un adversario furibundo de la “Commune”, y sin embargo, al final de su vida, pasó a ser un referente de la extrema izquierda por algunas de sus obras como Germinal, por sus constantes choques con la censura, así como por la adopción de un socialismo más deudor de Charles Fourier que de cualquier otro clásicos socialista.  Así, cuando falleció, un enorme gentió de trabajadores irrumpió en el escenario portando un puñados de rosas rojas en las manos agrietadas, y a los gritos de ¡Germinal Germinal!, una re­presentación de mi­neros del norte francés irrumpió el 5 de octubre de 1902 en el cementerio de Montmartre, donde 50.000 pa­risienses despedían los despojos de Émile Zola, el primer escri­tor que había sido «un momen­to de la conciencia humana», según proclamaba sobre las cabezas de la compacta muche­dumbre, el entonces ministro de Instrucción Pública, y cinco años después presidente del Consejo de Estado francés, Georges Clemenceau, quien pronto iba a olvidar todo aquello.

Frente a las trivialidades funerarias de costumbre que desgranaba el político, la cuña de mineros siguió avanzando, y remataba así el acto. Aquel no era el sepelio de un no­velista más, sino, ante todo, en ese momento, el homenaje al hom­bre que desde la prensa había alzado su Yo acuso contra al desafuero que ocho años antes había condenado a degrada­ción militar y deportación per­petua a la isla del Diablo al ca­pitán judío Alfred Dreyfus quien por cierto, también estaba allí entre la comitiva, aunque era tan discreto que no fue reconoci­do. Que el entierro era algo más que la inhumación de un difunto lo sabía en carne pro­pia el populoso séquito, que había atravesado Paris entre in­sultos y otras armas arrojadizas que salían de las ventanas. Un accidente trivial, la asfixia por monóxido de carbono, había producido la muerte de Zola, aunque hace tiempo que los investigadores sospechan que esa asfixia podría ha­ber sido provocada por la poderosa derecha antisemita que soportó muy mal la intervención del escritor en el caso Dreyfus.

En 1885, Zola había publicado esa no­vela cuyo título coreaban los mineros y también muchos militantes de todo el mundo, no en vano era la primera vez que la gran literatura se acerca de verdad a la condición obrera. En principio se trataba de una obra más, aunque acabara siendo la más conocida, de toda aquella serie de 20 con que el autor trató de hacer la «historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio», los Rougon Mac­quart. Con la paciencia y la minuciosidad de un científico, Zola se dispuso analizar en profundi­dad a los sectores claves del en­granaje que hacía vivir a la so­ciedad francesa durante el Se­gundo Imperio. En la décima entrega que sería considerada una «novela obrera», Zola trataría de hacer oír «la gran voz del pueblo que pasa hambre de justicia y pan». Con la pasión que le caracteriza, denuncia el incremento de as desigualdades sociales y la catástrofe social y humana a la que llevaban las ambiciones de régimen de Napoleón. Pero la trama de L’asommoir no …pasa de describir los hábitos de obrero, sin acercarse para nada a la cuestión social, su vida social y política, en un momento en que la gestación de la Primera Internacional (1864) en Londres -fue Marx quien redactó el manifiesto fundacional- dejaba sus secuelas en la vida política francesa.

Fueron precisamente éstos, los acontecimientos que iban pun­tuando el avance del movi­miento obrero, los que despla­zaron la trama del proyecto de su «segunda novela obrera». Narraría el clima de amotina­miento y sublevación que sacu­dió a Francia en 1870 y 1871, con el «obrero de la insurrec­ción [herramienta revoluciona­ria] de la Comuna» como prin­cipal protagonista, una experiencia por cierto, a la que el joven Zola se había opuesto. Sin embargo, en sus manuscritos, Zola anota que tiene delante «una fotografía de in­surgente muerto en el 48» y quiere llevar la acción desde esa fecha hasta mayo del 71. Pero el proyecto se dividirá en dos partes.

El primero será La débâcle, acogerá el clima de la Comuna. «La novela es el sublevamien­to de los asalariados, el empellón propinado a la sociedad, que se tambalea un instante; en una pa­labra, la lucha del capital y del trabajo. Ahí radica la importan­cia del libro, quiero que prediga el porvenir, planteando la cues­tión más importante del siglo XX». Para ello, Zola había pre­parado un dossier de 952 hojas que recogía informaciones de todo tipo y procedentes de diver­sos lugares: desde sentencias de los procesos consecutivos a huel­gas habidas durante el Segundo Imperio y durante la República que se estableció en Francia tras las elecciones de 1877 y 1879, hasta recortes de periódicos de la huelga minera de Anzin ocurrido entre febrero y abril de 1884; desde reportajes periodísticos de 1869 -momento en que Zola trabajaba como redactor de La Tribune, que dedicó varios ar­tículos al acontecimiento-, cuando los mineros de La Rica­marie y Aubin se alzaron en huelga, hasta los que narraban las ocurridas en Creusot y Four­chambault (1870), y Montceau­-les-Mines (1882). Contaba ade­más con cartas de corresponsales a los que había solicitado infor­mación, y en febrero de 1884 él mismo viajó a Anzin para docu­mentarse sobre los lugares don­de se había producido la más reciente, y entrevistarse tanto con los mineros como con los propie­tarios de las minas.

Después hizo lo propio con la situación social que conoció en un viaje a la zona minera alenciennes en febrero de 1884, invitado por un diputado, y conoce de primera mano ­una de las huelgas más largas y duras del siglo XIX, que terminó violentamente en abril de ese año. Zola bajó a los pozos, habló con los mineros y, se documentó con diversas historias del socialismo, ofreciendo una interpretación muy amplia sobre el impulso proletario que estaba cambiando el sentido de la historia…

Con la intención de dar vida a todos estos datos Zola ha elegido a Étienne Letier, que arrastraba tras de sí una pesada heren­cia de alcoholismo y que será el encargado de organizar la narra­ción. Ajeno a la mina, desciende a su infierno con la idea de que tanta miseria es fruto de la injus­ticia. Aunque es el principal per­sonaje; Zola lo describe preci­samente en el año en que una ley aprobaba en Francia la creación de sindicatos profesionales­ como un ser confuso, irresoluto, organizador vicario de una huelga que se le escapa de las manos; en un medio absolutamente analfabeto, y como fruto de lecturas mal digeridas que sólo entiende a medias, se cree llamado a la misión humanitaria de sal­var a los mineros. Pero no le convoca a ello ninguna voz divi­na, sino la de Paris, la del dinero, la del poder. Tiene por ejemplo a su antiguo capataz, Pluchart, que como liberado recorre la re­gión en calidad de delegado de la Primera Internacional. Zola lo presenta bajo una luz repugnan­te: «Hacía cinco años que no ha­bía cogido la lima, y se cuidaba, se peinaba sobre todo con co­rrección, vanidoso por sus éxitos en la tribuna. Servía a su ambición soltando discursos….». Ese despectivo soltar discursos no se detiene ahí, porque su pro­yecto consiste en «explotar la huelga y ganar para la Interna­cional a los mineros».

Para colmo, Pluchart está contra la huel­la, «porque el obrero sufre tanto como el patrón sin conseguir nada decisivo. Sólo que ve en ella una ocasión excelente para decidir a nuestros hombres a en­trar en su gran máquina…». Tanto Pluchart como Étienne encarnan a políticos: en 1879, se habían reunido por vez primera en Marsella delegados franceses de organizaciones y grupos so­ciales para terminar asumiendo un programa marxista-colecti­vista; pero tanto esas esperanzas como las que antes había alenta­do el nacimiento de la Primera Internacional se habían difumi­nado; Zola no había leído direc­tamente los textos de Marx, Proudhon, Bakunin, etcétera» sino más bien compendios vulgarizadores­ con su buena dosis de reticen­cias respecto al impulso progre­sista-, pero las luchas entre dirigentes, disensiones, peleas por el poder y escisiones habían de­sanimado al narrador, que en­juicia desalentado el panorama que ofrecían los hombres que encarnaban las ideas: «Moriremos de política, de esa política tumultuosa e inoportuna que la pandilla de los mediocres, ham­brientos de ruido y de puestos, están interesados en mantener para pescar en aguas revuel­tas», decía en un artículo de 1880, con un desprecio hacia los políticos que va a repetirse en sus «encarnaciones»: si el ta­bernero Rasseneur de Germinal juega el papel reformista-posi­bilista de Brousse, Étienne y Pluchart se hacen cargo del otro polo en que la Primera Internacional se había escindido en Francia: el partido minoritario de Jules Guesde, a algunas de cuyas reuniones asistió zola; la sombra de Bakunin, dirigen­te de la Primera Internacional, pronto alejado, pasa por el anarquista dinamitero Sou­varin.

El retrato que hace de Étien­ne tampoco puede ser más cruel: la meta de su sueño es lle­gar a París como diputado de unas clases miserables, de las que en las páginas últimas de la novela se siente ya muy lejos; experimenta «esa repugnancia, ese malestar del obrero que ha salido de su clase, que se ha afi­nado con el estudio y que está atormentado por la ambición». Zola describe esa ambición, sus instintos de coquetería y bie­nestar, sus satisfacciones de amor propio, su embriaguez de popularidad que le daba «ser la cabeza de los demás, mandar», y el novelista llega a enfangar al personaje convirtiéndolo en un ser abyecto; no sólo percibe que su corazón no late al uníso­no de sus camaradas de mina, sino que «tenía miedo de ellos, de aquella masa enorme, ciega e irresistible del pueblo, que pasa como una fuerza de la na­turaleza, barriendo todo, al margen de reglas y teorías. Poco a poco le había ido dis­tanciando de ellos una repug­nancia, el malestar de sus gus­tos refinados, el lento ascenso de todo su ser hacia una clase superior».

Aunque nadie le hizo caso, Zola repitió de modo categórico que no son los mineros ni la huelga los protagonistas de Germinal, que se trataba de «una obra de piedad, y no una obra de revolución. Lo que he querido ha sido gritar a los feli­ces de este mundo […]: Tened cuidado, mirad bajo tierra, ved a esos miserables que trabajan y sufren. Tal vez sea tiempo de evitar las catástrofes finales». Y, siguiendo ese tenor, más evangélico que revolucionario, Zola construye una huelga irra­cional que no puede justificarse ni aprobarse en su curso políti­ca o humanamente. Para dar una lección a «Ios felices», sus mineros protagonizan una in­vasión de bárbaros, de salvajis­mo abominable y violencia de­satada, que tiene en la muerte del tendero Maigrat su punto memorable: tras romperse el cráneo al caerse de un tejado cuando huye, las mujeres se arrojan sobre él en jauría para llenarle la boca de tierra y arrancarle el paquete genital con que las había violado; pagaba así la pernada que les exi­gía en vida cuando no tenían nada que echar en su olla; lue­go, las mujeres pasearán esa vi­rilidad arrancada izando sobre un palo, como bandera, aque­llos «desperdicios de cerdo».

Dicha violencia crea víctimas inocentes, como la hija de los burgueses ahogada por un viejo minero idiotizado por una exis­tencia de esfuerzo hasta la extenuación, como es Bonnemort; o como el soldado al que de­güella un niño inválido. En úl­tima instancia, para ZoIa, por encima de las ideas aflora siem­pre la bestialidad de los instin­tos para ofrecer una panorámi­ca de la condición humana re­pugnante…

Entre los textos obreristas de Zola, esta descripción de la condición trabajadora sin trabajo ha quedado como uno de los más contundentes. No es pues de extrañar que fuese incluido en la antológica Dinamita cerebral, una “antología de los cuentos anarquistas más famoso”, aunque lo cierto es que Zola simpatizó poco con el anarquismo, aunque también lo es que los anarquistas si lo hicieron con él. Esta antología fue editada por Icaría, Barcelona,  en 1977 y fue presentado por Joan Mir. En sucesivas ocasiones daremos a conocer otros autores y otros cuentos…

Emile Zola

¡Sin trabao’¡

¡SIN TRABAJO!

I

Por la mañana, cuando los obreros llegan al taller, encuéntranlo frío, como obscurecido con la tristeza que se desprende de una ruina. En el fondo de la sala principal, la máquina está silenciosa, con sus brazos delgados, sus ruedas inmóviles; y ella cuyo soplo y movimiento animan habitualmente toda la casa, con los latidos de su corazón de gigante e incansable en la faena, agrega al conjunto una melancolía más. El amo baja de su despacho y con aire de tristeza dice a sus obreros: -Hijos míos, hoy no hay trabajo… Ya no vienen pedidos, de todas partes recibo contraórdenes, voy a quedarme con las existencias entre las manos. Este mes de Diciembre, con el cual contaba, este mes que otros años es de tanto trabajo, amenaza arruinar las casas más fuertes… Es preciso suspenderlo todo. Y al ver que los obreros se miran unos a otros, con el espanto que les imbuye la idea de volver a casa, con el miedo del hambre que les amenaza para el día siguiente, añade en voz más baja: -No soy egoísta, no, lo juro… Mi situación es tan terrible, más terrible tal vez que la vuestra. En ocho días he perdido cincuenta mil pesetas. Hoy paro el trabajo para no ahondar más la sima; ni siquiera tengo los primeros cinco céntimos de la suma que necesito para mis vencimientos del 15… Ya lo veis, os hablo como un amigo, nada os oculto. Tal vez mañana mismo vengan a embargarme. No es nuestra la culpa, ¡no es cierto! Hemos luchado hasta última hora. Hubiera querido ayudaros a pasar días de apuro; pero todo ha acabado, estoy hundido; no tengo ya ni un pedazo de pan para partirlo. Después les tiende la mano. Los obreros se la estrechan silenciosamente. Y durante algunos minutos permanecen allí, mirando sus herramientas inútiles, con los puños cerrados. Otros días, desde el amanecer, las limas cantaban, los martillos marcaban el ritmo; y todo aquello parece que duerme ya en el polvo de la quiebra. Son veinte, son treinta familias que no tendrán qué comer la semana próxima. Algunas mujeres que trabajan en la fábrica sienten las lágrimas humedecerles los ojos. Los hombres quieren aparecer más resueltos. Se hacen los valientes, diciendo que la gente no se muere de hambre en París. Luego, cuando el amo los deja y le ven alejarse, encorvado en ocho días, abrumado tal vez por un desastre de mayores proporciones que las confesadas por él, van saliendo uno por uno, ahogados por la angustia, con el corazón oprimido, como si salieran del cuarto de un muerto. El muerto es el trabajo, es la máquina grande que permanece muda y cuyo esqueleto se destaca siniestro en la sombra.

II

El obrero está fuera de su casa, en la calle, en medio del arroyo. Ha paseado las aceras durante ocho días sin encontrar trabajo. De puerta en puerta ha ido ofreciendo sus brazos, sus manos, ofreciéndose él en cuerpo y alma para cualquier faena, para la más repugnante, la más dura, la más nociva. Y todas las puertas se han cerrado. Entonces se ofreció a trabajar por la mitad del jornal; pero las puertas permanecieron cerradas. Annque trabajase de balde no le podría admitir. Es la paralización del trabajo, la terrible paralización que toca a muerto para los que habitan en las buhardillas. El pánico ha parado las industrias, y el dinero, cobarde, se ha escondido. Al cabo de ocho días todo ha concluido. El obrero ha hecho una tentativa suprema y ahora vuelve con paso tardo, con las manos vacías, abrumado de miseria. La lluvia cae; aquella tarde París, inundado de barro, aparece fúnebre. El hombre va andando, recibiendo el chaparrón sin sentirlo, no oyendo más que su hambre y deteniéndose para llegar menos pronto. Inclínase sobre el parapeto del Sena: el río, cuyo caudal ha aumentando, corre con un rumor prolongado; la espuma blanca se desgarra en salpicaduras en uno de los tramos del puente. Inclinase más, la colosal riada pasa debajo de él lanzándole un llamamiento furioso. Después, piensa que sería una cobardía y se vá. La lluvia ha cesado. El gas flamea en los escaparates de las joyerías. Si rompiese un cristal, tomaría pan para algunos años con abrir y cerrar la mano. Las cocinas de los restaurants se encienden; y detrás de las cortinas de muselina blanca, ve gentes que comen. Apresura el paso, vuelve a subir a los barrios expuestos, encontrando en el camino les asadurías y pastelerías del todo París comilón, que se exhibe a las horas del hambre. Como la mujer y la pequeña lloraban por la mañana, les ofreció llevarles pan por la tarde. No se ha atrevido a decirles que había mentido, antes de que anocheciese. Al ir andando, pregúntase como entrará y qué les contestará para que tengan paciencia. Sin embargo, no pueden permanecer más tiempo sin comer. El probaría aún, pero la mujer y la pequeña son muy débiles. Un momento se le ocurre pedir limosna; pero cuando una señora o un caballero pasan a su lado y él intenta alargar la mano, su brazo se paraliza y la voz se ahoga en su garganta. Entonces permanece plantado en la acera, mientras los transeúntes adinerados le vuelven la espalda, creyéndolo borracho, al ver su feroz semblante de hambriento.

III

La mujer del obrero ha bajado a la puerta de la calle, dejando arriba a la niña dormida. La mujer es muy delgada; lleva un vestido de percal. El viento helado de la calle la hace tiritar. Ya no le queda nada en casa: todo lo llevó al Montepío. Ocho días sin trabajo bastan para vaciar una casa. La víspera vendió a un trapero el último puñado de lana de su colchón: el colchón se fue así; ahora no queda más que la tela. Allá arriba la colgó delante de la ventana, para impedir que entre el aire porque la niña tose mucho. Sin decir nada a su marido, ella también ha buscado por su parte. Pero la falta de trabajo ha alcanzado con más dureza a las mujeres que a los hombres. En la meseta de su cuarto oye a unas desgraciadas que lloran durante la noche. Encontró una de pié en el rincón de una calle, otra ha muerto; otra ha desaparecido. Afortunadamente, ella tiene un buen hombre, un marido que no bebe. Vivirían sin apuros si la falta de trabajo no les hubiese despojado de todo. Ha agotado el crédito: debe al panadero, al especiero, a la frutera y ya ni siquiera se atreve a pasar delante de las tiendas. Por la tarde fue a casa de su hermana a pedirle una peseta prestada, pero allí encontró también tal miseria, que se echó a llorar, sin decir nada, y las dos, su hermana y ella, estuvieron llorando mucho tiempo. Luego, al marcharse, la ofreció llevarle un pedazo de pan si su marido volvía con algo. El marido no vuelve. La lluvia cae; la mujer se refugia en la puerta; grandes gotas de agua caen a sus pies; un polvillo de agua atraviesa su falda. A ratos se impacienta, se echa fuera a pesar de la lluvia, va hasta el final de la calle para ver si vé a lo lejos al que espera. Y cuando vuelve, toda mojada, pasa la mano por sus cabellos para escurrir el agua; aun cobra paciencia, sacudida por cortos escalofríos de fiebre. Los transeúntes al ir y venir la codean y la pobre mujer se encoje cuanto puede para no molestar a nadie. Los hombres la miran frente a frente y a ratos siente alientos calientes que la rozan el cuello. Todo el París sospechoso, la calle con su lodo, sus claridades crudas y el rodar de los coches, parecen querer cojerla y arrojarla al arroyo. Tiene hambre, pertenece a todo el mundo. En frente hay un panadero, y la pobre mujer piensa en la pequeña que duerme arriba. Después, cuando al fin el marido aparece, rozando como un miserable las paredes de las casas, se precipita a su encuentro, y le mira ansiosamente. –¿Qué hay?– dice balbuceando. En vez de contestar, el obrero baja la cabeza. Entonces, la mujer sube la primera, pálida como una muerta.

IV

Arriba la pequeña no duerme. Se ha despertado, y está pensando en frente de un cabo de vela que se extingue en un extremo de la mesa. Y no se sabe qué pensamiento terrible y doloroso pasa sobre la faz de aquella chicuela de siete años, con rasgos serios y marchitos de mujer hecha. Está sentada sobre el borde del cofre que le sirve de cama. Sus pies desnudos tiemblan de frío, sus manos de muñeca enfermiza aprietan contra el pecho los trapos con que se cubre. Siente allí una quemadura, un fuego que quisiera apagar. Está pensando. Nunca ha tenido juguetes. No puede ir a la escuela porque no tiene zapatos. Recuerda que cuando era más pequeña su madre la llevaba a tomar el sol. Pero aquello está lejos. Fue preciso mudar de habitación, y desde aquella época le parece que un frío sopló dentro de su casa. Desde entonces nunca ha estado contenta; siempre ha tenido hambre. Es una cosa profunda en la cual penetra sin poder comprenderla. Pues qué, ¿todo el mundo tiene hambre? Ha procurado, sin embargo, acostumbrarse a eso, pero no ha podido. Piensa que es demasiado pequeña y que es preciso ser grande para saber. La madre sabe, sin duda, esa cosa que se oculta a los niños. Si se atreviese, preguntaría quien nos trae así al mundo para que se tenga hambre. ¡Luego, en su casa todo es tan feo! Mira la ventana, donde el viento sacude la tela del colchón, las paredes desnudas, los muebles rotos, toda aquella vergüenza de buhardilla, que la falta de trabajo ensucia con su desesperación. Imagina haber soñado con habitaciones bien calientes, en las que había cosas que relucían; cierra los ojos para volverlas a ver, y a través de su párpados adelgazados, la llama de la vela se convierte en un gran resplandor de oro, en el que desearía entrar. Pero el viento sopla y por la ventana llega una corriente fuerte de aire que la produce un acceso de tos. La niña tiene los ojos llenos de lágrimas. Antes tenía miedo cuando la dejaban sola; ahora no sabe, lo mismo le dá. Como no se ha comido desde la víspera, cree que su madre ha bajado a buscar pan. Entonces esta idea la divierte. Cortará su pan en pedazos pequeñitos, los irá cogiendo despacio, uno por uno. Jugará con su pan. La madre ha vuelto, el padre ha cerrado la puerta. La niña les mira las manos a los dos, muy sorprendida. Y como nada dicen, al cabo de un momento la pequeña repite con tono de canturria: –Tengo hambre, tengo hambre. El padre, en un rincón, se ha cogido la cabeza entre sus puños; allí permanece abrumado, sacudidas las espaldas por desgarradores y silenciosos gemidos. La madre, conteniendo sus lágrimas, acuesta la pequeña. La tapa con todos los andrajos que hay en la casa; le dice que sea buena, que duerma. Pero la niña, a la que le frío hace dar diente con diente y que siente el fuego de su pecho quemarla con más fuerza, se hace atrevida. Se cuelga del cuello de su madre y muy quedito: –Dí, mamá, le pregunta, ¿pero por qué tenemos hambre?

EMILIO ZOLA.

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