¿Elie Wiesel del lado de las víctimas?

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Por Iñaki Urdanibia

« El reconocimiento de que la tragedia del pueblo judío es una parte esencial de la historia y su recuerdo puede ser útil a quienes luchan por la paz, porque sólo recordando lo que hicieron a mi pueblo podemos salvar a otros de nuevas tragedias »

Ayer, sábado día 2, dejó de latir la vida, en Manhattan, de quien había nacido en Sighet en 1928, en Transilvania (Rumania / hoy Ucrania), en una familia judía hasídica. y que con el paso del tiempo, como superviviente de la Shoa, se convirtió en uno de los grandes testigos de uno de los más destacados desastres del siglo XX, escritor en lengua francesa, profesor y militante de los derechos humanos.

Fue deportado a Auschwitz en 1944 con su familia , y transferido en enero de 1945, en la marcha de la muerte, hasta Buchenwald, en donde su padre murió justo después de la liberación del campo; en el primero de los campos nombrados habían dejado la vida su madre y su hermana. Formando parte del grupo de los niños de Buchenwald, fue acogido en Francia en donde curso estudios de psicología y filosofía, para convertirse finalmente en periodista, profesión que ejerció en diferentes lugares, y muy en concreto cubriendo el juicio a Eichmann en Jerusalem. Animado por François Mauriac, se lanzó a contar los avatares de su deportación. La primera escritura la realizó en yidis, en un texto de unas ochocientas páginas que se publicó en Buenos Aires; más tarde adaptaría el texto al francés, titulándolo La Nuit, que fue publicado en 1958 con un prólogo del mentado Mauriac.

En 1955 había emigrado a Estados Unidos, comenzando su carrera de profesor de literatura, recibiendo la nacionalidad norteamericana en 1965. A partir de los años sesenta, inició su militancia por la causa de Israel, por el derecho de los judíos y el de otras minorías a lo largo y ancho del mundo. En 1986 le fue otorgado el premio Nobel de la Paz, el dinero recibido le sirvió para, en compañía de su mujer Marion , crear la Fundación Élie Wiesel para la Humanidad. En 2006 el primer ministro de Israel, Ehud Olmert le propuso ser presidente del estado de Israel, oferta que declinó declarando que él era un simple escritor.

De víctimas y verdugos

« Nosotros decimos que estamos comprometidos en una lucha sagrada…las palabras no hacen más que dar un sentido a nuestros actos, mientras que nuestros actos, una vez reducidos a sus dimensiones reales, es decir, primigenias, tiene el color y el olor de la sangre. Es la guerra, decimos. Hay que matar. Entonces matamos….están aquellos que matan con sus manos, y otros, que matan con su voz»

No cabe duda de que entre lo supervivientes de la masacre nacionalsocialista, Wiesel ha sido quizá el más mediático, y uno de los más mediatizados, hasta el punto de ser erigido en modelo de superviviente y hombre comprometido con las víctimas. Nadie podrá negar que fue víctima del genocidio orquestado por las huestes del führer y que como tal dio un destacado testimonio en sus obras literarias, y por otros medios. Es más, puede afirmarse , sin rizar rizo alguno, que fue él quien dio la vuelta a la vergüenza de ser víctima al reivindicar la Shoa « como un capítulo glorioso de nuestro pasado eterno», con lo que logró que el asunto pasase de ser tratado como un mero síndrome del superviviente, a motivo de orgullo, de la valentía de los judíos, convertidos en héroes ( malgré eux). Ha de tenerse en cuenta que fue en 1967, en vísperas de la guerra de los Seis Días, cuando esa nueva imagen de heroicidad, combatividad y valentía fue extendida por el estado de Israel, aspecto que fue destacado hasta en la esfera del arte, en la que las imágenes de aguerridos guerreros cobraron presencia, en emulación de los iconos propios del realismo socialista. [ Sobre este asunto me permito recomendar la lectura de un libro ejemplar: Le temps des victimes de Caroline Eliacheff y Daniel Soulez Larivière ( Albin Michel, 2007) que se acerca al tema cruzando la mirada jurídica y la psicoanalítica].

Tampoco puede negarse que Wiesel haya defendido a las víctimas de las diferentes tropelías que se han cometido con los miskitos en Nicaragua, con los bosnios a manos de los serbios, con las brutalidades sanguinarias cometidas en Ruanda, o con las limitaciones padecidas por los judíos soviéticos, y…hasta alguna lágrima de cocodrilo ha derramado con respecto a los palestinos; y si digo lágrimas de cocodrilo es por lo que a continuación explicaré.

Toda la lucha en contra del racismo, a favor de los derechos humanos y de las víctimas tiene una notoria excepción, y es la que se refiere al estado de Israel; toda lucha, toda crítica y reivindicación cesa en el umbral del estado nombrado. Ahí se da una radical tergiversación de los términos del litigio que hace que los verdugos sean convertidos en víctimas y viceversa. El estado de Israel es intocable y puede hacer lo que le salga de la kipa, y ello por 1) que son el pueblo elegido y la tierra palestina les pertenece, libros sagrados mediando 2) porque el estado sionista no hace sino defenderse en la guerra que les han declarado los desagradecidos palestinos y árabes , 3) la culpa es de quienes no se dejan colonizar, si bien las afirmaciones de Wiesel al respecto son tajantes: allí no hay, ni ha habido, apartheid, no ha habido violencia alguna, no se ha quitado la tierra ni expulsado a nadie, ni en 1948, ni en 1967, ni…es más él mismo ha participado en la toma de espacio vital de la mano de radicales colonos como la actividad más normal del mundo. La poca hospitalidad de quienes ven que se les birlan las tierras y sus hogares es la de los árabes y palestinos que no tienen compasión con las víctimas; al fin y al cabo no son más que terroristas, gentes atrasadas, desalmados, etc., etc., etc.

Puede verse así que las posturas de Elie Wiesel son las propias del sionismo, puro y duro, que desde sus primeros tiempos- enunciados por Theodor Herlz- trató a los que allá habitaban como nómadas, vagos, sin tierras, pastores atrasados a los que había que educar, o tal vez mejor desalojar ya que podían representar un peligro potencial a la instalación del proyectado estado en las desérticas (?) extensiones de Palestina. Con semejante panorama son varias las cuestiones que irrumpen con respecto a la ejemplaridad del ahora fallecido; dejaré las preguntas en el mero nivel retórico, ya que la respuesta, a no ser que alguien tenga intereses ocultos en el asunto, va de soi: a) ¿ Ser premio Nobel de la Paz significa algo? ¿ Da algún privilegio en lo que hace a la justa visión de las cosas ? ¿ garantiza algo?. Basta repasar la lista de quienes han sido galardonados con tal distinción para temblar ante el número de criminales de guerra, o inductores, que constan en ella; b) ¿ ser víctima supone tener razón o estar en posesión de la mirada adecuada con respecto a los temas que se tratan? ¿ o no será más justo mantener con Pascal Bruckner-y que se me permita utilizar una gloriosa expresión de este néo-réac– que « la victimización es la versión dolorista del privilegio» ?; y c) ¿ será aquello de que la excepción confirma la regla? Gansada consagrada con aires lógicos (?) , ya que la excepción no confirma regla alguna sino que la falsea, dicho queda sin necesidad de ser popperiano.

Cuando se defienden los supuestos privilegios que supuestamente otorga la condición de víctima, cuando se sirven del llamado Holocausto ( + ) como coartada para colonizar, discriminar, convertirlo en negocio o en religión laica, o todavía, lo que es peor, en justificación de cualquier comportamiento por salvaje que sea estamos ante un escoramiento que es tan impresentable como la indiferencia que tanto denostaba Wiesel al subrayar que «la indiferencia embota el alma», manteniendo que tal actitud era la responsable de los males del mundo . Negar la catástrofe ( la Nakba) a que fueron, y siguen siendo sometidos los árabes y palestinos, en nombre del desastre padecido ( Shoa) es establecer una jerarquía que no se sostiene de ninguna de las maneras y que es muestra de una insensibilidad de libro. Así, Elie Wiesel.

La huella de los campos

+ Elie Wiesel

<<Trilogía de la noche>>

El Aleph, 2008.

341 págs. / 20 €.

No cabe duda de que Wiesel logra con esta trilogía ( había sido publicada anteriormente, en la misma traducción, en 1986 por Muchnik Editores) pasó a formar parte con todos los derechos del conjunto de quienes testimoniaron sobre los padecimientos sufridos en los lager, en aquella locura geométrica de la que hablase Primo Levi, puesta en marcha para limpiar de la faz de la tierra a las razas parasitarias que ponían en peligro la pureza de la raza aria, tarea llevada a cabo con el programado empeño de no dejar huellas de los crímenes cometidos al por mayor, al nivel industrial en la fabricación de cadáveres, por usar la expresión de Hannah Arendt. Proyecto de solución final -decían los verdugos- a la cuestión judía , en una empresa higienista ( racial) de quitar de en medio a los seres peligrosos para la armonía de los altos y rubios ( véase el ejemplo de Adolf Hitler): gitanos, comunistas, homosexuales, disminuidos físicos , enfermos mentales, etc.

De la decena de libros traducidos al castellano ( publicados pasan la veintena) por Wiesel –dejando de lado obras escritas en colaboración- unos ocho son novelas. La trilogía de la que hablo se compone de «La noche», «El alba» y «El día», centradas absolutamente en el tema del exterminio de los judíos en los campos y la honda huella que tal dejó en quienes pudieron sobrevivir a la experiencia concentracionaria en primera persona. Y desde ese ahí gramatical escribe Elie Wiesel, a quien pilló la traumática experiencia cuando contaba entre trece y dieciséis añitos, en el campo de Auschwitz y posteriormente el de Buchenwald. La escritura se plasma con una sencillez tal que bien pudiera parecer que el escritor lo hubiese rememorado con la sintaxis de la época en que lo vivió, y conste que lo que digo no tiene ningún cariz peyorativo, sino que al contrario, esto hace que el lector se vea enganchado al desarrollo de la catástrofe de manera paulatina: las primeras medidas discriminatorias que afectaron a los judíos allá por tierras rumanas bajo la estricta vigilancia de policías húngaros, la obligación de llevar las primeras estrellas amarillas visibles en el pecho, el encierro en getos y luego el traslado en vagones de ganado sellados que les conducirían al fatal destino. Allá las selecciones desde la llegada y el olor a carne quemada. El muchacho, narrador que coincide con el propio autor, que se rebela ante el silencio del mundo, y lo que para él es mucho más grave-ante la aceptación de sus mayores- el silencio e inoperancia de Dios.

Si esto se narra, hasta la liberación del campo, en la primera novela; la segunda, nos sitúa en la Palestina bajo dominio británico, la víctima convertida en verdugo («cuando Palestina se transformó en una gigantesca prisión» ¡ay!), y la tercera nos lleva al nuevo mundo, a Nueva York en donde se nos presenta una historia de amor que deja constancia de que la herida, contraída años antes, todavía permanece abierta.

( + ) Si huyo de la utilización del término holocausto, es debido a su connotación netamente religiosa, que me parece absolutamente desafortunada, pero que sin embargo cobró presencia y amplia aceptación, en especial, desde la exitosa teleserie americana del mismo título, realizada por Marvin Chomsky en 1978 sobre un guión de Gerald Green..

El carácter religioso que señalo resulta, a mi modo de ver, engañoso ya que nadie ofreció sacrificio alguno a Yavé ( como pretendió, por ejemplo, Abraham según se narra en la Torá), ni a dios germano alguno; y me explico: las víctimas, judías, no se ofrecieron voluntariamente a dios, sino que fueron conducidas, bajo engaño y a la fuerza, a los campos de la muerte. En lo que hace a los asesinos es claro que tampoco pretendían calmar a ningún dios con los sacrificios de sus víctimas. Puede darse, no obstante, por bueno que algunos de quienes allá fueron conducidos tratasen de hallar una explicación religiosa: « no hay que perder la confianza, aunque la espada esté suspendida sobre nuestras cabezas. Así hablaban nuestros Sabios»; sin olvidar que en no pocas ocasiones el silencio de dios ante la infamia provocó la ira de muchos creyentes originada por dicho silencio…es el caso del propio protagonista de la obra de Wiesel comentada., o de Hans Jonas, o…

En este orden de cosas, terminológico, parece que la palabra hebrea Shoa ( Desastre) – extendido gracias a la enorme película del mismo título, de Claude Lanzmann- responde mejor a la realidad de la cosa, ya que así como aplicado en general puede considerarse que deja fuera a otras víctimas (gitanos, comunistas y resistentes varios al régimen de Hitler, etc. ), en el caso particular que nos ocupa tanto el autor como de las víctimas de las que habla, y entre las que se hallan sus padres y su hermana menor, casa a las mil maravillas con la mirada desde donde se enfoca la historia de unos hechos, dejando de lado cualquier intento de establecer un hit-parade siniestro sobre el número de víctimas que cada grupo ( étnico, político…) aportó a la infame hoguera..

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