Elecciones regionales francesas: Un auténtico desastre para las clases populares

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Por Laurent Ripart

Si los atentados del 13 de noviembre han desempeñado un papel coyuntural no desdeñable, estos resultados no son menos reveladores de una situación política que se ha degradado muy profundamente en los últimos años. Nos remiten a nuestros propios errores puesto que el desastre es tan general que nadie se puede lavar las manos. Sin duda estos resultados también se inscriben en las profundas transformaciones de la sociedad francesa que hoy se encuentra desarticulada por los efectos perniciosos de la crisis y de las políticas regresivas que han llevado a cabo tanto la derecha como el Partido Socialista (PS). En todo caso, la izquierda radical está obligada a actuar y hoy se juega su supervivencia: en efecto, en adelante ya no se puede excluir la hipótesis de un escenario a la italiana que vería una desaparición total de la izquierda del campo político.

1. La progresión del FN ha sido esencialmente a costa de la derecha tradicional. Elección tras elección el FN asegura su hegemonía sobre unas capas sociales que antes se identificaban con la derecha gaullista. Están constituidas por una parte por las capas más reaccionarias de la clase obrera, que pasan sin dificultades de los [Éric] Raoult y las [Nadine] Morano a la dinastía Le Pen, y por otra por los sectores más golpeados por la globalización capitalista, como los agricultores que parecen cambiar masivamente el voto gaullista por el del FN. Este bloque social encuentra su base ideológica en una xenofobia obsesiva que se manifiesta en el rechazo de la inmigración, la salida del euro, el proteccionismo o incluso la afirmación de la identidad nacional. Este discurso, que tiene tanto más eco cuanto que no deja de tener sus raíces en la historia contemporánea de Francia, permite al FN desarrollar el proyecto de un Estado nacional y autoritario, de una naturaleza que sin duda es más putiniana que realmente fascista.

Aun así, el fracaso del FN en la segunda vuelta no debe llevar a subestimar la magnitud de su progresión y, sobre todo, la aceleración de su ritmo: en las [elecciones] europeas de 1984 el FN había obtenido el 10,9 % de los votos válidos, en las presidenciales de 2002 llegó a resultado histórico del 16,8 % y en estas regionales logró en la primera vuelta el 27,7 % de los votos válidos*. Aunque haya que tener en cuenta el innegable efecto de los atentados del 13 de noviembre y el clima ansiogénico que [François] Hollande y [Manuel] Valls se las han ingeniado para crear, la dinámica del FN es muy inquietante: mientras que en las legislativas de junio de 2012 recogía los votos del 7,6 % de los electores, obtuvo los votos del 10,1 % de los electores en las europeas de mayo de 2014, los del 12 % de los electores en las departamentales de marzo de 2015 antes de reunir en la primera vuelta de estas regionales no menos del 13,2 % de los votos de los electores.

Aunque sigue suscitando el rechazo de la gran mayoría de la población, el FN ha llegado actualmente a un umbral que le ofrece la perspectiva de llegar próximamente al poder, ya sea a beneficio de un accidente electoral, siempre posible en unas elecciones presidenciales, o quizá más probablemente por medio de una entrada en un gobierno de coalición, aprovechando una alianza parlamentaria con la extrema derecha. La constatación es tanto más alarmante cuanto que no existe ningún ejemplo en las democracias liberales de un partido que se haya podido mantener de forma duradera más allá del umbral del 30 % de los votos sin ver cómo se le abren las puertas del poder. Incluso en la época de la Guerra Fría, la DC italiana se vio así obligada a pensar en la posibilidad de compartir su poder con el PCI cuando este llegó en las elecciones de 1976 a sus resultados históricos del 34 % y sin duda este «compromiso histórico» se habría llevado a cabo si el PCI no se hubiera visto afectado inmediatamente por el reflujo general de los partidos eurocomunistas, que le llevó desde 1979 a situarse otra vez bajo el umbral del 30 %.

Para dar los últimos pasos que le separan del poder sin duda lo único que le falta ya al Frente Nacional es el apoyo de una parte al menos de las clases dominantes, puesto que la debilidad de sus intermediarios en los medios mediáticos e intelectuales, en la burguesía del Estado y la patronal constituye para él un hándicap todavía excluyente. De hecho, el FN no ahorra esfuerzos para seducir a la patronal, como atestigua la reciente desaparición de su programa de la jubilación a los 60 o también del aumento del SMIC [Salario Mínimo Interprofesional de Crecimiento]. Establece así las condiciones necesarias para la adhesión de una parte de la burguesía, lo que constituye una hipótesis tanto más factible cuanto que la crisis todavía sin solucionar del euro podría incitar a una fracción de la patronal a desear una vuelta al franco y ver en el FN el vehículo propicio para llevarlo a cabo.

2. El PS es el gran vencedor de estas elecciones, al menos tanto como el FN . Sumando sus votos a los del PRG [Parti Radical de Gauche, de centro izquierda] y de las diversas izquierdas, el PS obtuvo no menos del 25,2 % de los votos válidos en la primera vuelta de las regionales. No solo no se ha realizado la hipótesis de una pasokización del PS, sino que utilizando un hábil cóctel de confusión y de llamamiento al voto útil contra el FN, Hollande y Valls lograron desde la primera vuelta un resultado tanto más notable cuanto que carecía totalmente de relación con el patente fracaso de su política económica y social. Cuando se constata que las listas del PS y de sus aliados han pasado de los 3,2 millones de votos en las europeas de mayo de 2014 a 5,4 millones de votos en la primera vuelta de estas regionales es de imaginar que Hollande podrá considerara que ha tomado la buena dirección sustituyendo a [Jean-Marc] Ayrault por Valls y llamando a [Emmanuel] Macron.

El éxito del PS debe mucho a la estrategia de Hollande y Valls que retoman con el mayor de los cinismos las viejas recetas de la cocina de Miterrand. Al presentar constantemente al FN como su primer adversario, Valls se ha esforzado por desplegar la alfombra roja ante él con el único objetivo de poner a la derecha en dificultades. En efecto, arrinconada entre un PS que se desplaza a la derecha y un FN que se institucionaliza, la derecha se encuentra dividida entre aquellas personas que no pueden considerar una alianza con el FN, a riesgo de caer en brazos de Hollande, y aquellas que entran en un juego de apuestas a la alta que les lleva a los de Le Pen. Retirando a sus candidatos en tres regiones Hollande ha logrado un hermoso golpe táctico, que debilita a Sarkozy al tiempo que siembra cizaña en el seno mismo de la derecha, la cual bien podría encontrarse al final con una doble candidatura en 2017. Aunque en el fondo no hayan logrado más que hundir un poco más al país en la crisis, Hollande y Valls no pueden sino felicitarse del éxito de sus artimañas políticas puesto que habrán conseguido transformar la debacle electoral que les pronosticaban todos los comentaristas en un éxito resplandeciente ya que, de hecho, la mayoría de los nuevos presidentes de región han resultado elegidos con su apoyo y el de la fuerte movilización electoral de la segunda vuelta que han logrado suscitar.

Si bien las listas del PS se han podido beneficiar tanto de los atentados del 13 noviembre como de la lógica del «voto útil» hábilmente instrumentalizado por el poder, su éxito también es fruto de una mutación del PS que ha encontrado su expresión ideológica en la estrategia del Frente Republicano. En efecto, más allá de su carácter político, el Frente Republicano se inscribe en el contexto de la profunda transformación de un PS ampliamente vaciado de su antigua base militante para actualmente ya no ser más que un partido de cargos electos y cuya base electoral se centra cada vez más en las clases medias que se benefician de la globalización. Aunque [Jean-Christophe] Cambadélis disfrute sacando de vez en cuando del baúl de los recuerdos las viejas fórmulas de la unión de la izquierda que aprendió en su juventud, el discurso de los dirigentes del PS está marcado por una evolución lenta aunque bien marcada que les lleva a sustituir sus antiguas referencias sociales por los valores transclasistas de la «República». Desde este punto de vista, el lugar cada vez mayor que ocupan los oropeles republicanos en los discursos socialistas es el signo de una evolución del PS que tanto en su posicionamiento como en su ideología es actualmente más de naturaleza demócrata que socialdemócrata.

3. Sin embargo, los buenos resultados del PS se logran primero y ante todo en detrimento de la izquierda a la que Hollande ha logrado marginar y domesticar. El ejemplo de EELV [siglas en francés de Europa Ecología Los Verdes] es emblemático: aunque en la década de 2000 había obtenido una base electoral estable de aproximadamente el 10 % de los votos en las elecciones locales, EELV se ha dejado desplumar por Hollande, que ha sabido jugar hábilmente con las ambiciones personales de sus líderes, seduciéndolos, volviéndolos insulsos y dividiéndolos por medio de promesas de escaños y de carteras. Después de dejarse dividir y desacreditar de esta manera, la dirección de EELV solo ha cosechado el 3,83 % de los votos en la primera vuelta de estas regionales, en un escrutinio que, sin embargo, le era tradicionalmente favorable.

Una estrategia similar habrá permitido a Hollande marginar al Front de Gauche [Frente de Izquierda], cuyas listas solo han obtenido el 4,06 % de los votos válidos. Distribuyendo algunos puestos secundarios en las elecciones municipales Hollande ya había logrado separar la dirección del PC de las del PG y de Ensemble!, que parecían haber comprendido hasta qué punto la alianza con el PS podía constituir un beso mortal. La desaparición política del NPA [Nouveau parti anticapitaliste, Nuevo Partido Anticapitalista], que libera al Front de Gauche de una fuerte presión por su izquierda, combinada con las ambiciones de unos y las ilusiones de otros habrá permitido esta vez quitar todos los cerrojos. En efecto, tras haberse dividido con frecuencia en la primera vuelta, los diferentes componentes del Front de Gauche se reunieron todos en la segunda en las listas del PS, en el mismo momento en el que el gobierno establecía el estado de urgencia y declaraba así una auténtica guerra al movimiento social. Es más, para justificar lo injustificable, esto es, su presencia en las listas del PS, EELV y el Front de Gauche cometieron el error de caer en la trampa tendida por Hollande y llamar a «derrotar a la derecha y a la extrema derecha». De esta manera desplegaron la alfombra roja ante Hollande que no tendrá más que desplegar su candidatura presidencial ya que le resultará fácil marginar a cualquier candidatura de EELV o del Front de Gauche explicando que en 2017 no habrá otra manera de «derrotar a la derecha y a la extrema derecha» que votarle a él desde la primera vuelta.

4. La casi desaparición del campo electoral de la extrema izquierda y la derrota del Front de Gauche dejan a las clases populares sin ninguna representación política . Si una parte de ellas todavía vota por costumbre al PS, si otra parte es cada vez más sensible a la extrema derecha, la mayor parte, sin embargo, se refugia en la abstención. Al no participar ya en las elecciones la gran mayoría de los dominados y explotados demuestra que es consciente, con razón, de que no existe ninguna oferta política susceptible de representarles y de defender seriamente sus intereses. Estas elecciones han hecho una nueva demostración de ello ya que en muchos colegios electorales la participación no supera el 20 % de los votantes, porcentaje que aún es menor ya que una parte significativa de las personas que habitan en estos barrios ni siquiera tiene derecho a voto.

Esta ausencia de representación política de las clases populares es el problema principal del periodo en la medida en que las entrega atadas de pies y manos a las políticas antisociales de la derecha y del PS. Desde la crisis de 2007 y la llegada al poder de Sarkozy y luego de Hollande las clases populares ha pagado el alto precio de las políticas de austeridad, del paro generalizado, de la precariedad y del descalabro de los servicios públicos. También son las primeras víctimas del Estado autoritario que están estableciendo Hollande y Valls puesto que los registros policiales permitidos por la prolongación del estado de urgencia se concentran casi exclusivamente en las poblaciones de los barrios. Por añadidura, se van a ver golpeadas de frente por la nueva ofensiva antisocial que ya ha programado el gobierno para el mes de enero: como sale reforzado de las elecciones Valls tendrá aún más legitimidad para llevar a cabo su desastrosa contrarreforma del código de derecho laboral.

* * *

En última instancia, estas elecciones han reforzado el rumbo político fijado por el gobierno Valls, han puesto en perspectiva la posible llegada al poder del FN y constituyen una etapa más de la decadencia del movimiento obrero que observamos desde hace ya cierto tiempo. Se ha llegado al punto crítico, si no se tiene cuidado el movimiento obrero podría desparecer a corto plazo del campo político, sin que para ello haya necesidad de que el FN llegue al poder: el NPA ya no tiene la fuerza necesaria para presentarse, LO [Lutte ouvrière, Lucha Obrera] se ha acuartelado en posiciones sectarias y el Front de Gauche ha sido avasallado como nunca por el PS. A gran escala, ya solo existen tres fuerzas en el campo político, el PS, la derecha y el FN, sabiendo que no es imposible que los dos primeros acaben, volens nolens, por fusionarse en un vasto frente republicano.

Antes que lanzarse espada en mano a las campañas presidenciales, como se dispone a hacer [el co-presidente del Parti de gauche Jean-Luc] Mélenchon, la izquierda radical debería dedicarse a hacer balance de esta situación y preguntarse acerca de sus perspectivas. Aunque, evidentemente, es demasiado pronto para despejar una vía, en todo caso la historia reciente nos ha demostrado que hay dos caminos que solo pueden llevar al muro. El primero es el del sectarismo, que llevaría a pensar que estos acontecimientos son el justo castigo de la izquierda radical y que, por consiguiente, habría que guardarse de toda confrontación con los «reformistas» para replegarse con Lutte Ouvrière en el retiro del pensamiento revolucionario. La segunda es la del oportunismo que lleva a aliarse con los mismos contra los que se ha luchado todo el año, de la misma manera que Penélope deshacía por la noche la tela que había tejido afanosamente durante el día. Por mi parte, estoy persuadido que el único futuro para la izquierda radical es distanciarse del sectarismo y del oportunismo, pero por el momento, sin duda alguna lo esencial es ser conscientes de la magnitud del desastre constando que a todas luces estamos ante de un escenario ruinoso y que ya no se puede seguir haciendo como antes, so pena que pronto ya no haya un después.

Si bien la situación subjetiva es realmente negra, la realidad objetiva, sin embargo, ofrece verdaderas potencialidades. En efecto, aún siendo innegable, el retroceso global de las luchas obreras se conjuga con la existencia regular de explosiones sociales de una gran radicalidad y desde este punto de vista la violencia con la que fueron reprimidos por el gobierno los empleados de Air France construye un testimonio evocador del miedo que las clases dominantes siguen experimentando aunque cualquier irrupción de las clases populares. Si hoy Hollande y Valls han logrado desarmar a las clases populares por medio del estado de urgencia, la cólera sigue estando lo suficientemente presente como para ofrecer en todas partes un terreno favorable para la reconstrucción de un nuevo proyecto de emancipación política. Para ello hará falta que sea capaz de no caer en las maniobras institucionales y en otros ajustes, sino que pueda afirmar su autonomía combinando sus fuerzas con las nuevas formas de lucha que hemos visto surgir en los últimos años, como las luchas contra el productivismo y contra los grandes proyectos inútiles que se establecen en las ZAD [Zone d’aménagement diféré, zonas cuya urbanización no es inmediata] o las luchas contra la discriminación y la islamofobia que se llevan a cabo en los barrios.

* N. de la t.: el autor diferencia entre los votos “exprimés”, es decir, los votos validos realmente expresados en las urnas (correspondería los tres primeros porcentajes de este párrafo), y los votos de los “inscrits”, que es el porcentaje de los votos en función de la

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