El yihadismo es un problema desintegrador que favorece las políticas totalitarias que podrían agravarlo aún más

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Por Carlos Martín

El pasado miércoles el barrio de Las Aves despertó inmerso en una operación policial antiyihadista que puso la nota por ser algo inusitado por estos lares. Varias decenas de vehículos de la policía, lecheras antidisturbios y las brigadas antiterroristas con todo su despliegue irrumpieron a altas horas de la madrugada con un dispositivo que duró hasta bien entrado el medio día. La operación se saldó con la detención de un vecino de origen marroquí acusado de estar vinculado al terrorismo yihadista. Un notición que encabeza los sucesos sombríos de Aranjuez y una gran conmoción para un tranquilo barrio obrero más acostumbrado a intervenciones policiales de andar por casa.

Le doy este toque sensacionalista porque aquí en mi barrio se vivió con demasiada sensación, y me preocupa que el desbordamiento emocional producido deje aturdidos lo sentidos y no sepamos discernir el grano de la paja. Con unos cuantos vecinos con los que me tope o fui a preguntar sobre lo acaecido noté reacciones muy variopintas. Las menos hirientes fueron las que mostraban incredulidad, sorpresa o indignación ante algo así, aunque la mayoría de las interjecciones pusieron en el punto de mira a moros, inmigrantes y musulmanes dando por sentado de que todos vienen aquí a inmolarse o a delinquir. Ese sentir cada vez más instalado en la sociedad me preocupa tanto como la amenaza yihadista. Aunque parezca una insensatez, no lo digo para relativizar el riesgo de una corriente del fanatismo religioso que usa el terrorismo como arma de guerra, sino para no quemar todos los barcos de la convivencia entre comunidades. Es obvio que tener un pirado de este calibre puerta a puerta es una amenaza, ante esto no hay discusión que valga. Ahora bien, si no mostramos un comportamiento racional ante cualquier tipo de violencia que atente contra la sociedad civil y reaccionamos sin principios ante ésta, la escalada de fanatismo puede sobredimensionarse en todas sus vertientes.

En la cotidianidad es donde se forja las costumbres que luego darán lugar a la norma que nos rige. El paradójico desprecio al foráneo sin mucha base y el comportamiento despectivo continuado producido por el miedo ante estos episodios podría agravar el enfrentamiento entre facciones sociales. En consecuencia, unos valores beligerantes estructurales advierten de una pérdida de compostura hacia la intransigencia que podría culminar en posiciones totalitarias, y el ejemplo lo tenemos en el resurgimiento de estos regímenes tanto en Occidente como en Oriente. Pero además, se justificaría dando más sentido a esa supuesta guerra santa de unos y a las intervenciones militares de los otros. Puede parecer que me he vuelto loco si digo que estas incidencias son productos y elementos de un tipo de guerra que se está dando hoy día en nuestros propios hogares simultáneamente con otros puntos candentes del planeta. Sí, tal cual suena. Son las desconocidas guerras asimétricas del siglo XXI que han dejado obsoletos muchos de los clásicos escenarios bélicos por ataques de otra intensidad, donde intervienen las nuevas tecnologías y la construcción mediática que involucran a la sociedad contra el supuesto enemigo. Es un sentir a nivel global donde según en qué parte vivas así te posicionas y dependiendo de la implicación de las religiones y alianzas gubernamentales que estén en el tablero de juego más radicado estará el conflicto. Todo ello es un caldo de cultivo para la adhesión a la yihad, o a la inversa, a la aceptación a ciegas de la intervención militar, no se sabe muy bien dónde, y a la normalización del estado de sitio en nuestras propias ciudades.

A mi juicio, hacen falta sobretodo actuaciones sosegadas que acierten en el diagnóstico social para dar con la vacuna de este fenómeno, no solo poner fuera de la circulación a los kamikazes que se encuentren. Y sobre todo, no valen los atajos que asemejan a la irracionalidad echando gasolina al fuego. Por ahora sigo queriendo apostar más por la solidaridad entre las clases trabajadoras más afectadas, porque al ser el mismo daño colateral y el mismo objetivo a batir tienen más cerca la solución en la unificación de criterios. La gente de a pie, ya sea cristiana, musulmana o atea, no desea vivir atemorizada y víctima de la sinrazón. Es por ello que priorizar la intervención social, confiando más en nuestras capacidades de respuesta y menos en el recurso fácil de la agresividad, más generadora de estos conflictos, sería un buen punto de partida.

Aun siendo nuestro país un corredor geoestratégico y de contrastes culturales se podría afirmar que todavía nos mantenemos más que menos en la linde de la integración, a diferencia de otros países de nuestro entorno aparentemente más avanzados, donde la actuación encolerizada y el sentir va rozando el estallido social y precisamente no les está yendo mucho mejor. O sea no la jodamos.

Por tantas razones de peso, espero de mis vecinos que no se muevan empujados por el odio y abandonen el lenguaje xenófobo y beligerante. Estos dos componentes fueron la antesala de los mayores conflictos contemporáneos y podrían volver a serlos.

Carlos Martín

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