El viaje de y sobre Lenin

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez
Después de figurar entre los “malditos” de la historia en manos de los “tribunalistas” más ilustres (Antonio Muñoz Molina lo trató de “sátrapa” sin necesidad de ninguna fundamentación histórica), Lenin, que seguía siendo admirado y apreciado por el pueblo ruso como  alguien distinto e incluso opuesto a lo que significó Stalin, está volviendo a ser recuperado por las miradas del pensamiento crítico ascendente. Se habla del “leninismo” de Podemos, eso sí sin entrar en mayores consideraciones. A esta revalorización no es ajeno la edición de nuevos estudios y ensayos biográficos sobre el personaje, ni tampoco el descrédito de los que trataron de desacreditarlo.

Desde esta ángulo de recuperación quizás valga la pena entrar en el territorio didáctico más asequible: el que se refiere a  la proyección de Lenin en el cine, han de saber que la editorial Fundamentos editó en 1981 uno de sus “Cuadernos prácticos” (el nº 31), Lenin y el cine, en el que se recogían textos de cineastas tan ilustres como Mark Donskai, Serguei Youthkevicht, Eisenstein, Mijhail Romm, así como de Dziga Vertov, que al igual que Eisenstein, tiene una cierta bibliografía en castellano.

No hay que decir que estas películas resultan –exceptuando el Octubre-, poco conocidas en estos pagos, aunque algunas se pudieron ver en Francia y se han realizados traducciones para su distribución en you tube, una filmografía a la que habría que añadir un jugoso documental de nuestro Joaquín Jordá producido por la PCI en 1967.

La pieza más popular existente es una serie sobre el viaje de Lenin en dirección hacia la estación de Finlandia. Se trata de coproducida por compañías de Alemania, Italia, Austria, Francia, España (que aportó a Xavier Elorriaga, evidentemente perdido en su papel de Platten, un socialista suizo admirador de Lenin que asiste impávido a los actos autoritarios de éste, unos detalles que contradicen lo que el propio Platten escribió). Contaba con un extenso plantel de actores conocidos, en particular, uno tan notable Ben Kingsley (quizás en su peor interpretación, que hace hablar a Lenin como una estatua andante), Leslie Caron (una Krupskaya dulce e impersonal), Dominique Sanda (una Inés Armand que parece una gran dama perdida en una historia que le resulta un tanto lejana), y Timothy West como un Parvus ambivalente, con una ambición secreta por ser reconocido por la revolución que ha abandonado.

La serie todavía se puede encontrar en una edición abreviada en DVD. Se llamaba El tren sellado (1987), y fue dirigida por el en otro tiempo inquieto Damiano Damiani, y afiliado al partido socialista italiano de Bettino Craxi. Se puede decir que la carrera de Damiani fue como una marcha hacia atrás: las mejores películas son de la primera época, las peores de la última.

La serie, al escamotear deliberadamente todo el trasfondo político del viaje a la estación de Finlandia, intenta paliar centrar su trama argumental con datos más o menos novelescos, en general muy poco rigurosos. Por ejemplo, todos los testigos indican que -en contra de lo que se indica- los pasajeros no pasaron hambre ya que los alemanes, en una treta un tanto pueril, trataron de convencerlos de que en Alemania había abundancia y le prepararon un buen avituallamiento. Tampoco hay un conflicto sordo por el «poder»-la herencia de Lenin como plantea la mujer de Zinóviev a éste-, entre los lugartenientes de Lenin, ni éste se mostró terriblemente despótico. Lenin fue muy acerbo en sus críticas políticas, pero jamás resultó tiránico con sus colaboradores y amigos, más bien lo contrario. Tampoco existió una serie amenaza de ruptura del acuerdo, es más los conflictos fueron muy peculiares. Lenin echó a cajas destempladas a unos parlamentarios socialpatriotas alemanes, pero no tuvo problemas en discutir con la tropa sobre la guerra y la paz..

También están ausentes las masas en la pequeña pantalla como también lo estuvieron en una superproducción como Reds. No se reproduce -más que a una escala de producción B- la atmósfera del final del viaje, las expectativas grandiosas del recibimiento. Lenin había temido que el gobierno provisional lo detuviera, pero el Soviets de Petrogrado organizó un recibimiento multitudinario, y un delegado del gobierno, Cheidze, tuvo que recitar la bienvenida. Lenin asistió a todo aquello «corno un transeúnte que espera impaciente que acabe un chaparrón» {Trotsky).

Cuando acabó el «chaparrón», Lenin habló durante dos horas, Un testigo privilegiado, Nikolai Sujanov, escribirá: «La voz de Lenin, que salía del vagón, era la «voz del exterior». En medio de nosotros, en el seno de la revolución, estalló la verdad, en modo alguno disonante, en modo alguno violando su contexto; era una nota nueva y brusca, un tanto aturdidora (…) Lenin tenía indiscutiblemente razón, no sólo en anunciarnos que la revolución mundial socialista había comenzado, no sólo en señalarnos la vinculación indisoluble entre la guerra europea y el derrumbamiento del sistema imperialista, sino en subrayar y en traer a primer plano la «revolución mundial» en sí, en insistir en que ésta debería orientar nuestro camino y que deberíamos valorar a su luz todos los acontecimientos de la historia contemporánea».

A la mañana siguiente, después de visitar la tumba de su madre y de su hermana OIga, entra de lleno en su tarea de adecuar el partido bolchevique: había que cambiar el programa, había que tirar la «camisa vieja» y ponerse una nueva. La democracia revolucionaria, las masas, se expresan a través de sus Soviets. La revolución burguesa ya había terminado, comenzaba el momento de la revolución socialista, una revolución que Rusia «tenía el privilegio de comenzar» pero que no podía culminar ya que se trataba de un país de campesinos. Son las Tesis de abril…Muchos de los que hablan de Lenin como si se tratase de San Pedro, tendría que cotejar estas tesis con sus escritos anterior.

Nadia Krupskaya dirá en sus memorias de la jornada del día 16:»Aquellos que no habían vivido la revolución, no podían imaginar su belleza solemne y magnífica: banderas rojas, la guardia de honor de los marineros de Kronstadt, los focos de la fortaleza de Pedro y Pablo iluminando el camino desde la estación de Finlandia hasta la Mansión Khensinsky -antigua residencia de una querida del Zar, convertida en sede de los bolcheviques-, coches blindados, la cadena de hombres y mujeres, trabajadores a ambos lados del camino». Fue ciertamente una situación irrepetible, excepcional. Wilson escribe que si bien Lenin no estaba «tan seguro de los controles de la sociedad como el maquinista que lo estaba de la locomotora que le estaba llevando a Petrogrado, pero si en condiciones de calcular las posibilidades con un precisión mayor que las de ciento a uno, estaba en vísperas del momento en que primera vez en la epopeya humana la llave de la filosofía de la historia iba a encajar en una cerradura histórica».

La pequeña historia del tren «precintado» que los alemanes pusieron al servicio de Lenin y de un pequeño grupo de revolucionarios se inicia cuando la revolución de febrero (marzo) hace vibrar el jefe bolchevique hasta entonces un exiliado anodino para sus vecinos y un teórico pesimista (en enero había vaticinado en un forum de estudiantes suizos que, posiblemente. su generación no alcanzara a ver las revoluciones venideras), y culmina con su legendaria arribada a la estación de llegada de los ferrocarriles de Finlandia, en Petrogrado, cuando proclama las ideas y consignas que había elaborado en sus Cartas desde lejos. Este viaje resulta ciertamente de uno de esos “momentos estelares de la historia de la humanidad” que tanto sedujeron a Stefan Zweig. Un momento sobre el que se han escrito ríos de tinta, y que cuenta con una lejana serie televisiva, algo en nada corriente tratándose de un personaje y una revolución sobre los la historia oficial dominante ha tratado de ofrecer con cierta ferocidad un enfoque denigratorio.

Éste capitulo de la revolución rusa que los historiadores destacan como un giro copernicano en el siglo XX, ha ejercido una gran atracción sobre diferentes artistas y escritores: ¿Quién no se acuerda de aquella formidable imagen de Octubre, el filme de Serguei M. Eisenstein, en el instante en el que la figura imponente del Lenin emerge como el líder sobre una inmensa marea humana enfebrecida? Un obrero ruso que fue testigo del evento, dijo del discurso de Lenin: «Las palabras de Illich trazaron un Rubicón entre táctica de ayer y la de hoy». Era el comienzo de la «lucha final”.

La serie no ve nada de esto. Tampoco es una reconstrucción puntillosa y objetivista, propia de cierto cine británica. Hay una lectura anecdótica, y una lectura conservadora en consonancia con la coyuntura histórica, la propia de un cineasta que evolucionaba hacia la derecha.

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