El valor de la formación y el trabajo.

En el 50 Aniviersario de la Revolución cubana, Raúl Castro se planteaba el objetivo de dar valor al trabajo. Parece una receta sorprendente proviniendo de un líder socialista; pero en cualquier sistema económico la base fundamental es precisamente el valor del trabajo. Desde la economía capitalista se ha cometido el error de pasar por alto esta valoración y convertir el trabajo en un parámetro numérico a considerar en función del desempleo. Así, los gobiernos han tratado de reducir el paro sin detenerse a medir la calidad del empleo que generaban, calidad que no ha de venir definida solamente por el tipo y la duración del contrato, sinó también por los medios puestos a disposicióndel trabajador, la formación, la organización racional de la cadena , la calidad del entorno, la ausencia de presiones, la motivación, etc. Tales factores se han obviado en un intento de simplificar el trabajo, de reducirlo a un número para computarlo macroeconómicamente y venderlo en titulares de prensa y proclamas electorales.

Empresa pública y privada&nbsp

En mi opinión, la crisis económica capitalista se ha producido porque se han desviado los beneficios hacia inversiones financieras descuidando la actualización de los bienes de capital y la modernización de los sistemas productivos. El empresario se ha podido permitir este lujo durante unos años valiéndose de la abundancia de mano de obra. A corto plazo, le compensaba más desviar sus excedentes de tesorería hacia el sector inmobiliario o la bolsa que a reconvertir su industria para hacerla más competitiva y humana. En el caso de que se encareciera el proceso, siempre estaba la opción de trasladar la fábrica a un país en vías de desarrollo y seguir con el mismo método: escasa inversión en equipamiento y contratación de abundante mano de obra barata. Sus cortas miras no preveyeron que estos países alcanzarían algún día un nivel más elevado y demandarían también calidad laboral y de vida. Me pregunto qué harán quienes desmontaron sus indrustrias para trasladarlas a China cuando el obrero chino precise un salario equivalente al europeo. ¿Volver? Lógicamente tal dispendio hubiera resultado más eficaz permaneciendo y perfeccionando el sistema productivo.

Si la clase empresarial no aprende la lección y no hace suyo el olvidado artículo de la Constitución española que reza que toda la riqueza del país ha de estar al servicio del interés general, no quedará más remedio que obligarle a invertir en la mejora de la calidad del trabajo por la vía impositiva o la expropiación si es preciso. La empresa pública ha de renacer, no como una lacra que lastre la gestión del Estado, sinó como la punta de lanza de todo el sistema económico. En ella habrán de ensayarse los procesos más efectivos para crear tecnología y productividad. La empresa pública tendrá ocasión de invertir en medidas a largo plazo, que generen mayor bienestar por la vía de optimizar las condiciones de trabajo y fabricar con mayor eficacia. Obcecado en el beneficio inmediato, el empresariado ha perdido la iniciativa en esta tarea y la empresa pública deberá recoger el testigo y obligarle a continuarla. Si las privatizaciones marcaron la época neoliberal iniciada en los 80, hoy la iniciativa pública tiene ante sí el reto de tomar la senda del progreso sostenible, no sólo a través de inversión pública ejecutada por empresas privadas,como pretenden los socialdemócratas, sinó, sobretodo, poniendo en marcha proyectos empresariales desde las instituciones con el único fin de favorecer el interés colectivo. Para ello, hay que desligar la actividad pública de la privada y acabar con la corrupción reinante en una clase política que no desiste de aprovechar sus cargos para favorecer sus negocios. Una nueva figura en el funcionariado debe nacer, la del gerente de empresa pública, dotado de rigor y austeridad a toda prueba. No es preciso que su carrera sea vitalicia, pudiendo pasar al sector privado cuando lo desee para aprovechar éticamente sinergias y experiencias; pero las incompatibilidades han de quedar perfectamente definidas para acabar con las fotos de un parlamento vacío cuyos diputados se dedican a atender sus propios asuntos.

En cualquier caso, me opongo a la preponderancia absoluta del sector público tanto como a la del sector privado. Durante los años posteriores a la caída del muro de Berlín, tuve ocasión de estudiar canto clásico en la universidad de un país comunista: Bulgaria. Observé como la falta de una tradición de iniciativa individual mermaba sobremanera el aprovechamiento de la extraordinaria preparación de que gozaban los búlgaros, acostumbrados a delegar la faceta económica enteramente en el Estado. Según creían, éste se encargaría siempre de proporcionarles trabajo, si estaban bien instruidos. El paso al sistema capitalista destruyó allí las esperanzas de muchos tal como las destruye aquí su caída. Los caracteres emprendedores deben tener sus cauces incluso en una economía planificada, sin que ello alivie la carga impositiva de las fortunas hechas al amparo de la especulación con los bienes básicos o del comercio con la mano de obra. Pero quienes prefieren dedicarse al estudio, la cultura y el cultivo de valores no precisamente comerciables deben recibir el apoyo incondicional de las instituciones. El nivel cultural de una sociedad es en sí mismo un valor y probablemente producirá, aunque de una forma indirecta un beneficio también económico. De todos modos&nbsp el beneficio humano de la cultura es impagable.

Un sistema mixto, con un sector público en situación de competición-cooperación con el privado es, a mi modo de ver, lo ideal. La empresa pública podría invertir más en investigación y servir de plataforma a las nuevas generaciones de universitarios, que actualmente tienen serias dificultades para situarse profesionalmente. También podría ser una fuente de empleo para los desfavorecidos o los marginados.Tiraría de la empresa privada obligándole a renovarse y competir con parámetros contrastados, asumibles. Pero no sería su enemiga. Los logros y avances del sector público podrían ser aprovechados por el privado mediante trasvases de tecnología y experiencias sostenibles, cuyo coste de investigación es difícilmente financiable para empresas privadas de creación reciente. También la gran empresa de capital privado debería asumir la obligación de poner a disposición colectiva sus fórmulas y patentes de interés general, en todos los sectores, pero sin excusa alguna en aquellos que afecten a la salud pública y a las necesidades básicas

La formación, pilar económico y social.

La receta de Raúl Castro para Cuba es igualmente válida para Europa. En estos momentos, urge dar verdadero valor al trabajo a través especialmente de la formación, no solamente de los jóvenes, sinó también de los obreros, tanto si están en activo como si están parados. Para reformar la universidad y convertirla en un foco de cultura, humanidad y tecnología, hay que acabar con el caciquismo imperante en la concesión cátedras; armar un sistema de acceso a la labor docente que permita ejercerla a los mejor capacitados, sin presiones políticas, enchufismos, ni restricciones presupuestarias. En cuanto a la formación de los trabajadores, actualmente es casi inexistente. Las empresas, el estado, los partidos y los sindicatos tienen capacidad para responsabilizarse de esta ingente labor, para la que quedarán recursos si se reduce la jornada laboral y se dedica el sobrante de tiempo a programas de capacitación técnica y cultural.

Resulta también imprescindible crear una sólida red de centros de ocupación para todos aquellos que se quedan al margen del sistema oficial, tanto educativo como laboral, sean cuales fueren los motivos que les han conducido a tal situación: dependencias, pobreza, marginación social, identidad sexual, adolescencia, vejez, obligaciones familiares etc. Se trata de grupos sociales que merecen una segunda oportunidad educativa estructurada en función de sus necesidades específicas. La asignación de recursos a estos programas ha de aumentar considerablemente y el control de su destino convertirse en exhaustivo. Las administraciones más cercanas al ciudadano han de asumir su papel en esta empresa, facilitando proyectos y trabajo. Talleres ocupacionales, escuelas-talleres, centros culturales y programas de formación han de florecer por doquier, como sucedió con la proclamación de la II República, con el fin de aumentar el nivel cultural, humano y laboral de toda la población, especialmente de la más desvaforecida. Y para que esta programación resulte efectiva, es imprescindible que se transmita desde los centros de poder una filosofía de valoración del trabajo y la formación.

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