El trilema del confinado

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<<Al preso de voluntad, muerto le es libertad>>

(Del refranero)

Las ilusionantes expectativas despertadas entre un sector del activismo altermundista como reactivo a la crisis del coronavirus me devuelve a la potente imagen del <dilema del prisionero>>, solo que monitorizado a tres bandas. Como en aquella teoría de juegos, aquí también los protagonistas pueden optar por no cooperar aunque la negativa redunde en su perjuicio. Si en el esquema clásico el objetivo es adoptar la mejor decisión para lograr la ansiada libertad, lo que se ventila en el trilema del Covid-19 tiene más aristas. Implica esencialmente: abandonar el encierro forzoso a que estamos sometidos; recuperar la cadena de valores alienados; y abolir el neoliberalismo económico, vivero de la crisis que nos hace reos, meras criaturas. Para alcanzar estas metas es preciso encontrar un denominador común solidario que abarque y comprometa a todos sus integrantes.

Prioridad esta que en el trilema del confinado se ve seriamente cuestionada por el propio proceso en curso. La <<jaula de hierro>> en que desarrolla su dinámica, lejos de ser inocua, teje una segunda naturaleza, otra racionalidad superpuesta que favorece la sociedad de control, la despersonalización y la dominación gregaria. Así, la profunda regresión humanista que inocula la estela de la pandemia en la mayoría de la población (la servidumbre voluntaria), corroe cualquier posibilidad de algo que entrañe una enmienda eficaz al Leviatán hegemónico; impide la necesaria cancelación del apartheid comunitario; y deroga la recuperación de los derechos y libertades vulnerados. Uno en sustancia y trino en persona, como la Santísima Trinidad.

Al somatizar la inseguridad existencial sobrevenida (más allá del sentimiento trágico de la vida: la pandemia cortocircuita el negacionismo capitalista de la muerte como telos), la obediencia debida al Estado como institución sagrada y omnívora se constituye en vórtice del nuevo contrato social del siglo XXI. En estas circunstancias, inspirar una rebelión, aunque ni imposible ni fatal y siempre deseable, exige dar coces en el aguijón. Porque tengo la sensación de que puede foguearse un debate baldío, aunque bien intencionado, mientras la prioridad exige mirar cara a cara a la verdad sin dilaciones ni interferencias. Como cuando tenemos ante los ojos una entrevista que llama nuestro interés en un periódico pero por profilaxis mental solo leemos las respuestas despreciando las preguntas como prescindible material de relleno.

La cuestión candente mapeada, según yo la entiendo, sería esta: con 400 millones de personas confinadas en el mundo; más de un millón y medio de contagiados; y cerca de 90.000 muertos (de momento) por un claro fallo multiorgánico del sistema, ¿surgirá una internacional de damnificados superadora de la distopia o, por el contrario, prevalecerá la multitud que añora el paternalismo estatal cueste lo que cueste? Dicho de otra forma: ¿puede una minoría activa y renovada concitar a una orgullosa experiencia rupturista a la mayoría afligida? Obviamente, a los fines de este análisis de circunstancias, hay que simplificar la reflexión, aunque su contenido último pueda albergar muchos matices. Conviene disipar la tentación de caer en el estereotipo de reducir todo a la dicotomía cooperación-competencia, cuando en realidad caben múltiples combinaciones (altruismo, egoísmo, parasitismo, simbiosis, etc.). Pero ya adelanto que la propia alusión de partida conlleva un déficit democrático: presuponer que el cambio radical, de producirse, vendría liderado por una vanguardia capaz de mutualizar su propio afán junto a las masas.

Pero aparquemos los purismos y hagamos como si tal condicionante no tuviera arraigo. Aun desnudándolo de atributos, la lectura tampoco es demasiado halagüeña. Somos un pasado presente proyectado al futuro. Y salvo que con el trauma del shock hayan caducado los códigos de procedencia, y nos encontráramos ante una especie de tabla rasa, la herencia recibida suele marcar tendencia. Somos parte habilitante del sistema-régimen que se asoma al abismo (y en alguna medida nosotros con él). De ahí que una salida a la encrucijada abierta por el coronavirus pase por ver si los anticuerpos acumulados (intelectual, afectiva y experimentalmente) contienen la suficiente dinamita cerebral para alumbrar el cambio y la necesaria inteligencia emocional para acumular fuerzas suficientes para materializarlo. Se trataría de centrifugar urbi et orbi eso que con tanta calidez expresó Durruti: <<llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones que crece a cada instante>>.

Ello supondría un trasplante del órgano vascular y una toma de conciencia sobre lo humano verdadero. Porque lo que en la sociedad realmente existente <<crece a cada instante>> es lo contrario. El culto a la personalidad del Estado se alimenta de nuestra indigencia como personas, es el ogro filantrópico que siempre viene a vernos. Fue decisivo en la Gran Recesión del 2008 para que los respectivos gobiernos al mando hicieran recaer la crisis sobre aquellos que habían sido sus víctimas. Regulando a favor de la gran banca y el mundo financiero mediante una trasferencia de renta de las clases trabajadoras y populares. Y, a la vez, desregulando normativas y derechos, a riesgo de mermar aún más la capacidad operativa de los servicios sociales, y abaratando al mismo tiempo el coste del factor trabajo, precarizando su ejercicio al límite. Con ello y todo, los así humillados y ofendidos, a día de hoy, no buscan salirse del sistema, sino reiniciarlo, y anhelan sobre todo recuperar el <<estado de bienestar>> confiscado. El imaginario Estado y su celebrado intervencionismo es el mundo viejo que dicta la sístole y diástole del avatar que nos devora a cada instante. Estado de providencia, social, de bienestar, y ahora samaritano de último recurso para salvarnos de nosotros mimos. El Estado son ellos. Como aquel señor don Juan de Robles de caridad sin igual, que mandó fundar un hospital pero antes hizo a los pobres.

¿Dónde anida la semilla de ese emergente y redoblado 15-M que necesitamos para evitar el colapso vital cuando se vuelva a la actividad sobre las cenizas de las políticas (económicas, sociales, laborales, medioambientales y éticas) que ahora se están diseñando para el día después? ¿Intentarán volvernos a su normalidad con un estado de alarma institucionalizado de manera permanente en uno u otro grado para asegurar la doma colectiva? Lo de reeditar los Pactos de La Moncloa denota que algún temor a otro brote subversivo a lo grande existe en el vientre de la bestia. El desafío es bíblico, porque si la sal se pierde nadie nos devolverá su sabor. No es cierto que no haya alternativa, solo la muerte no admite enmienda, y aun así quedará memoria digna de la resistencia. Lo que pasa es que hoy el entorno es aún más adverso que entonces, cuando la gente confraternizó en las calles contra sus negreros unificando la indignación en aquel <<PSOE, PP, la misma mierda es>>. Ahora la represión dentro de la catarsis es más viscosa. Enfrente tenemos un combinado insospechado. Otro bipartidismo, asimétrico sí, pero formado por uno de aquellos que anteayer formó parte del problema, rehabilitado en su escalada al poder por <<uno de los nuestros>>.

Pieza esta de un duopolio dinástico que incluso presume de una legitimidad nacida en aquellas escaramuzas ciudadanas. ¡Qué ironía! Los nuestros de hoy en el gobierno son los que han militarizado la crisis sanitaria, canibalizado la sociedad civil, orwellianizado información y ruedas de prensa (¿qué fue del cuarto poder?), y dado su plácet a un radiante porvenir de videovigilancia, geolocalización social y mordaza digital (Real Decreto-ley 14/2019), haciendo realidad la profecía que Blade Runner situaba justamente en el aledaño 2019. Ayer fue la juventud sin futuro, que había vivido por encima de sus posibilidades, y hoy la ruleta rusa amenazando a mayores y ancianos, con patologías previas o sin ellas, postergados en las UCI y en su derecho a la dignidad y a la salud. Aquel mundo para viejos de la ficción se ha hecho realidad institucional, es de curso legal sin demasiadas estridencias. El <<Estado medicalizado>> que aventuró Foucault (con la consiguiente merma de autonomía, autoestima y acentuación del sentimiento de vulnerabilidad y dependencia) ya está entre nosotros y lo está gestionando la izquierda iliberal. Pero siempre hay alternativa, solo depende del sacrificio que estemos dispuestos a asumir. Quizás la mejor forma de conjurar la miseria en ciernes es decir <<adiós a todo eso> y acto seguido tener el coraje de demostrarlo en los hechos. Es un imperativo moral. Aunque llenemos las cárceles si fuera preciso. ¿Quién garantizará que, en el sistema de juego de suma cero que padecemos, la adopción de una renta básica (por cierto, anticipada por tipos como Salvini, Trump y Bolsonaro, cada cual a su bola) no derive en mera beneficencia a trampear de otras partidas sociales ya consolidadas? Para la aberrante sociedad capitalista todavía no hay vacuna, porque el poder (del Estado) está en sus cabezas (de la gente).

Honestamente pienso (por mencionar a los que se apiñan en mi misma liga) que algunas organizaciones anarcosindicalistas (no así el movimiento libertario nómada) han reaccionado tarde y sin reflejos (en situaciones excepcionales lo uno lleva a lo otro, y viceversa) ante el órdago deshumanizador, encapsuladas en su arca de Noé más que estrictamente confinadas. En alguna forma, y sin generalizar, eso ya pasó durante el 15-M, que exigió ex ante exorcizar recelos frente a la algarabía de los indignados (prácticas de libertad) antes de secundarlo. A lo que habría que añadir, en orden a acumular fuerzas, ese otro menosprecio de la democracia (cuando no abierto desprecio, tirando al niño con el agua sucia) como factor de evolución en el ecosistema emancipatorio. Una estigmatización que nos extraña del entorno en toda su rica biodiversidad, eslabón necesario para socializar la salida del laberinto. Aunque también puedo equivocarme.

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