El tres por ciento

  Pero al final del recorrido valorativo que del sis­tema hace el pensamiento de izquierda auténtico, se une a ambas lacras otra típica del jesuitismo, la hipocre­sía; es decir, ese empeño en saltar por encima del cadáver de cualquiera para aparentar ser lo que no se “es”. Lo que no es, pero tampoco “puede” ser sin caer en una gravísima con­tradicción en sus propios términos. Es decir, sin que termine anulando las ventajas que obtienen unos cuantos frente a los inconve­nientes de los más. Algo que aquéllos no estarán nunca dis­puestos a consentir ni por un momento…


  Veamos: si el motor del sistema es el beneficio, hay que contar con que el beneficio va a estar presente en toda rela­ción de la clase que sea. No sólo en la estrictamente co­mercial, la financiera y la económica. También ya en la fami­liar, en la amis­tad y en la humana a secas… Este es uno de los fo­cos de infec­ción —el principal— que nos hace detes­tarlo; que nos hace ver en este sistema algo inde­seable, re­proba­ble y fuente de los más graves disturbios para la so­ciedad en su conjunto y ahora, sin ninguna duda, para la Natura­leza y, ya, para el porvenir de la propia humanidad…


  Lo único que puede hacerse en él es regular, legislar (de­ben contarse por billones las leyes de nuestro país) y edu­car. Y a ello, a la constante brega del legislador, sumar la voluntad política y funcionarial decidida de hacer que esas leyes se cumplan. Sólo así —y con una educación y con­cienciación social que a todas luces retrocede también—podría intentarse refrenar la vo­racidad y el instinto depreda­dor que el sistema encierra. Pero si en el sistema la voraci­dad y el instinto depredador son “motor” de su vitalidad, también son su disolvente. Así es que ¿cómo podrá el sis­tema regular, re­glar, restringir, sin ponerse a sí mismo en peligro, sin fago­citarse, sin devo­rarse, sin debilitarse?: sólo fingiendo que es su propósito hacerlo. Sólo ampliando, ex­tendiendo y haciendo resonan­tes, en todas di­recciones, las pamemas…


  Para no andarme por las ramas y habida cuenta lo insal­vable en el incendio global de la injusticia radical y de las desigualdades, lo peor del sistema actualmente, después de aquéllas, son dos cosas: una que, abanderado ese sistema por los conservadores —la derecha—, se han sumado ya sin tapujos “las izquierdas” de todo el espectro, a la fanto­chada general. Y otra que, cuando sabemos desde tiempo inme­morial que no hay adjudicación, licencia, licitación o conce­sión que no vayan unidas a precio —hasta el extremo de que debiera incorporarse la comisión como un concepto tri­buta­rio más al costo; cuando no hay confesionario, lecho ni amistad que no estén emporquecidos por el interés; cuando no hay párroco que no se haya convertido sólo en cura-em­presa­rio de su parroquia… vienen ahora todos: jue­ces, fis­cales, políticos, periodistas y medios a arrastrarnos a los ciudadanos para que, ante quien tildan de calumniador o in­juriador, nos sumemos a sus imposturas y finjamos una in­superable indignación frente a un engaño que conocemos bien y del que solidariamente participan todos y todos obtie­nen su co­rrespondiente renta. ¡Venga ya…!


  Que esto es una pocilga estamos hartos de saberlo. Por eso convendría que cuanto antes se reformase la Constitu­ción para decirlo, sancionarlo y proclamarlo. Por lo menos nos libraríamos de lo que cada día soporta menos el ciuda­dano más corriente: tanta farsa a costa de él.

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