El tren de la república (cast/cat)

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Por Albert Sánchez Piñol

De este gran lío llamado procés solo podemos estar seguros de tres cosas: nadie sabe exactamente qué ha pasado, nadie sabe qué esta pasando y nadie sabe qué pasará. Por eso sería bueno tomar a dos grandes personajes históricos y preguntarles cómo lo verían ellos: Clausewitz y Gandhi. Y si escojo a este par es porque creo que uno de los problemas del unionismo es que no ha leído bien a Clausewitz y el gran problema del independentismo és que ha leído a Gandhi muy mal.

Carl von Clausewitz fue uno de los grandes pensadores del siglo XIX, por desagradable que fuera la temática de su pensamiento: la guerra. El genio de Clausewitz consistió en ocuparse científicamente del fenómeno bélico. Había que hacerlo: la guerra es inseparable del género humano, incluso lo preexiste. (La biología y la arqueología demuestran que los homínidos, sean neandertales o chimpancés, también se hacían y se hacen la guerra.) Hasta Clausewitz nadie había contestado sistemáticamente a las grandes preguntas: ¿qué es la guerra? ¿Por qué hacemos la guerra? Y sobre todo: ¿cómo se gana una guerra? (No hay que ser un fanático militarista para leer a Clausewitz. El truco consiste en sustituir la palabra guerra por conflicto, y usted podrá aplicar las teorías de Clausewitz a las relaciones laborales, familiares o, incluso, al contencioso que cualquier propietario de un animal doméstico mantiene con su perro o su gato.)

Así pues, Clausewitz fue el primero en dar una respuesta definitiva a la pregunta «¿Cómo se gana una guerra?»: una guerra se gana destruyendo el ejército enemigo. Punto final. No se trata de conquistar la capital enemiga, ni sus recursos naturales, ni de ninguna otra cuestión: la única forma segura de ganar una guerra es destruyendo las fuerzas armadas del enemigo. En un conflicto afortunadamente pacífico como el catalán, tenemos que entender que los soldados serían los votantes. Por eso decíamos que el españolismo ha leído mal a Clausewitz: si el procés es político y no militar, las victorias y derrotas son políticas. Así pues, ¿cómo puede afirmarse que el independentismo está derrotado si ganó las últimas elecciones, y por mayoría absoluta?

Gandhi despreciaría las manifestaciones multitudinarias de cada 11 de Septiembre como unos actos inútiles, por folclóricos y por autocomplacientes

A nivel popular, Gandhi es más conocido que Clausewitz. Todo el mundo sabe que fue el fundador de la no violencia como práctica política. Tengo que admitir que nunca me ha caído muy bien: Gandhi es de aquellos personajes tan, tan y tan buenos que al final lo mandarías a paseo. Poca gente conoce sus excentricidades: su mujer estuvo a punto de morir a causa de la rigurosa dieta vegetariana que le imponía. Y nunca admitió los límites de su doctrina pacifista, inútil contra los bárbaros: cuando en 1938 le preguntaron qué tenían que hacer los judíos alemanes, sometidos a Hitler, contestó que tendrían que denunciar su situación internacionalmente. ¿Cómo? Practicando un suicidio colectivo (!). Después de la guerra, cuando se hizo público el genocidio, Gandhi no rectificó. Todo lo contrario. Mantenía que el Holocausto demostraba la rectitud de su propuesta porque, de haberla seguido, la muerte de los judíos al menos habría tenido un sentido (!!!).

Pero eso no le resta méritos. Y hoy en día sería muy interesante preguntarles ambos, a Clausewitz y a Gandhi, o sea, al gran maestro de la guerra y al gran maestro de la paz, su opinión sobre el procés. Y el más pasmoso es que seguramente ambos habrían coincidido tanto en el diagnóstico de la situación como en la estrategia a seguir. Veámoslo.

Gandhi despreciaría las manifestaciones multitudinarias de cada 11 de Septiembre como unos actos inútiles, por folclóricos y por autocomplacientes. Las grandes demostraciones de fuerza del independentismo son, de hecho, contrarias al espíritu gandhiano. ¿Por qué? Porque nunca ocurre nada. És más, por millonaria que sea la participación, al día siguiente de cada 11-S siempre hay alguna voz que se atreve a declarar que «el separatismo está acabado» y se queda tan ancha. No. La teoría gandhiana es la satyagraha, que podría traducirse como «firmeza en la verdad». La satyagraha implica una lucha no violenta, que derrota al enemigo sin odio y sin herirlo. (¿Lo hemos leído bien? Sin odio y sin herir. ¡Qué gran invento moral y político!) La praxis gandhiana es activa, no reactiva. O sea, no es una reacción contra una acción del adversario, sino un acto que busca la reacción del poder. Todavía más, obliga a este poder a reaccionar de una manera u otra: a ejercer una violencia indigna, y ponerse en evidencia, o a aceptar la voluntad colectiva que se le enfrenta. El único gran acto proactivo que ha visto el procés fue el 1-O, y hay un hecho constatable: al día siguiente nadie se atrevió a decir que «el separatismo está acabado».

Seguramente, Gandhi habría preguntado a los independentistas: ¿estáis dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias de la satyagraha? O sea, a asumir que el enemigo pueda causar estragos físicos entre la población, y muy dolorosos. La pregunta de Clausewitz, en cambio, sería: ¿tenéis suficiente masa de maniobra? O sea, suficiente gente dispuesta a poner en práctica la satyagraha.

Clausewitz desarrolla el concepto de centros de gravedad. Es decir, la parte más sensible del enemigo, y a la que se tendrían que dirigir los golpes para dislocarlo y hacerlo rendirse. Otra vez el españolismo leyó mal a Clausewitz: creyó que el centro de gravedad independentista eran sus líderes. Error. Encarcelarlos solo sirvió para que ganaran votos. Pero ¿cuál es el centro de gravedad españolista en Catalunya? Indudablemente, sus instituciones.

Es posible que ya haya pasado aquello que Clausewitz llamaba el «momento culminante»: imaginemos que el 3-O, en lugar de una huelga general, se hubiera convocado una acción satyagraha a escala nacional: la historia catalana quizás sería otra

Gandhi no habría dudado sobre cómo proceder: habría enviado docenas de miles de voluntarios, pacíficos y desarmados, a rodear los edificios de los principales organismos estatales en Catalunya. Centenares de miles, si hacía falta. O más. Y con él al frente. Y habría presentado un ultimátum: o el Govern convocaba un referéndum o las multitudes ocuparían pacíficamente los edificios. Eso situaría al gobierno español ante un dilema tan previsible como insoluble. Solo podría hacer dos cosas: disparar, y causar así una matanza horrible, o renunciar al control del territorio y conceder la independencia de facto. En ambos casos perdía. Y, en realidad, es muy dudoso que Madrid abriera fuego: en la Europa del siglo XXI, la sangre es políticamente injustificable. Ni todo el furor nacionalista español justificaría una masacre de ciudadanos indefensos que, al fin y al cabo, ni siquiera pedían la independencia, solo votarla. ¡Votar!

Pero el hecho es que los dirigentes catalanes no hicieron nada de eso. Ni antes ni después del 1-O. Es más: una acción parecida ni siquiera estaba en su horizonte intelectual, estratégico o emocional. Y la gran pregunta es: ¿por qué no?

La primera idea que nos viene a la cabeza es que las clases dirigentes catalanas han sido tradicionalmente miedosas… y que han querido mantener la tradición. Pero ese no es el caso: el hecho, irrefutable, es que los líderes políticos del 1-O están en prisión o en el exilio. La segunda explicación es más sencilla: que ni se lo plantearon porque, en realidad, los dirigentes políticos no eran como sus bases sociales. Sin embargo, existe una tercera explicación todavía más convincente: no se lo plantearon porque  eran como sus bases.

Es posible que ya haya pasado lo que Clausewitz llamaba el «momento culminante»: imaginemos que el 3-O, en lugar de una huelga general, se hubiera convocado una acción satyagraha a escala nacional. La historia catalana quizás sería otra. Sin embargo, la tropa de Gandhi la formaban millones de indios que no tenían nada que perder; el independentismo lo forma la clase media catalana, con hipoteca, dos hijos y suscrita al diario Ara. (O a La Vanguardia, ¡todavía!) Gente así, gente orgullosísima de que en sus manis no se arroje ni un papel fuera de las papeleras, ¿estaría dispuesta a ponerse ante un tanque de ochenta toneladas? El independentismo ha demostrado que es muy bueno en la organización de multitudes, distribuyendo camisetas de colorines y organizando cánticos masivos. Pero una república no se gana con performances.

Cuando pienso en el grueso de la masa independentista me viene a la cabeza una anécdota de los años veinte. Poco después del triunfo de la Revolución Rusa, un grupo de comunistas alemanes viajó a la URSS. El instructor se lo explica a Lenin: «Ayer los camaradas alemanes hicieron un ejercicio que consistía en tomar al asalto una estación de tren. Todo fue muy bien: ocuparon los lugares clave del andén, se apoderaron de los vagones y la locomotora con una disciplina admirable y una ejecución perfecta. Pero me parece que no acaban de entender el espíritu revolucionario». Lenin le pregunta por qué. Y el instructor contesta: «Porque antes de entrar en la estación hicieron cola, perfectamente alineados, para comprar los billetes».

 


 

El tren de la república

D’aquest gran embolic anomenat procés només podem estar segurs de tres coses: que ningú sap ben bé què ha passat, que ningú sap què esta passant i que ningú sap què passarà. Per això seria bo agafar dos grans personatges històrics i demanar-los com ho veurien ells: Clausewitz i Gandhi. I si escullo aquest parell és perquè crec que un dels problemes de l’unionisme és que no ha llegit bé Clausewitz i el gran problema de l’independentisme és que ha llegit Gandhi molt malament.

Carl von Clausewitz va ser un dels grans pensadors del segle XIX, per desagradable que fos la temàtica del seu pensament: la guerra. El geni de Clausewitz va consistir a ocupar-se científicament del fenomen bèl·lic. Calia fer-ho: la guerra és inseparable del gènere humà, fins i tot el preexisteix. (La biologia i l’arqueologia demostren que els homínids, siguin neandertals o ximpanzés, també es feien i es fan la guerra). Fins Clausewitz ningú no havia contestat sistemàticament les grans preguntes: què és la guerra? Per què fem la guerra? I sobretot: com es guanya una guerra? (No cal ser un fanàtic militarista per llegir Clausewitz. El truc consisteix a substituir la paraula guerra per conflicte, i vostè podrà aplicar les teories clausevianes a les relacions laborals, familiars o, fins i tot, al contenciós que qualsevol propietari d’un animal domèstic manté amb el seu gos o el seu gat.)

A la pregunta “Com es guanya una guerra?”, doncs, Clausewitz va ser el primer a donar-hi una resposta definitiva: una guerra es guanya destruint l’exèrcit enemic. Punt final. No es tracta de conquerir la capital enemiga, ni els seus recursos naturals, ni de cap altra qüestió: l’única forma segura de guanyar una guerra és destruint les forces armades de l’enemic. En un conflicte afortunadament pacífic com el català, hem d’entendre que els soldats serien els votants. Per això dèiem que l’espanyolisme ha mal llegit Clausewitz: si el procés és polític i no militar, les victòries i derrotes són polítiques. Així doncs, com pot afirmar-se que l’independentisme està derrotat si va guanyar les últimes eleccions, i per majoria absoluta?

Gandhi menysprearia les manifestacions multitudinàries de cada 11 de Setembre com uns actes inútils, per folklòrics i per autocomplaents

A nivell popular, Gandhi és més conegut que Clausewitz. Tothom sap que va ser el fundador de la no-violència com a pràctica política. He d’admetre que mai m’ha caigut gaire bé: Gandhi és d’aquells personatges tan, tan i tan bons que al final l’engegaries. Poca gent coneix les seves excentricitats: la seva dona va estar a punt de morir a causa de la rigorosa dieta vegetariana que li imposava. I mai no va admetre els límits de la seva doctrina pacifista, inútil contra els bàrbars: quan el 1938 li van preguntar què havien de fer els jueus alemanys, sotmesos a Hitler, va contestar que haurien de denunciar la seva situació internacionalment. Com? Practicant un suïcidi col·lectiu (!). Després de la guerra, quan es va fer públic el genocidi, Gandhi no va rectificar. Ben al contrari. Mantenia que l’Holocaust demostrava la rectitud de la seva proposta, perquè així la mort dels jueus almenys hauria tingut un sentit (!!!).

Però això no li resta mèrits. I avui dia seria molt interessant preguntar a tots dos, a Clausewitz i a Gandhi, o sigui, al gran mestre de la guerra i al gran mestre de la pau, la seva opinió sobre el procés. I el més astorador és que segurament ambdós haurien coincidit tant en el diagnòstic de la situació com en l’estratègia a seguir. Vegem-ho.

Gandhi menysprearia les manifestacions multitudinàries de cada 11 de Setembre com uns actes inútils, per folklòrics i per autocomplaents. Les grans demostracions de força de l’independentisme són, de fet, contràries a l’esperit gandhià. Per què? Perquè mai no passa res. Encara més, per milionària que sigui la participació, l’endemà de cada 11-S sempre hi ha alguna veu que s’atreveix a declarar que “el separatismo está  acabado” i es queda tan ampla. No. La teoria gandhiana és la satyagraha, que podria traduir-se com a “fermesa en la veritat”. La satyagraha implica una lluita no violenta, que derrota l’enemic sense odi i sense ferir-lo. (Ho hem llegit bé? Sense odi i sense ferir. Quin gran invent moral i polític!) La praxis gandhiana és activa, no reactiva. O sigui, no és una reacció contra una acció de l’adversari, sinó un acte que busca la reacció del poder. Encara més, obliga aquest poder a reaccionar d’una manera o altra: a exercir una violència indigna, i posar-se en evidència, o a acceptar la voluntat col·lectiva que se li enfronta. L’únic gran acte proactiu que ha vist el procés va ser l’1-O, i hi ha un fet constatable: l’endemà ningú va atrevir-se a dir que “el separatismo està acabado”.

Segurament, Gandhi hauria preguntat als independentistes: esteu disposats a arribar fins a les últimes conseqüències de la satyagraha? O sigui, a assumir que l’enemic pugui causar estralls físics entre la població, i molt dolorosos. La pregunta de Clausewitz, en canvi, seria: teniu prou massa de maniobra? O sigui, prou gent disposada a posar en pràctica la satyagraha.

Clausewitz desenvolupa el concepte de centres de gravetat. És a dir, el lloc més sensible de l’enemic, i al qual s’haurien d’adreçar els cops per dislocar-lo i fer que es rendeixi. Un altre cop l’espanyolisme va llegir malament Clausewitz: va creure que el centre de gravetat independentista eren els seus líders. Error. Empresonar-los només va servir perquè guanyessin vots. Però quin és el centre de gravetat espanyolista a Catalunya? Indubtablement, les seves institucions.

És possible que ja hagi passat allò que Clausewitz en deia el “moment culminant”: imaginem-nos que el 3-O, en lloc d‘una vaga general, s’hagués convocat una acció satyagraha a escala nacional: la història catalana potser seria una altra

Gandhi no hauria dubtat com procedir: hauria enviat dotzenes de milers de voluntaris, pacífics i desarmats, a envoltar els edificis dels principals organismes estatals a Catalunya. Centenars de milers, si calia. O més. I amb ell al capdavant. I hauria presentat un ultimàtum: o el Govern convocava un referèndum o les multituds ocuparien pacíficament els edificis. Això situaria el govern espanyol davant d’un dilema tan previsible com insoluble. Només podria fer dues coses: disparar, i causar així una matança horrible, o renunciar al control del territori i concedir la independència de facto. En ambdós casos perdia. I, en realitat, és molt dubtós que Madrid obrís foc: a l’Europa del segle XXI, la sang és políticament injustificable. Ni tot el furor nacionalista espanyol justificaria una massacre de ciutadans indefensos que, al capdavall, ni tan sols demanaven la independència, només votar-la. Votar!

Però el fet és que els dirigents catalans no van fer res d’això. Ni abans ni després de l’1-O. Encara més: una acció semblant ni tan sols estava en el seu horitzó intel·lectual, estratègic o emocional. I la gran pregunta és: per què no?

La primera idea que ens ve al cap és que les classes dirigents catalanes han estat tradicionalment porugues… i que han volgut mantenir la tradició. Però no és el cas: el fet, irrefutable, és que els líders polítics de l’1-O són a la presó o a l’exili. La segona explicació és més planera: que ni s’ho van plantejar perquè, en realitat, els dirigents polítics no eren com les seves bases socials. Però hi ha una tercera explicació encara més convincent: que no s’ho van plantejar perquè  que eren com les seves bases.

És possible que ja hagi passat allò que Clausewitz en deia el “moment culminant”: imaginem-nos que el 3-O, en lloc d‘una vaga general, s’hagués convocat una acció satyagraha a escala nacional. La història catalana potser seria una altra. Tanmateix, la tropa de Gandhi la formaven milions d’indis que no tenien res a perdre; l’independentisme el forma la classe mitjana catalana, amb hipoteca, dos fills i subscrita al diari Ara. (O a La Vanguardia, encara!) Gent així, gent orgullosíssima que a les seves manis no es llenci ni un paper fora de les papereres, estaria disposada a posar-se davant d’un tanc de vuitanta tones? L’independentisme ha demostrat que és molt bo en l’organització de multituds, distribuint samarretes de coloraines i fent càntics massius. Però una república no es guanya amb performances.

Quan penso en el gruix de la massa independentista em ve al cap una anècdota dels anys vint. Poc després del triomf de la Revolució Russa, un grup de comunistes alemanys va anar a l’URSS. L’instructor  ho explica a Lenin: “Ahir els camarades alemanys van fer un exercici que consistia a prendre a l’assalt una estació de tren. Tot va anar molt bé: van ocupar els llocs clau de l’andana, es van apoderar dels vagons i la locomotora amb una disciplina admirable i una execució perfecta. Però em sembla que no acaben d’entendre l’esperit revolucionari”. Lenin li pregunta per què. I l’instructor contesta: “Perquè abans d’entrar a l’estació van fer cua, perfectament arrenglerats, per comprar els bitllets”.

 

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