El teatro social

Que unos facinerosos aprovechen cualquier oportunidad para arrebatar bienes de los ciudadanos, forma parte de las dolencias de todo grupo humano. Una judicialización implacable, si bien no elimina estas escaras, las podrían mantener a raya. Mucho más dramático y difícil de superar que esos arrebatos callejeros de bajo monto, es el fraude político que se arma para lograr que un descomunal arrebato corporativo se haya transformado en bien cultural intangible. Y esto no son conjeturas, veamos sólo tres ejemplos de privilegiar tal interesada visión del mundo.

1º. Las incursiones del hombre blanco en “tierras desconocidas” convirtió, como decía Galeano, a sus habitantes originarios en dueños de nada. Apoyada en aventuras como esas (para mencionar a unos que siempre pasan agachados), se desarrolló la potente economía belga y su inclinación democrática. En tal esfuerzo los congoleños sólo fueron una contrariedad.

2º. La ilusión de Lincoln en 1863, “un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo…” pasó a ser divisa de la democracia norteamericana. Taparon con ella el balazo que le dieron por adjetivar tan radicalmente su gobierno. Contrariaba lo que, el padre de la constitución, James Madison, había redactado: la mayor preocupación de la sociedad tiene que ser proteger a la minoría rica de la mayoría… Tan vigente hoy como en 1787.

3º. La “separación de poderes”, como esencia de la democracia, nos la han restregados permanentemente a los que hemos pretendido desarrollar una democracia de todos. Nos defendíamos diciéndoles ¿cuál separación de poderes si todas las instituciones están en manos de ustedes? Ahora, con el asunto de Citgo, quedó desvelada la desnudez de tal esencialidad. Las cortes judiciales del norte aceptaron como representación “legal” de nuestra República, a pesar de ser un exabrupto, lo que le conviene al presidente del norte.

Las cúpulas militar, sacerdotal y corporativa construyeron así sus aparatos de Estado haciendo lo necesario para mantener el control político de sus palcos delante de la escena, bien lejos de los nadie (para seguir con Galeano), que ocupan las galerías. Cuando eso se intenta trastocar, los carajazos retoman el control del teatro.

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