El “Tamayazo” como espantapájaros

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Hay términos que prosperan en dirección contraria, como kamikazes de fortuna. Tienen razón por motivos equivocados. Ocurre cuando se usa la expresión <<estar en el ojo del huracán>> como metáfora de sentirse pillado en el centro de un conflicto, cuando en realidad su significado cabal es lo contrario. El <<ojo del huracán>> es la región de calma por excelencia, allí donde se dan las mejores condiciones de confort y seguridad. Algo similar suele ocurrir con algunas expresiones de tipo político o ideológico aceptadas sin mirarlas el diente. Los recientes acontecimientos en el Gobierno de la Comunidad Autónoma de Murcia han puesto de actualidad uno de esos famosos clichés que han alcanzado notoriedad sin demasiada justificación. Hablamos del llamado <<transfuguismo>>, que cuando cobra una dimensión mafiosa en el imaginario colectivo se cataloga de <<Tamayazo>>. Pero no es barro todo lo que ensucia.

Para amplios sectores de la izquierda política y social, <<Tamayazo>> identifica a ciencia cierta la presunta trama urdida para hacer fracasar la investidura del candidato del PSOE, Rafael Simancas, como presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid el 30 de junio de 2003. Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez fueron los <<tránsfugas>> que rechazaron la disciplina de voto del partido al decantarse por la abstención, y de paso provocar unas nuevas elecciones que dieron la victoria al Partido Popular, el grupo más votado en los anteriores comicios. Importa poco que ni la Comisión de Investigación aprobada al efecto, ni las muchas otras pesquisas realizadas por los medios de comunicación durante años, llevaran a conclusiones que justificaran la presunción de culpabilidad, <<Tamayazo>> quedó inscrito para siempre como sinónimo de pucherazo urdido por la derechona.

El Partido Popular no ha sido el único beneficiado históricamente de estos préstamos de votos. Años antes de que se inventara el raca-raca del <<Tamayazo>>, el PSOE-PSdeG se hizo con el poder en la Xunta de Galiza gracias a varios <<tránsfugas>> de Coalición Popular (CP), y en la Comunidad de Madrid la abstención de Nicolás Piñeiro, elegido en las listas de Génova 13, arruinó una moción de censura del PP y el Centro Democrático Social (CDS) para desbancar al socialista Joaquín Leguina, que gobernaba en minoría. Tampoco se criminalizó a los 15 diputados del PSOE que en octubre de 2020 rompieron la disciplina de voto absteniéndose durante la investidura de Mariano Rajoy, en contra del mandato del partido para evitar ir a unas terceras elecciones. Por cierto, abstenerse en una votación decisiva fue lo que hizo Vox recientemente, con el resultado de entregar al <<Gobierno social-comunista>> (Abascal dixit) el control absoluto y la gestión exclusiva de los 140.000 millones de los fondos europeos. ¿<<Tamayazo>> habemus?

El concepto de <<tránsfuga>> sirve tanto para un roto como para un descosido. En puridad la <<abstención>> de un parlamentario implica el paso de un grupo político a otro distinto del que fue elegido. O sea, no es <<transfuguismo>> cambiar de ideología o de partido sin ser representante, ni siquiera votar contra lo que manda la dirección de la formación a la que se pertenece. A ese donde dije digo, digo Diego podrá tildarse de <<chaquetero>>, pero no debiera cargarse con el lastre de la deslealtad. Si así fuera, la saga de <<tránsfugas>> en la vida política española sería interminable, y alcanzaría a todo el arco parlamentario. Empezando por la misma transición, cuando el PSOE se refundó con la incorporación en puestos de influencia de dirigentes políticos situados a diestra y siniestra. El más notorio fue Francisco Fernández Ordoñez, que desde la cartera de Hacienda y Justicia con UCD trepó al ministerio de Asuntos Exteriores con Felipe González; por no fijarnos en los cuadros del PCE que migraron a Ferraz o en miembros del Partido Socialista Popular (PSP), como José Bono o Raúl Morodo (hoy investigado por corrupción por su etapa como embajador de Zapatero en Venezuela). Y si nos vamos a épocas más recientes, podríamos citar a Rosa Aguilar, que pasó de alcaldesa comunista de Córdoba a consejera de la Junta de Andalucía en la etapa de Susana Díaz; Irene Lozano, de diputada con UPyD a secretaria de Estado de la España Global con Pedro Sánchez. Todos esos vaivenes tienen sus pros y sus contras, aunque a ninguno se le cuelga el estigma del <<Tamayazo>>. Es nomadismo político-ideológico, por lo menos en términos generales. <<Tránsfugas>> pata negra fueron Winston Churchill (del partido Conservador al Liberal) y Antonio Maura, en sentido contrario (del Liberal al Conservador de Cánovas).

Lo de <<Tamayazo>> se ha convertido en un arma arrojadiza que se utiliza a beneficio de parte sin reflexionar sobre su profundo sesgo antidemocrático. Penalizar a un representante político porque disiente en la práctica de la disciplina de partido, sin probar que el cambio de actitud encubra un caso flagrante de corrupción, supone dar todo el poder a la partitocracia y quitársela al ciudadano. El artículo 67.2 de la vigente constitución es taxativo:<<Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo>>. Y cuando irresponsable, alegre y cerrilmente se tilda de <<Tamayazo>> el simple cambio de opinión de un diputado, asumimos el dicho <<qué patada le hemos dado en nuestro propio culo>>.

El pacto Antitransfugismo suscrito por un elenco de formaciones políticas en 1998, y renovado en los años 2000, 2006 y 2020, tiene tanto de búsqueda de estabilidad como de blindaje autocrático de las cúpulas políticas. Un brindis al sol cuando se trata de esos poderes fácticos que hablan el mismo idioma que el aparato del partido. Relata Juan Carlos Escudier en su libro Florentino Pérez. Retrato en blanco y negro de un conseguidor cómo el 25 de octubre de 2001 se aprobó con los votos del PP y de IU la recalificación de los terrenos de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, con consecuencias para la portavoz socialista Matilde Fernández que había liderado el <<no es no>> del grupo municipal socialista. La negativa al pelotazo urbanístico derivó en serios quebrantos para Fernández, como constata a su vez Mariano Guindal en El declive de los dioses: <<Cuando me opuse a la construcción de las torres, Florentino me llamó a su despacho y me advirtió que si mantenía esa postura echaría contra el PSOE a todo el madrileñismo. Unos días después me llamó Rubalcaba, que es muy madridista, para decirme que no me opusiera al proyecto. ¡Me pareció increíble!>>. Y remata de nuevo Escudier en clave <<Tamayazo>>: << Matilde Fernández supo pronto que oponerse a Florentino tendría un precio. Una de las consecuencias que tuvo que sufrir fue el veto de la Cadena SER, auspiciado por el entonces director de informativos Antonio García Ferreras”. Poco tiempo después, Ferreras fue nombrado Director de Comunicación de la Real Madrid.