El tabaco y las estadísticas

A finales del año pasado murió de cáncer pulmonar un amigo de la familia. Deportista de tiempo completo, nunca fumó un cigarrillo, ni siquiera por curiosidad. Tenía 58 años. ¿Si no fue el consumo de tabaco, qué le provocó el cáncer en el pulmón? Nadie sabe, pues aunque parezca increíble a estas alturas del ya entrado siglo XXI, todavía no se sabe qué produce el cáncer ni cómo prevenirlo. Se sabe que cuando se multiplican las células sin orden, se forman tumores, y si éstos son malignos y se propagan y dañan tejidos u órganos del cuerpo, la persona corre peligro. Cuando se da un crecimiento anormal de las células del pulmón, me explicaba un médico, se produce el cáncer. No entraré en más detalles, pues cualquiera le puede preguntar a su médico. Lo que sí quiero enfatizar es que lo más que se ha establecido entre el consumo de tabaco en combustión y el cáncer de pulmón, es una correlación estadística, frecuentemente tramposa.

Esto viene a cuento por dos noticias que he leído en estas páginas. Una, sobre la prohibición de fumar en lugares públicos cerrados en Cuba, y la otra sobre la entrada en vigor del convenio global contra el tabaquismo, firmado por muchos países.

En esta segunda nota se leen cosas tan sorprendentes como la siguiente: La OMS (Organización Mundial de la Salud) resalta que de los “mil 300 millones de fumadores existentes, unos 650 millones morirán prematuramente.”

Esto es una estupidez, y de las grandes, además de una gran irresponsabilidad. En principio, porque nadie sabe qué quiere decir morir prematuramente, como tampoco qué querría decir morir a tiempo o cuando la gente se tiene que morir. En segundo lugar, no es cierto que la mitad de los fumadores se muera por consumir cigarrillos. No hay forma de demostrarlo. Yo tengo más de 50 años de fumar y varios de mis amigos han fumado por un tiempo muy similar. Casi todos están vivos, y los que se han muerto no ha sido por fumar: uno murió de cirrosis, otro de cáncer en el estómago (a los 86 años) y otro más porque se ahogó en el mar.

¿Qué quiere decir morir prematuramente? Es otro tema estadístico, que es una de las fascinaciones de la Organización de Naciones Unidas (y sus filiales) para justificar su existencia. Y esta estadística tiene que ver con un indicador tan curioso como complicado: la esperanza de vida al nacer. Morir prematuramente quiere decir dejar de vivir antes del número de años que las organizaciones de salud determinan como esperanza de vida en cada país. Si en México, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la esperanza de vida al nacer es de 73.1 años, y yo me muero antes, eso quiere decir que me morí porque fumaba, aunque me muera de otra cosa que no tenga nada que ver, pues lo que hacen los médicos es preguntar si el muerto fumaba, y ponen una palomita en un cuadrito. De ahí se hacen las estadísticas, y con base en éstas se establecen las correlaciones: murió de un infarto porque fumaba, y si no fumaba murió de un infarto por tensión o porque se asustó con una rata. La estadística que cuenta para la campaña contra el tabaco es el que se murió, y además fumaba. Así de simple, y se correlaciona todo.

Pero todo esto es una patraña. En 1955 se exhibió una película con la participación estelar de Olivia de Havilland, Gloria Grahame, Frank Sinatra, Robert Mitchum, Broderick Crawford y muchos más. La película se llamó Not as a stranger (No serás un extraño, se tituló en México). Se trata de médicos.

Lo que me interesa resaltar es que el profesor de medicina fumaba en clase, los estudiantes también y casi todos en la película, incluso los enfermos en las camas del hospital ubicadas en salas generales. No había prohibiciones para el consumo de tabaco y todo mundo vivía muy contento. Vale decir que entre 1950 y 2000 (en 50 años) la esperanza de vida en hombres y mujeres de Estados Unidos sólo aumentó 8 años y ahora son menos sanos que antes. En contraste, en España, donde se fuma en casi todos lados, la esperanza de vida aumentó 15 años en el mismo medio siglo, y actualmente es más alta que en Estados Unidos (79.1 contra 76.9).

En Bulgaria, en España, en Polonia y en Ucrania se tenía casi la misma expectativa de vida en 1950-1955 que en Estados Unidos, y en 2000 más o menos. En estos países se fuma en todos lados y se come sin preocupaciones de colesterol. No les interesa la moda de la “vida sana”.

Algo semejante, también de moda, ocurre con los alimentos: no hay que consumir alimentos industrializados ni con preservantes químicos, etcétera. Se recomienda la comida natural y “orgánica”. Esta es otra estupidez. ¿Qué dirían los nutriólogos de los yanomanis del sur de Venezuela que viven en 40 mil kilómetros cuadrados de naturaleza y que se alimentan exclusivamente de lo que les brinda ésta? No padecen enfermedades propias del mundo desarrollado, ni cardiovasculares, pero su esperanza de vida al nacer es de 20 a 30 años. Se mueren de enfermedades intestinales, de paludismo (700 enfermos por cada mil habitantes), de o­ncocercosis y otras calamidades, pero no por fumar ni por comer productos alimenticios de producción industrial.

Fumar hace daño, como tantas cosas, pero no exageren. Las mejores mentiras se hacen con estadísticas. ¿Cómo explicar que, con el incremento de prohibiciones del tabaco, en los últimos diez años el porcentaje de defunciones por enfermedades del corazón en mayores de 65 años haya aumentado?

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