El supremacismo blanco y la violencia consentida un año después de Charlottesville

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A un año de la irrupción neonazi en Charlottesville, la extrema derecha planea una nueva marcha cerca de la Casa Blanca.

ste domingo 12 de agosto se cumple el primer aniversario del asesinato de Heather Heyer, una camarera que, cansada de ver la ostentación de violencia por parte de grupos fascistas, salió a las calles de Charlottesville junto a cientos de vecinos, en un río de gente que vino a llamarse marcha antifascista. En el otro lado, cientos de miembros de la extrema derecha defendían con antorchas y con rifles semiautomáticos la memoria de un polémico general de la época de la Confederación. Robert E. Lee (1807–1870), renuente en vida a aceptar la igualdad de derechos para los esclavos liberados, fue la excusa táctica para tomar por asalto una ciudad progresista y reunificar así el movimiento nacionalista supremacista, bajo el nombre de Unite the Right. Ante dicha efeméride, vale la pena preguntarse ¿qué son o qué piensan los supremacistas blancos?, ¿Por qué sus marchas son sinónimos de violencia consentida?

Para abordar estas cuestiones, es bueno sintetizar cuál era el clima previo. Antes de que la manifestación de Charlottesville tomara lugar el año pasado, Estados Unidos, en su conjunto, ya venía arrastrando la convulsa llegada de Trump al Despacho Oval. Desde un postulado institucional, el magnate fue diseminando ideas tóxicas sobre los negros, los latinos, los musulmanes, los asiáticos, los colectivos LGTB+ y los medioambientalistas, entre otros.

Algunos grupos de blancos católicos vieron representado en él un cauce para dar expresión a los ideales racistas. Esta legitimación xenófoba se difundió en las plataformas mediáticas de Steve Bannon y con el beneplácito de la Asociación Nacional del Rifle. Horas después del atropello mortal de Heather, Trump, como presidente de la nación, no condenó el uso de símbolos nazis ni el paseo impune de las milicias. Sin embargo, se limitó a decir que ese día hubo “odio, fanatismo y violencia en ambos lados”, algo que David Duke, ex líder del Ku Klux Klan, le agradeció públicamente.

Sin embargo, las reuniones violentas del pasado agosto no son una absoluta novedad en la historia reciente estadounidense. Dos años antes del asesinato en Charlottesville, fue fermentando un caldo de cultivo por casi todo el país, principalmente en California. En Anaheim, por ejemplo, tres personas resultaron acuchilladas en una manifestación a favor del Ku Klux Klan y, posteriormente, otras siete recibieron puñaladas en un acto pronazi en Sacramento. En la ciudad universitaria de Berkley y en Huntington Beach las marchas convocadas por grupos supremacistas acabaron en una pelea campal, donde se pusieron en práctica tácticas de violencia sincronizada. A pesar de que la violencia era una constante en cada manifestación, las autoridades locales en parte asintieron y las fuerzas policiales no intervinieron. Con un estado condescendiente, todo apunta a una legitimación y empoderamiento de la violencia de la ultra derecha. Bajo esta luz se entiende mejor que la congregación neonazi del pasado agosto fuera la más numerosa de las últimas tres décadas.

En un reciente documental de investigación dirigido por el periodista A. C. Thomson, se expone que ante este acceso de violencia permitida se ven los mimbres de una organización consentida a nivel nacional. A través de artículos anteriores, el reportero de ProPublica pone en evidencia que hay una estrecha vinculación entre los grupos violentos neonazi y el ejército, institución de la que obtienen entrenamiento e inspiración táctica que luego transvasan a sus grupos paramilitares. La historia ha demostrado que muchos líderes clave de este paraguas supremacista blanco han pertenecido a los cuerpos de seguridad del Estado, como el fundador del Partido Neonazi Americano, George Lincoln Rockwell, y el líder del Ku Klux Klan, Louis Beam. Un trasiego similar ha ocurrido con Richard Girnt Butler, el fundador de la organización religiosa de supremacistas blancos Nación Aria.

A pesar de que el Pentágono condena públicamente el racismo y la violencia del pasado agosto, varios de los neonazis que sembraron miedo y violencia en Charlottesville, algunos de ellos altos cargos de los grupos de odio, prestan servicio a la seguridad estatal, como el caso de un joven militar llamado Vasillios Pistolis, el cual salió indemne de una investigación interna, hasta que recientemente, tras evidencias periodísticas, se le expulsó por haber cometido “una falta leve”. Estos grupos de jóvenes blancos, con una agenda activa en 23 estados, creen en el ataque en grupo armado, para el cual se preparan en lugares áridos como el desierto de Arizona, junto al Valle de la Muerte.

Las fuerzas policiales tampoco se han distinguido por su férrea determinación frente a los grupos supremacistas armados. Una investigación independientepone de manifiesto la falta de preparación y la ausencia de actuación por parte de los cuerpos de la policía local y estatal, entonces al mando del ya retirado jefe de policía Al Thomas. En sus más de doscientas páginas se destacan algunos ejemplos, como el de un grupo de policías impasibles cuando un miembro destacado del Ku Klux Klan de Maryland, armado con una pistola, disparó a los pies de un residente afroamericano, el cual bajó a las calles para frenar tal escenificación de dominio racial en la ciudad. Entre las conclusiones de dicha investigación se asegura que de ningún modo la policía previno los enfrentamientos entre un grupo convocante organizado y otro convocado espontáneo, pues incluso llegaron a desaparecer en algunos momentos de tensa confrontación callejera. Sólo queda pensar que dicha permisividad con la violencia proveniente de la extrema derecha contribuyó al desenlace luctuoso, que acabó con un total de tres muertos ese día, la activista Heather Heyer y dos policías en operativo aéreo a las afueras de la ciudad.

Situada entre la Cordillera Azul (Blue Ridge) de los Apalaches y el río Rivanna, Charlottesville es una pequeña ciudad apacible y verde, con un 45% de árboles en su casco urbano, un mercado de agricultores locales dos veces por semana y un festival internacional de cine en otoño. Esta conjunción entre lo vecinal y lo global, junto al cuidado del medio ambiente, la convierte en una población donde a día de hoy el respeto por lo comunitario y la integración multicultural tiene una huella relevante. Dicho emplazamiento se distingue además por la cercanía a Washington DC (unos 150 kms) y por la sede de la Universidad de Virginia, fundada hace 200 años por Thomas Jefferson.

Estatua ecuestre del general Robert E. Lee
Estatua ecuestre del general Robert E. Lee GONZALO BAPTISTA

Justo en uno de los parques centrales de la ciudad, comenzó la disputa por una estatua ecuestre de Robert E. Lee, manzana de la discordia entre el ayuntamiento y grupos de inspiración confederada, que defendían la ubicación central del general esclavista. Durante los varios meses del litigio, el ayuntamiento pudo cambiar el nombre de Robert Lee Park y pasó a llamarse Emancipation Park, pero la estatua de bronce de 1924 se mantiene sobre su base hasta que no se resuelva el caso judicialmente.

En la retina de muchos aún queda impresa la procesión de unos 300 supremacistas blancos portando antorchas en la noche. Esta toma por asalto del campus de la Universidad de Virginia, a todas luces simbólica, resulta estratégica, pues con banderas neonazis y gritos de odio (“Jewish will not replace us” y “White Lives Matter”) daban vueltas alrededor de una estatua de Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores del país. Aunque Jefferson se distingue por haber grabado a fuego en la Declaración de Independencia (1776) la frase “Todos los hombres son creados iguales», mantenía un gran número de esclavos en sus plantaciones. Con una de ellos, Sally Hemings, se sabe además que mantuvo encuentros sexuales, de los que nacieron al menos cinco hijos.

Los administradores de la universidad bicentenaria, orgullosos de mencionar glorias pretéritas, con estudiantes como Edgar Allan Poe o profesores como William Faulkner, quieren pasar de puntillas por la gestión de esta marcha racista, pues a fin de cuentas les dieron permiso de concentración a los grupos violentos. Para entender mejor el contexto, la profesora y activista de Black Live Matters Jalane Schmidt pone de manifiesto el pasado oneroso de la universidad, vinculada con actividades esclavistas desde su fundación, pasando por albergar una sección del Ku Klux Klan y recibir sufragio económico de la misma en los locos años veinte del siglo pasado. La defensa frente al supremacismo de aquella noche vino de la mano de unos 25 activistas, la mayoría estudiantes, que les salieron al paso y les plantaron cara a las antorchas y los golpes. Días después, otro grupo de estudiantes de posgrado compiló el llamado Charlottesville Syllabus, un programa de curso con fuentes primarias y secundarias sobre los precedentes contemporáneos de la ideología supremacista blanca, un recurso completo para incluirlo en las clases.

Los organizadores de la marcha armada Unite the Right, Jason Kessler y Richard Spencer, conocían bien el campus, pues ambos pasaron algunos años como estudiantes. Las puntadas del pensamiento supremacista de ambos quedan visibles en algunos artículos que han publicado por la red. Kessler, por ejemplo, destaca la visión amenazante del mundo contemporáneo en el que prima lo multicultural. Según afirma, el ciudadano blanco estadounidense está acorralado e indefenso, por lo que asegura que hay en marcha un genocidio, un lento exterminio blanco, del que sólo se puede salir abruptamente. No hay como acudir a los últimos datos oficiales del censo estadounidense para desestabilizar dichas teorías, pues un 76,6% de la población es blanca.

A día de hoy, los organizadores de la convención violenta siguen libres y determinados a convocar una nueva cita conmemorando el primer aniversario. El ayuntamiento de la ciudad ya le ha denegado a Kessler el permiso. Sin embargo, ha solicitado una concentración para este fin de semana a favor de los derechos civiles de los blancos en la capital de Estados Unidos, frente a la Casa Blanca, donde ahora reside Trump. ¿Qué ocurrirá este fin de semana en Charlottesville o en Washington? ¿Volveremos a ver encapuchados impunes con armas y antorchas de fuego? ¿Habrá violencia consentida? ¿Habrá que lamentar otros muertos y heridos? Hasta que no lleguen las respuestas, habrá que recordar que en estos días Rick Gates, la mano derecha del jefe de campaña de Trump, acaba de reconocer ante el juez que él le facilitaba el lavado de dinero al magnate, lo que podría levantar otra tormenta política sobre corrupción que va acorralando a Trump. Desviar la atención de ese juicio por unos días puede darle una inyección extra de oxígeno. Quizá por ello, el presidente de los Estados Unidos ha ido incrementando el tono violento contra los periodistas, llegándolos a definir recientemente como “el enemigo del pueblo” y que “pueden provocar una guerra”.

 

El Salto

     

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