‘El sueño del Pongo’: una visión actual

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Comparto una interpretación sucinta de El sueño del Pongo, cuento del escritor peruano José María Arguedas publicado en 1965 y devenido magisterio para aquilatar el significado del ¿descubrimiento? de Nuestra América por Europa (1492) y sus consecuencias más cercanas en el tiempo. Para ello, tengo en cuenta la posibilidad que me ha dado CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) de participar en el Seminario “Teoría y Crítica Post y Decolonial”.

Tras la lectura de “El sueño…”, me quedó una mezcla de confirmación del enorme repudio que me merece la barbarie implantada por intrusos europeos que truncaron el natural desarrollo de las culturas autóctonas de nuestra región, sazonado con el mensaje de negación de la supuesta superioridad civilizatoria que acompañó a los conquistadores al arribar al ¿Nuevo Mundo?

En rigor, la obra en cuestión exhibe más de un segmento representativo de la noción de “Colonialidad”, si por este término asumo un estado de sometimiento/imposición de condiciones de vida material y espiritual que prácticamente mutiló la cultura aborigen y convirtió a un sinnúmero de nativos y foráneos (africanos, asiáticos) en una suerte de animales parlantes; al paso que se presentaba a los conquistadores como enviados divinos.

El cuento de marras, a través del personaje “el pongo”, ilustra con crece el grado de sumisión extrema que en ocasiones tuvo lugar en los años de aquel colonialismo. Si no, cómo identificar el pasaje según el cual el susodicho arrodillándose le haya besado las manos al patrón y agachado lo haya seguido hasta el lugar que le orientaron (la cocina), después que el supuesto todopoderoso le hubiera preguntado “delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio”: “Eres gente u otra cosa?”; amén de que, acto continuo, el aparente altísimo expresara “por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parece que no son nada”, y cerrara con una orden a otro sirviente en términos sumamente peyorativo: “Llévate esta inmundicia!”.

También, puedo ilustrar la clase de desprecio escenificada en esta obra de José María con este otro segmento —muestro, tal como aparece escrito en la fuente usada:

– Creo que eres perro. (Ladra! – le decía.

El hombrecito no podía ladrar.

– Ponte en cuatro patas – le ordenaba entonces-

El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.

– Trota de costado, como perro – seguía ordenándole el hacendado.

El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna.

El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.

– (Regresa! – le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.

La interpretación develada hasta aquí está afincada en el ejercicio de aprendizaje/afianzamiento de una serie de categorías como la propia “Colonialidad” y la “Decolonialidad” (proceso de desmontaje/desaprehensión de las manifestaciones ideológicas ajenas a nuestros pueblos, sin obviar la necesaria transculturación —enriquecer lo autóctono con lo mejor de los conquistadores y terceras naciones de la actualidad).

Asimismo, para la comprensión del asunto en perspectiva sirve de soporte teórico la visión sobre la “Colonialidad global”, toda vez que esta categoría se convierte en alerta para combatir la posibilidad de retorno a los tiempos del cuento de Arguedas si tenemos en cuenta que hoy día, a través de la seudocultura y símbolos afines para la dominación imperialista, el Capital internacional aspira a volver al estado de sometimiento/imposición de todo lo que castre la cultura aborigen y su espíritu de resistencia creadora.

Igualmente, debo incluir la percepción de “Raza” asumida como la construcción de criterios acerca de la superioridad/inferioridad según roles ante el trabajo (quiénes poseen o no los Medios de producción). Ello es significativo, por cuanto aquí reside la justificación de la presumida preponderancia de “blancos” respecto a “indios”, “negros”, “mestizos”. Es un hecho que la sobrevivencia de tal percepción todavía trae consigo prejuicios que benefician la permanencia de la mencionada colonialidad en algunas de sus aristas.

No obstante, la invención en causa trae un final susceptible de varias lecturas —a tono con determinadas nociones de subjetividad— que, al mismo tiempo, pueden estar acompañadas de un denominador común: es reprochable la humillación de un ser humano a sus semejantes.

En el orden personal, encuentro una moraleja en la parte del relato alegórica al sueño de “el pongo”: si un ángel cubre al patrón con la miel que estaba en una copa de oro, con manos convertidas en plumas cuando pasaban sobre el cuerpo del hombre; si el ángel muda la forma del cuerpo de ese sirviente al embarrarlo de excremento; si el Gran Padre San Francisco dijo: “Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora (lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo” (sic), además de encomendarle al viejo ángel ya rejuvenecido que vigilara “que su voluntad se cumpliera”; entonces queda la sensación de un castigo a quien degrade a otra persona y, simultáneamente, el restablecimiento moral a quien ha sido vejado.

Sin embargo, hubiera preferido contar con otro final para el relato.

Al escribir estas líneas, a mi memoria llegan las preguntas formuladas por el Papa Francisco en su discurso del 9 de Julio de 2015 durante el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares efectuado en la Expo Feria de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a saber:

¿Reconocemos, en serio, que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?/ ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios?/ ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?/ ¿Reconocemos que ese sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?

Me permito incorporarle al cuestionamiento del Santo Padre, esta otra interrogante: ¿Será que el panorama que describe Su Santidad no tiene por génesis la mencionada Colonialidad? A ello, ya había respondido en El ‘Descubrimiento’, el Capitalismo y la Humanidad, tres años atrás, con este adelanto: “¿Qué hemos recibido después del 12 de Octubre de 1492?/ El 1 por ciento más acaudalado posee 46 por ciento de la riqueza global/ Otro mundo es imprescindible”.

Ofrezco, pues, un aplauso al cuento “El sueño del Pongo” de José María Arguedas, sin demasiada efusión ante su desenlace.

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