El soporte de las ideas nodriza

  El hombre pequeño y miserable, en cambio, es indecentemente subjetivo, es decir, insufriblemente ego­ísta y parcial, por un lado, y ante el más mínimo síntoma de peligro corre junto al fuerte aunque la fortaleza del fuerte y la suya propia estriben justamente en la conjunción de am­bas, a su vez al abrigo del grupo de miserables de la misma laya…

 

  El terrorismo ha sido como el combustible que, desde otra nave y un avión cisterna repostan los depósitos de grandes aeronaves y paquebots para seguir su ruta o su travesía. El capitalismo necesitaba desde hace una década de esa in­yección revitalizadora para continuar su singladura devasta­dora de grandes extensiones del planeta y territorios propi­cios, y lo en­contró fácilmente en la «ingeniosa» ocurrencia de sobredi­mensionar el terrorismo; especialmente el «isla­mista radi­cal», no el terrorismo a secas, el de los desespe­rados y de los próximos, para aquéllos, a la categoría zoo­lógica de los invertebrados…

 

  No. Tenía que ser el musulmán, pues ¿qué justificaría en otro caso su presencia violenta en Oriente, desde el Cáu­caso hasta el Tiflis? Está, pues, fuera de duda salvo para los ciegos del cerebro y del alma, que esto es un preparado a la carta más de los muchos que han ido desfi­lando por la historia. Bueno, pues los oradores y escribidores que lo mismo pueden defender una causa como la contraria por su habilidad para el retruécano, han optado, también ellos, por la máxima comodi­dad. Tampoco hay mucha diferencia con el pasado. Sólo los grandes literatos respondieron al poder con valentía, y no todos…

 

  Pese a saber todo esto, no puedo evitar que me resulte bochor­noso y difícil de digerir que cerebros oficialmente preclaros, esos que miden y pesan, que dan clases en las Universida­des y conferencias en Academias y Foros inter­nacionales; esos que escriben habi­tualmente en los periódi­cos de mayor difusión.. construyan el ensamblaje de su pensamiento económico, político, reli­gioso y hasta filosófico sobre esta base espúrea y engañosa sabiendo que todo eso es así. Después de tantas experien­cias en la historia acerca de fenómenos similares… es in­digno e indignante argu­mentar y perorar como si ese terrorismo hubiera sobreve­nido por generación espontánea, como si fuera no­vedoso y como si explicase por sí mismo el por qué de la matanza de millones de seres humanos y la amenaza que se cierne so­bre otros tantos millones y sobre el planeta entero. Aver­güenza sobre todo, que esa gente miserable que no se cuestiona ni por un momento tantas y tan rastreras ex­cusas, pase por brillante…

 

  En efecto, todo cuanto leo de escritores de lujo: catedráti­cos, sociólogos, periodistas, juristas, y hasta filósofos gra­vita en torno al, para ellos, indiscutible «terrorismo atroz de los islamistas radicales». A partir de aquí, de esta premisa forzada y risible a la vez, viene el resto de sus divagaciones y propuestas en sus alegatos. Desde aquí nos llevan a con­clusiones preconcebidas que a su vez devienen de la pre­concepción madre del “espantoso” «terrorismo islamista ra­dical». Unas veces relacio­nándolas con el terrorismo en sí y otras quizá alejadas. Pero siempre posicionándose al lado de la ortodoxia ideológica y semántica del lenguaje político internacional de neocons, neoliberales y fascistas. Así, mientras se recrean con su li­teratura folletín, no temerán tampoco hacerse sospechosos de estar haciendo guiños al «terrorismo atroz de los isla­mistas radicales», magro pretexto para su artículo, para sus análisis, para sus pronósticos y para sus buenos deseos ¡qué grandes son! sobre un mundo bueno sin él.

 

  Sin embargo, en un ejercicio sencillo de imaginación, re­tornemos a siglos pasados. Se nos aparece, por un lado, una sociedad antropocéntrica y arrogante, la de la “epo­peya” de los caballeros Conquistadores portugueses, es­pañoles e ingleses en los siglos XVI, XVII y XVIII, y termina en el siglo XIX de la de los no menos bizarros colonialistas en los que ya entran a saco también franceses, italianos, belgas y holandeses. Y, por otro, la vasta sociedad musul­mana que, después de los si­glos VII y VIII, no se ha movido de su sitio más que para is­lamizar, pacíficamente, princi­palmente porciones de la Africa atrasada.

 

  Imaginemos que en aquellos siglos la prensa hubiera te­nido la pujanza de hoy y los medios la potencia que los si­túan al frente virtual de las naciones. Entonces no cabe duda que las insurgencias y los insurgentes, las embosca­das y las guerrillas, los sublevados y las sublevaciones, los polvorines y los ejércitos desarrapados en la sombra en las Molucas, en las Célebes (donde la penetración la empeza­ron los portugueses para adueñarse de la ruta de las espe­cias que equivaldría a los depósitos de crudo de Iraq), los genocidios en los terri­torios de América del Sur y luego del Norte a cargo de es­pañoles e ingleses, las revueltas poste­riores en la India, en Egipto, en el Sudán, en Argelia, en Su­ráfrica, en Arabia, en China… que iban desfilando en cada país por la resistencia de los rebeldes…; todo eso, digo, hubiera podido ser calificado entonces de terrorismo y de te­rroristas sus actores. Lo mismo que, desde el fatídico se­tiembre de 2001 en Manhatan, se llama hoy a todo el que no se somete al pensamiento único neocons.

 

  Un mundo nuevo, estrepitosamente deslavazado, san­griento e implacable con los débiles del globo se ha abierto desde esa fecha. Todo cuanto se desarrolla bajo el sol se levanta sobre esa obsesiva idea inoculada por los expertí­simos mentalistas anglosajones al mundo; un mundo y cuantos pertenecen a él incapaces de aventarla y sin la cual no saben explicar la realidad; una idea eficaz que justifica toda acción que la refute, y hace lamentar que no avance­mos hacia un mundo mejor porque el terrorismo de los isla­mitas radicales nos lo impiden.

 

  Hoy así pueden discurrir el flamante profesor Bustelo, los Vargas, los Savater, los Glucksmann, los Tertsch… y tantas y tantas otras lumbreras occidentales norteameri­canas, an­glosajonas e hispanas que imaginan, los necios, que pien­san por cuenta propia sin percatarse que todo su razonar parte de ideas prefabricadas, imbuídas y prestadas. Eso si no son maliciosos y conscientes vendidos a la molicie del pensar y a quienes les pagan con premios y reconocimien­tos oficiales… Porque ¿tan difícil les es aceptar esta visión, siquiera como auxiliar y digna de consideración, cuando ra­zonan?

 

  Es claro que los individuos que pertenecen a una época están atrapados en ella y les es imposible zafarse de los pa­rámetros que les jalonan, teniendo cada uno su por qué está de­ntro del tapiz. Los que se salen y se remotan por encima de sí mismos, lo suelen pagar muy caro, con su vida o con su salud mental. En Arte son los genios, casi siempre en­cumbrados cuando ya no viven. Pero en sociopolítica están escondidos a la fuerza, y cuando sus ideas podrían salir a relucir y no salen o sa­len efectivamente, ya no sirven para nada. Sean lúcidos extraordinarios o sean pensantes comu­nes guiados por la razón natural, por el sentido común o por la virginidad mental del pastor de ovejas, todos están, todos estamos, dependemos de verda­des de granito que nadie puede atreverse a discutir y menos negar sin alto riesgo pese a vivir ficciones de democracia y sucedáneos de li­bertad. Fatum llamaban los griegos y romanos a esto. «Es­taba escrito», lo llaman otras culturas.

 

  El terrorismo islamista radical es el padre que justifica to­dos los horrores, todos los desafueros, todos lo vilipendios, todas las violaciones, todas las burlas a los derechos huma­nos; todas las muertes en Asia y en mazmorras a donde ha ido a parar, por goteo, durante años tanto desgraciado; to­dos los Guatánamos que describe, más que pinta, El Bosco en sus sobrecogedores temples.

 

  Como en otras épocas, con tanta falsía como en la nues­tra, pagaban el pato del más mínimo desorden los cristianos de las catacumbas, los jesuitas a los que se culpaba de en­venenar las aguas, los infieles, los cátaros, los protestantes, los masones, los comunistas…Por cierto que nos dan la noticia en Rumania, sin dar fuentes de mínima solvencia, que se calcula en 2 millones las víctimas del comunismo. ¿Cuándo se publicarán el número de las víctimas directas e indirectas del capitalismo atroz desde, antes y después de los ensayos comunistas en Europa?

 

  El mundo del pensamiento no avanza absolutamente nada llegado el momento de lucirse en una tribuna, en un libro, en un periódico o en un plató de televisión. Y mucho menos cuando algunos, o van detrás del premio Nobel o se escu­dan en el premio Nobel para hacer parodias del recto pen­sar cuando en realidad no hacen más que lucir una deco­rosa esquizofrenia para rendir homenaje a sus padrinos; a esos que les han lavado el cerebro. A ellos sólo tienen -y les basta- que adornarlo.

 

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