El socialismo del siglo XXI y las colas

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Por 2009 la universidad venezolana del Zulia (Maracaibo) dijo que en Venezuela, para comer lo más patrio, no había nada más extranjero que un “Pabellón Criollo Venezolano” (judías negras, arroz, plátano para freír, huevo y carne), incluso afirmó que si el país dejaba de comprar comida en el exterior, tendría reservas alimentarias para 4 o 5 meses.

El portal El Consumidor, publicó que en ese entonces se importaban desde Colombia 400 mil toneladas de arroz y, en 2008 unas 39.750 toneladas métricas de judías negras.

Un año antes, 2008, Chávez gritó a Norteamérica: “¡Váyanse al Carajo Yanquees de mierda!”. Ello no fue suficiente, los Yanquees no se fueron, para 2010 se calculaba que el 70% de los productos agrícolas consumidos en Venezuela llegaban al 70% y, hoy las colas son el mayor símbolo voraz del socialismo del siglo XXI.

Desde siempre Venezuela ha sido un país de vocación occidental, Estados Unidos está muy cerca y su influencia es una necedad negarla; la misma universidad nos lo decía con un ejemplo diario en el gran país del sur: “Para levantarse, Julio Moreno programa su televisor, que desde hace algún tiempo funciona como reloj despertador. Se cepilla los dientes rápidamente, combina sus jeans con una franela amarilla de insignia en pecho que dice I love my city y unos desgastados zapatos Nike. Toma su morral Adidas y se unta un perfume gringo. De salida, se come una arepa y se monta en su recién estrenado carro para dirigirse a la universidad. El ritual… demuestra que el televisor, el jabón de baño, la pasta de dientes, la ropa, los zapatos, el perfume, el celular, la arepa, el carro tienen una etiqueta familiar: Made in… Los alimentos y bienes de los venezolanos provienen del extranjero”.

Aunque las relaciones comerciales entre Estados Unidos y Venezuela se han deteriorado con una caída del 40% durante el primer trimestre de 2016, según el presidente de la firma World City Inc, Ken Robertsel y, de acuerdo a un reciente estudio de la CEPAL, las exportaciones de hidrocarburos han caído en un 50%, el petróleo continúa llegando a Estados Unidos, los productos norteamericanos a Venezuela y la influencia Yanquee y europea es obedecida por millones de personas, opositores y no opositores.

Frente a esta realidad la gestión bolivariana no sólo está siendo evaluada internacionalmente, también lo está siendo por su pueblo socialista, jurado final en decidir quién habla en su nombre. Bajo esta doble presión, el proceso bolivariano tiene pocas alternativas, una de ellas es la inclusión real e inteligente de esa mayoría social, reclamadora de mayor protagonismo y participación.

La revolución perdió su atemporalidad, dejó de existir – la atemporalidad – con la crisis o con las colas; por la falta de alimentos, la inseguridad, la deteriorada imagen que proyecta la inflación, la prácticamente nula industrialización, la precaria sanidad e incluso por la ausencia de los “Made in”.

Aun así, con tantas  debilidades, la revolución bolivariana es una respuesta a la globalización especulativa o “Ingeniería financiera”, es y quiere representar la utopía, la banca única y la enseñanza e igualdad posibles.

Estados Unidos sabe que su “enemigo más formidable” de ser el díscolo más rico, se ha convertido en el más pobre y ha perdido su prestigio; pero también sabe – EEUU – que debe acelerar el ritmo de desgaste de la influencia socialista porque las oscilaciones coyunturales pasan rápidamente.

Frente a ese desgaste, el grito bolivariano de conmigo o en mi contra, ha dejado de ser infantil porque hoy corre el riesgo de perder el poder; reconoce su situación crítica y que el proceso no gana nuevos adeptos, tocándoles apostar por fortalecer la masa obrera socialista porque  la época de los empresarios buenos parece haber pasado.

Hoy como antes las posiciones ideológicas venezolanas se encuentran radicalizas, cada lado apuesta por máximos: más o ninguna intervención pública. Los primeros porque la nueva realidad exige un escenario donde la clase obrera marque la pauta, los segundos, apostando porque sea el mercado el regulador de los bolsillos vacíos o llenos. De aquí el poco diálogo, el mucho restearse y la incapacidad de aglutinar voluntades.

Aquél lenguaje chavista de ¡A Movilizarse! hoy no impacta como una vez lo hizo y, los rojos rojitos deberían asumir que les ha faltado organizarse y un organizador. ¿Dónde están las patrullas laborales, las territoriales, los Consejos Comunales, los  localizadores de inmovilizados y de leales al partido?, ¿dónde están los capaces de expandir la revolución a los terrenos oligarcas?, ¿dónde está la disciplina?, ¿dónde está la excelencia del orden, la movilización, el control de vigilancia, todas fundamentales para el éxito revolucionario? ¿Dónde está la Ley de Tierras de 2001 para la plena soberanía alimentaria?

Ya no vale la desinformación emocional, el grito esópico se ha quedado anticuado frente  a la nueva realidad del país.

En 2009, en Las líneas de Chávez: ¡Viva El Che!, el comandante pregonaba: “Quienes pronostican el desplome de la economía venezolana se quedarán con las ganas. Resistiremos con éxito los embates de la presente crisis estructural, que no es sólo del capitalismo, como bien lo puntualizó Jorge Giordani, sino del capital. Algunos datos nos permiten visualizar la magnitud escalofriante de esta crisis: en los Estados Unidos el desempleo subió a casi 10 puntos y, paralelamente, 50 millones de estadounidenses están fuera del sistema de salud”.

El pueblo le creyó, pero había, en ese mismo año, escasez y retraso en la entrega de dólares por parte del gobierno a la industria automotriz venezolana para el pago y compra de piezas y, General Motors paralizaba su trabajo durante tres meses porque no recibía divisas para importar suministros ni poder pagar los 1.200 millones de dólares a los proveedores extranjeros.

En ese 2009, la Cámara Automotriz de Venezuela (Cavenez) reportó que las ventas totales de automóviles entre enero y septiembre de 2009  había caído en relación a 2008 y en el mismo período un 49.9% (212.699- 106.632 = 106.067 unidades menos).

¿Se desplomaba desde ese momento la economía venezolana?, lo desconocemos, pero siempre y en cualquier momento el Estado es, para muchos, el “único”responsable de sus consecuencias.

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