El shtetl desde el interior

Vaya de entrada que el retrato de Israel Yesoshua Singer ( Bilgoraj, Polonia, 1893 – Nueva York, 1944) realiza en su «De un mundo que ya no está», editado por Acantilado, tiene un doble valor: uno, su valor literario y los datos acerca de la niñez del propio escritor, y dos, su valor histórico, ya que presenta la interioridad de la comunidad judía, en el shtetl ( palabra con la que se nombraba las aldeas judías del Este europeo) en los años de su infancia [ me parece de interés señalar que la obra va a acompañada de un glosario de términos hebreos y yiddish que resulta francamente eficaz para la lectura y para situarnos con mayor cercanía a lo descrito] . El escritor que lo hacía en yiddish ( el idioma que utilizaban las comunidades del este europeo, los azhkenazis, formado por una mezcla del alemán el hebreo y algunas palabras arameas), era el hermano mayor de otro escritor destacado, tal vez más que él: Isaac Bashevis Singer, al que se le concedió en Nobel en 1978; su hermana menor, Esther Singer Keitman también se dedicó a la escritura. No les favoreció a los dos hermanos la sombra de su galardonado hermano y en el caso del escritor del que hablo, la muerte temprana truncó su obra que se antojaba ya amplia y rica, del mismo modo que hizo que la autobiografía que recoge el libro del que hablo quedase incompleta.

Nacido en un ambiente de honda espiritualidad, su padre era rabino jasídico y líder religioso de la comunidad y su madre hija de rabino; a los veinte años se emancipó de su familia dedicándose al periodismo, y centrando su mirada en la efervescencia artística que dominaba en ambiente cultural polaco; profesión que ejerció en diferentes publicaciones de su país, siempre escribiendo en yiddish, para posteriormente colaborar con un diario del otro lado del charco a donde se trasladó en 1934, a la ciudad de Nueva York que es donde le visitó la Parca.

Veinte flashes componen el libro, cuyos escenarios sucesivos son: el shtetl de Lentshin, localidad cercana a Varsovia, hasta la edad de seis años ( capítulos del 1 al 6); la casa de los abuelos maternos en Bilgoray, durante los meses de verano, hasta los diez años ( capítulos del 7 al 13), y otra vez en Lentshin, hasta poco antes de los trece años ( capítulos 14 al 22). No se priva el autor de señalar como apertura de su obra : « cuán maravillosa e inaprensible es el cerebro humano en su capacidad para retener y recordar de forma permanente ciertas imágenes, incluso de escasa significación, y descartar en cambio otras que, siendo mucho más significativas, decide no guardar», y tras este aviso a navegantes, comienza la travesía con unos recuerdos que se refieren a la coronación de Nicolás II como emperador de todas las Rusias y rey de Polonia, a las celebraciones que le siguieron y a las firmas requeridas, prácticamente obligadas si uno no quería acabar mal, en apoyo de tal sujeto. Algunas de las escenas relatadas le fueron contadas al niño y e´l las trasmite, al igual que narra su primera frustración cuando en la escuela le tocó recitar algunos de los versículos bíblicos del Pentateuco y los Números y se convirtió en el hazmereir de sus compañeros lo que le supuso su primera frustración vital. Vamos siendo puestos al día en lo referente a la población en la que habitaba y de la profesión de su padre, ligada a la sinagoga, centro que también acogía a no poca gente que venía del Este escapando.

El ambiente de su hogar era realmente triste y en el la atmósfera religiosa era tan asfixiante que el muchacho prefería la calle a permanecer rodeado de cánticos y repeticiones de la Torá, cuando no de diferentes rituales siempre bajo el imperio de la superstición. El clima de temor, no solamente de las amenazas vertidas en los textos religiosos, sino en su propia casa o a la vuelta de la esquina en donde uno podía ser alcanzado por el mal de ojo que, obviamente, podía suponer la perdición. Convivía con todo esto, que sucedía bajo un régimen de frugalidad absoluta, los problemas de identidad y de discriminación que cercaban a las comunidades judías polacas a comienzo del siglo XX; tendencias que se recrudecían cuando se celebraba la Semana Santa cristiana, lo que obligaba a los judíos ponerse a buen recaudo para evitar los ataques. Y en la medida que avanzan las páginas vamos conociendo diferentes fiestas comunitarias ( Pésaj, Purim, Bar Mizvd, Rosh Hasbaná, Shavuot…) y se nos presentan a diferentes y variopintos personajes desde quien pretende convertirse en ángel, a quien extiende rumores acerca de crímenes rituales o quienes suben a los tejados de sus viviendas con el fin de esperar la venida del Mesías, o una viuda que ruega al rabino para que le libre de la obligación de casarse con el hermano de su marido fallecido, de lo que se libra finalmente debido a la mala pronunciación, en la ceremonia , de uno de los versículos hebreos que debía leer …toda una cohorte de mendigos, estudiantes del Talmud, padre que no se recatan a la hora de sacudir soberanas tundas a sus hijos co el fin de que memoria los textos sagrados, tenderos, campesinos, rabinos, intelectuales…Un mundo en el que convivían, mal que bien, místicos y talmudistas y una serie de artesanos, cuya actividad y sus olores atraían a nuestro hombre en ciernes.

En el momento de escritura de estos recuerdos ya algunas de las costumbres habían pasado a mejor vida, de modo y manera que el testimonio aportado por Israel Yehoshua Singer es el final de un mundo, que iba acompañado en los últimos años – esto no lo conocía el escritor – con la empresa de exterminación puesta en marcha por el nacionalsocialismo. El escritor muestra de manera explícita su deseo de huir de aquel ambiente enclaustrado a la vez que le rinde, en cierto modo homenaje a aquel mundo que ya o está, y que marcó su infancia; mundo colorido y singular poblado de seres singulares a los que la pluma del escritor da vida, describiéndolos en sus perfiles existenciales, psicológicos, etc. La escritura denota cierta nostalgia distante y una ternura acerca de la pérdida de un mundo que le privaba de la libertad deseada al tiempo que le daba un cobijo afectivo…mundo en el que el muchacho hallaba el modo de escaquearse de los corsés imperantes buscando escondites, que se convertían en espacio de libertad y compañerismo.

Pequeñas historias que como las nubes pasa, se difuminan y se entrecruzan dándonos una visión general del mundo que desaparecía en la lucha entre tradición y modernidad, entre fe y asimilación…

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