El sentimiento oceánico

Decía Nerval: “Llegando a la plaza de la Concordia, mi aspiración era destruirme”. En la voluntad de desaparecer está la explicación de más de un acto de valentía, de generosidad. Una vez alcanzados ciertos niveles de autoestima lo único que cabe hacer es destruirse. A Freud le costó tanto entender la voluntad de muerte como el sentimiento oceánico por un motivo claro: hasta que no se hizo mayor no los sintió.

   “Salida a caballo a orillas del mar, al galope. A menudo quisiera zambullirme en el mar para estar en medio de una cosa inmensa. Necesidad de perderse en algo infinito, de unirse a la inmensidad de la vida y con toda probabilidad todavía más a la inmensidad de la muerte. El sentimiento oceánico”. 

  Con todo rigor el amor intelectual de Dios no es más que la alegría salida del conocimiento adecuado y totalizador del Ser: no hay ningún misterio ni misticismo en todo eso, sino la afirmación de una nueva relación con el mundo (afirmativa y alegre), efectuada por la mediación de una fuerza intuitiva reflexiva y totalizadora del conocimiento. Las cosas buenas de la vida o son disfrutadas en plan oceánico o son menos disfrutadas.

  Adoremos practicando la presencia o practicando la unión a las cosas que nos sobrepasan, el tiempo se remansa. La corriente fluye con más calma; las orillas se alejan. Antes de dejar de prestar atención a la música cuando la cabezada va a iniciarse y comienza el letargo, la  conciencia va a la deriva como una barca sobre un lago cuya costa ya ni se columbra. El tiempo se vuelve ilimitado, oceánico. La regresión nos devuelve al estado intrauterino.

  La angustia ante la catástrofe cuando lleguen las primeras contracciones cederá en segundos al gozo ante ella. La bajada por el canal del parto desemboca en el sentimiento volcánico del poeta llegando por fin a la plaza de la Concordia, puede entonces empezar a vivir mejor, a destruirse. Porque “aquí para vivir en santa calma o sobra la materia o sobra el alma”.

  Lo mejor y más alto que puede conseguir un hombre debe conseguirlo mediante un delito. El demonio de la insumisión que acecha en nuestro espíritu inquieto puede conducirnos a autolesionarnos o a autodestruirnos. Es como si la concatenación de hechos fuera tan inexorable como ese divertido desafío psicológico que pide: no piense en un elefante rosa en medio de un desierto azul. La prohibición crea un vacío en el que nuestra libertad de decisión parece ser absorbida por una potente ley natural. Sólo una contraatracción puede salvarnos del instinto de rebeldía.

  La nuestra es finalmente la risa de la destrucción, la risa de los revolucionarios a las puertas de la Bastilla, que se sentían tan fuertes que querían ser dulces. Es la risa que acompaña a los que batallan contra el mal. Es la alegría por destruir algo que hace daño a un amigo, nada que ver con la schadenfreude, el regocijo derivado de la falta de fortuna de otros. La destrucción de lo que causa daño es secundaria al aumento de poder y alegría  que causa removerlo. 

   La extirpación en nosotros de nuestro apego  a nuestra identidad y, en general, de nuestra esclavitud será dolorosa, pero no nos impedirá reírnos. En las batallas por venir contra las instrucciones que corrompen lo común, tales como la familia, la corporación y la nación vamos a tener que llorar muchas veces, pero eso no nos impedirá tampoco reírnos. Y en los esfuerzos contra la explotación capitalista, y sus defensores institucionales tanto como contra cualquier destructor de lo común a través del control público o privado tenemos por delante el trabajo de enterrarlos entre carcajadas.

  Si te pretendes poeta, revolucionario o (no)muerto ya puedes estar preparado. Has de pensar fríamente lo que te ocurre: o estás muerto o a punto de morir, y eso no va a ser lo peor. Lo peor va a ser que todas las personas que conoces (y las que no) querrán matarte, destruirte, quemarte y mutilarte, porque eres feo, apestoso, babeas y das asco. Bueno, estos apelativos no distan mucho de cómo eras antes, por lo que te van a tratar igual. Así que sí, estar (no)muerto no es  muy distinto de cuando estabas vivo, porque te seguirán jodiendo en el curro, en tu casa, en la calle, o incluso en el metro. O lo harás tú por ellos.

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