El segundo César

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Por José Luis Merino

En el libro Prosas apátridas viven doscientos breves apuntes de vida observada por el escritor peruano, Julio Ramón Ribeyro, afincado en París desde 1952. Antes que él, otro gran escritor peruano, César Vallejo, poeta inmenso, se trasladó de Perú a Europa en 1923 (murió en París, un día de aguacero, en 1938). Son situaciones parecidas. El amor de Ribeyro por Vallejo también es significativo.

Ribeyro era un escritor de talante europeo. Más que fabular, le interesaba escribir apegado a la más estricta realidad. Pero no se trata de una realidad que suelta gritos colectivos. Simplemente apela a la realidad cercana, casera, de humilde zapatillaje. A partir de lo más sencillo, conseguía volar hacia la reflexión sesuda, siempre contado todo ello con la claridad más diáfana y no menos exquisitez.

Estos apuntes breves son como pequeños ensayos o fragmentos diminutos de un diario personal. Son eso, y más. Son reflexiones sobre la escritura, sobre el acto de escribir. Indaga sobre el escribir. Mientras se reprocha tal o cual conducta de sí mismo, se siente salvado por el propio hecho de poner pasión en lo que escribe.

Gran parte de estos escritos se alimentan de lo que escritores, filósofos y músicos realizaron, hasta el punto de parecernos escuchar la voz tronante y bíblica de Yahvé, aduciendo “no es bueno que el hombre esté solo”. Desde esas palabras, Ribeyro escribió para no estar solo. Era el solitario escéptico. Su espíritu va en paralelo con los de sus maestros, Epicteto, Montaigne, Quevedo.

El libro cautiva por la variedad temática, además de por una mezcolanza donde cabe con la misma intensidad lo nimio y lo trascendente. Siempre con la aplicación de un tono nada pedante, porque se ve más como un tipo antisolemne. Vemos a Ribeyro auscultándose como un obseso, contándonos sus enfermedades, en tanto lleva a la página unas ideas compartidas como una manzana robada entre niños hambrientos.

Estamos ante un hedonista frustrado. Estamos ante unas prosas escritas con un grado de exactitud poco común. Lo cotidiano descrito con una mirada desmenuzadora. Cuanto ve, lo vuelve a dejar tal y como es, gracias a la alta calidad de su escritura. La cabeza radiografía el objeto mirado, en tanto la sensibilidad de estilo devuelve lo mirado para que nosotros podamos permanecer atentos al doble proceso. Para Ribeyro, la escritura era un permanente e irrestañable deseo de escribir.

[Julio Ramón Ribeyro nació en Santa Beatriz, Lima, en 1929. Murió en Lima, en 1994. Es autor de novelas, obras de teatro y relatos]

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