El segundo aliento: Movimiento y sindicalismo social

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Por Luis M. Sáenz

I El movimiento

Nada hay más cansino que el run-run gruñón enfadado con «la gente» por no movilizarse lo suficiente o por «votar mal». Y nada más estéril que dar vueltas a las preguntas «¿Qué ocurrirá?»; «¿Cuándo ocurrirá?», en vez de preguntarnos «¿Qué puedo hacer?, ¿qué podemos hacer?» Esto no es un concurso de ideas, es una guerra social.

Los grandes movimientos sociales, no entendidos como «organización» sino como «estado de la sociedad» en el que una gran parte de la población sale de la simple privacidad para intervenir de una u otra manera en lo social-político y en lo público-común, no son predecibles ni se «organizan» por una «vanguardia», aunque la actividad llevada a cabo por una franja activista de la sociedad contribuya a crear sus condiciones de posibilidad.

En los últimos años en España ha habido tres grandes movimientos sociales, interrelacionados pero no idénticos: el movimiento indignado «15M/mareas/PAH», el movimiento republicano catalán «1O» -del que no hablaré más en este texto- y el movimiento de mujeres «8M2018»; la referencia a fechas es simbólica porque lo que hace movimiento social de una dinámica de movilización es precisamente el no ser una acción efímera sino una efervescencia social con transformaciones mentales y vitales más o menos duraderas. Por ejemplo, «mayo del 68» -que no fue sólo francés ni sólo en 1968- dejó sentir sus efectos y consecuencias emancipadoras durante décadas, a diferencia de supuestas «revoluciones triunfantes» que derivaron en regímenes totalitarios que, al derrumbarse, dejan sociedad desarticuladas.

Ahora bien, ninguna sociedad se mantiene durante mucho tiempo en «agitación» permanente, aunque sí puede seguir presente una maduración silenciosa. A casi todos los grandes movimientos se les suele dar por muertos antes de tiempo, aunque a veces pasa lo contrario y un sector de supuesta «vanguardia» aprovecha el reflujo para fingir que la continuidad de aquel movimiento pasa por ella, apropiándose de simbología o denominaciones pero alejándose del espíritu plural y transversal original.

Al movimiento «15M/mareas» se le ha dado por muerto varias veces; en definitiva, se ha teorizado que el «ciclo 15M» se ha cerrado, desde puntos de vista diferentes. Efectivamente, las formas organizativas derivadas del movimiento 15M o vinculadas al «tiempo social» de éste atravesaron crisis, perdieron afluencia e influencia, muchas se disolvieron por agotamiento. Otras han resistido y ganado en lucidez, sobre todo aquellas que han sido capaces de desprenderse de enfoques «generalistas», demasiado discursivos y retóricos, y vincularse a problemas sociales de primer orden. Esos colectivos que han sabido arraigarse, echar raíces, en torno a las necesidades más inmediatas de la vida, también tienen dificultades, porque llevan muchos años en primera línea del «frente de batalla», porque sufren represión, porque el apoyo mutuo no siempre es mutuo, porque la tarea excede las fuerzas, porque es muy complicado lograr victorias, y porque muchas veces éstas sólo son una pequeña tregua tras la que hay que prepararse de inmediato para la nueva batalla. También es cierto que ya no existe la misma complicidad social que se generó en torno al 15M y que las élites y sus sicarios políticos han logrado introducir elementos de división y fragmentación entre la población.

Sin embargo, pese a todo eso, cierto y preocupante, fue apresurado dar por cerrado el «ciclo 15M/mareas», porque sus consecuencias en nuestras mentalidades fueron profundas, duraderas. Es cierto que ha habido periodos en los que parecía que, salvo alguna lucha aislada, «no pasaba nada», no había respuesta, se imponía la resignación, la desilusión o la desesperación. Pero en ese tiempo seguía la acción de fermentos activos; y no me refiero sólo a los grupos que seguían peleando, como todos los colectivos agrupados en torno al «derecho a techo», sino al fermento activo que el «espíritu del 15M» dejó en nuestras mentes. En la medida que eso ocurra, es decir, en la medida que el movimiento no haya sufrido una derrota definitiva, tenemos que prepararnos para que en cualquier momento, impredecible, ocurra algo importante, habitualmente imprevisible, algo por lo que el magma apaciguado se recaliente y provoque de nuevo una erupción. Por ejemplo, la entrada en lucha de pensionistas en toda España, con unas características muy similares a las que han tenido las anteriores mareas sociales y asimilando muchas de las «prácticas 15M». Esto contradice las visiones más ideológicas del comportamiento social, ya que precisamente la población pensionista es el principal granero de votos del PP, pero sin embargo es por ahí donde ha saltado una de las dos liebres que han puesto en apuros a Rajoy y Rivera. Tampoco hay que perder de vista los límites, se han puesto en marcha miles y miles de pensionistas, muchos de ellos ya críticos del PP, aunque otros les votasen, pero en todo caso la mayoría de pensionistas aún no se ha movilizado… aunque gran parte de esa franja aún no activa comparte el malestar con ese «0,25%» de mierda, esos dos o tres eurillos que son menos que lo que ha subido el recibo de la luz. En esta situación se expresa con toda claridad lo miserable y ciego de frases tipo «si votas al PP, luego no te quejes» y pone de relieve por el contrario la «actitud 15M» que dice «hayas votado lo que hayas votado, indígnate con el 0,25% y lucha».

Referencia aparte merece la huelga social y transnacional de mujeres del 8M18 y su muy avanzada expresión en España, acontecimiento tanto o más relevante que el propio 15M, con el que se interrelaciona sin ser mera derivación del mismo. Es decir, no considero que el 8M18 y el proceso que ha llevado hasta ahí, comenzando con la masiva y victoriosa respuesta de las mujeres al «proyecto Gallardón» de recorte del derecho al aborto, sea simplemente otra «marea», una manifestación más del ciclo 15M, pues expresa un ciclo propio, específico, de lucha feminista y de luchas de las mujeres, de alcance transnacional e irreducible a cualquier abordaje interpretativo («anticapitalista», «democrático»), etc. que no sea el feminista y antipatriarcal. Ahora bien, varias de mis amigas me comentan que en las formas adoptadas por este movimiento en España ha tenido una fuerte influencia la experiencia acumulada por las mujeres en el movimiento 15/mareas, a través de prácticas que han sido reelaboradas, superadas, dotadas de nuevos sentidos, enriquecidas, por ellas. A su vez, a partir de ahora es imposible que las dinámicas sociales tipo 15M, como la propia lucha de las y los pensionistas, o las reflexiones de sectores del activismo popular en torno a la «huelga social» como mecanismo de lucha que no se reduce a un dispositivo de «apoyo» a la huelga laboral, puedan abordarse fructíferamente sin tomar en cuenta la irrupción del movimiento de mujeres como sujeto social masivo y autónomo en tanto que tales mujeres y en tanto que trabajadoras y pobladoras. Desde ese punto de vista, el movimiento 8M18, que no puede interpretarse como una componente o rama del movimiento 15M/mareas, también hace una aportación esencial para un segundo aliento de la indignación social que se expresó en el 15M.

Entre los indicios de la posibilidad de ese segundo aliento no se encuentra sólo cada lucha social en sí misma sino también la facilidad con la que se están empezando a producir convergencias de una forma natural. La Coordinadora de pensionistas dio apoyo expreso a la huelga social de mujeres del 8M, y en la preparación de ésta la situación de las mujeres respecto a las pensiones jugó un papel destacado. La Comisión 8M, por su parte, ha expresado ya su apoyo a las convocatorias del 17M en defensa de las pensiones, y, en Madrid, la convocatoria de la Coordinadora de pensionistas se ha unificado con la planteada contra la Ley Mordaza. En el ámbito de la Sanidad pública, en el que la «marea blanca», de trabajadoras y trabajadores, y de pobladoras y pobladores, llegó a ganar la simpatía de la mayoría de la población, pero después se abrió después un paréntesis, pero en los últimos meses, en Madrid pero también en otros territorios, se ha iniciado una reanimación «desde abajo», a través de la formación de plataformas creadas específicamente en torno a la defensa de tal o cual hospital o centro sanitario, o de la problemática sanitaria de cierto territorio, juntando también a profesionales y a vecinas y vecinos, trabajadores y pobladores; esa dinámica no ha fragmentado la lucha, por el contrario ha sido la base sobre la que han empezado a crearse coordinaciones y puntos de encuentro entre ellas. Experiencias como las de las Kellys también muestras una peculiar cooperación entre el impulso feminista y un sindicalismo laboral de nuevo tipo.

No pretendo dibujar un falso escenario risueño y optimista. La situación no es nada fácil y son muchos los riesgos de intensificación de la precarización y el empobrecimiento social. De hecho, las élites del sistema y el propio funcionamiento «espontáneo» del capitalismo real nos han colocado ante la perspectiva de nuevas amenazas a aspectos vitales para el bienestar social y que confirman la voluntad de desmantelar componentes «consensuales» que dieron cierta estabilidad al régimen de 1978, hasta un punto en el que creo que el actual régimen de dominación es ya un neorégimen autoritario fruto de una década de mutación.

Hay que prepararse para próximas batallas. Algunas de ellas colosales, porque si las perdemos, si no logramos al menos empatarlas, anuncian más catástrofe social: la que se está librando en torno al sistema de pensiones y la que se está desarrollando en torno a la vivienda, ya que si la crisis excluyó a muchas familias de la posibilidad de seguir pagando la hipoteca y a otras muchas de la expectativa de poder comprar un piso, el nuevo rumbo especulativo se centra en un aumento disparatado de los alquileres, ya en niveles no accesible para las familias con bajos ingresos, cuando los alquileres de 400 euros suben hasta 600 y los de 600 hasta 900. Y, por descontado, la única batalla en la que las élites dominantes han perdido la iniciativa y han tenido que maquillar sus intenciones a toda prisa: la batalla por la igualdad entre mujeres y hombres, cuyo núcleo central es la redistribución equitativa de las tareas laborales y las de cuidados, de las tareas públicas y de las tareas privadas, y la propia consideración de lo que es público y lo que es privado, así como la supresión de la violencia de machista, que requiere políticas específicas pero que no será erradicada mientras no se alcance una igualdad efectiva.

II Sindicalismo social

De la magnitud de esos desafíos son muy conscientes las élites dominantes y sus sicarios políticos. Han puesto en marcha una estrategia de fragmentación «moral» de la sociedad, a través de su control sobre la emisión de «discursos» con difusión masiva, a través de un aparato supuestamente tecnocrático pero en realidad mercenario, ideológico y doctrinario, y a través de sus propios partidos políticos. Esa estrategia, muy inteligente y muy malvada, consiste en utilizar los efectos visibles de la precarización y la pobreza para «criminalizar» a las personas y familias empobrecidas y precarizadas y crear hostilidad contra ellas entre los sectores populares que aún «van tirando», a los que Ciudadanos, como hábil propagandista sin escrúpulos, ha catalogado como «clase media» aunque ingresen menos de mil euros al mes en su familia. No es éste lugar para que explicar todas las modalidades de la estrategia, que van desde la criminalización de la ocupación por familias sin lugar donde vivir -mezclándolas con la actuación de mafias muchas veces al servicio de intereses especulativos- hasta la insinuación de que el apoyo social a la cuarta parte de población más pobre tendría que financiarse con más impuestos a las clases populares un poco menos agobiadas, desde un hipócrita discurso meritocrático -son pobres porque no se esfuerzan, tienen malas pensiones porque no han ahorrado- hasta la utilización de los problemas de convivencia que genera la formación de guetos y la precariedad habitacional para generar impulsos racistas y odio entre el vecindario.

El problema es cómo respondemos a esto. Y esto me lleva de nuevo al asunto de la organización; si antes insistí en diferenciar las formas organizadas del activismo de lo que es el movimiento social, ahora quiero reivindicar la necesidad de organizarse, de agruparse. No hay ninguna contradicción. El movimiento obrero no es lo mismo que el sindicalismo en su sentido clásico. Y, sin embargo, el sindicalismo organizado fue -y es- una necesidad. Sindicalismo es organización. No bastan las grandes fechas en las que miles y miles de personas nos juntamos en la calle, a veces sin saber quién nos ha convocado. Hay un día a día en el qu el apoyo mutuo debe ser organizado, aunque no organizado jerárquicamente. Para eso pueden juntarse muchas personas o un puñadito, y ambas cosas pueden ser eficaces. Si nadie lo hiciera, la sociedad no avanzaría, en primer lugar, porque los caminos hechos en soledad son mucho menos productivos que los hechos en común.

Por eso, entiendo que cuando hablamos de sindicalismo social estamos diciendo, al menos, tres cosas:

a) que hay que organizarse para «hacer justicia», si no fuera así no tendría sentido usar el término «sindicalismo», aunque es cierto que en ocasiones una sola persona, sin más apoyo, se esfuerza en defender intereses colectivos, pero ese mismo esfuerzo es un embrión de «conjura de las y los humildes» porque las conductas diferentes cambian otras conductas.

b) que ese sindicalismo debe abarcar, a través de multitud de sus diversas expresiones, todos los aspectos de la vida social, no sólo los laborales, pues no somos «currantes» (muchas veces, sin empleo) durante unas horas del día y «personas» durante otras horas, y porque la explotación oligárquica de las capacidades humanas o el grado de bienestar social no dependen sólo de lo que ocurre en los centros de trabajo.

c) que el sindicalismo social no debe ni puede pensarse como sólo un puñado de grandes organizaciones que abordan todo sino como un despliegue de procesos de organización en colectivos grandes, medianos o muy pequeños, que asumen una tarea, varias o muchas, que se basan en un objetivo duradero o efímero, que unen a personas con formas de pensar muy diferentes, pero con algún propósito común o constituyen grupos de afinidad.

Hoy hay mucha gente, aunque poca en proporción al desafío plantado, haciendo sindicalismo social, aunque a parte de ella le dé repelús la palabra «sindicato». Y, de hecho, no se trata de convencer sobre la bondad del sindicalismo social, sino de lo que se hace desde él.

No me cabe ninguna duda de que el esfuerzo más ejemplar y fructífero que se ha hecho en la última década corresponde a los grupos, muy feminizados por cierto, que se han comprometido con el derecho a una vivienda digna. Recientemente un compañero del barrio, muy activo, me dijo algo así como que «sí, se ha luchado mucho, pero sin leyes desde las instituciones no se resuelve el problema». Le entiendo, pero creo que hay que ser pragmáticos y dejar de especular sobre lo que podría pasar si gobernase tal o cual: por un lado, esas leyes aún no han llegado, pero mientras tanto la plataforma de afectados por la hipoteca ha parado más de 2000 desahucios y realojado a 2500 personas, a lo que hay que sumar lo hecho por un montón de grupos antidesahucios que no forman parte de la PAH; por otro lado, resulta que la PAH y esos colectivos son quienes más han luchado y más popularizado la exigencia de una ley de vivienda, hasta el punto de llevar al congreso una iniciativa legislativa popular, la Ley de emergencia habitacional en familias vulnerables en el ámbito habitacional y de pobreza energética, basada en cinco grandes ejes. Mientras que a muchos de quienes llegaron a las instituciones para «cambiarlo todo» les empieza a ganar una acomodada resignación, muchas compañeras y compañeros siguen un trabajo práctico de solidaridad; un trabajo que, precisamente por no ser ideológico, también es educativo y pedagógico.

Si miro a mi alrededor, en mi zona, encuentro dos colectivos derivados del 15M, uno de vivienda y otro que aborda el resto de las formas de exclusión social; veo una radio libre colaborativa con todas las luchas vecinales; veo varios huertos vecinales autogestionados; veo un feminismo potente; veo un par de asociaciones de vecinos de larga tradición y muy activas; veo una plataforma para defender nuestros hospital; veo a muchas personas tratando que algunas de las mesas del Foro Local institucionalizado de mi distrito o que la Mesa contra la exclusión (no institucionalizada pero con participación de la institución) tengan utilidad social pese a sus muchas limitaciones y carencia de poder decisorio; veo, desde mi ateísmo, algún párroco muy comprometido con el bienestar de su barrio. Veo a mucha gente haciendo muchas cosas. Y, pese a no haberse hecho ningún intento de coordinarlas establemente o meterlas en un capazo común, posiblemente condenado al fracaso por artificial, lo cierto es que tendemos a cooperar cada vez más, a ayudarnos, a apoyarnos.

A la vez, veo como el grupo en el que yo participo ha llegado a converger en una red con grupos similares de otros distritos y municipios de Madrid, y también en otra más amplia de «tema único» (la Renta Mínima de Inserción), y que hemos establecido un diálogo interesante con profesorado y alumnado de al menos dos Facultades de Trabajo Social.

Lo importante es que esto no es una peculiaridad de mi zona. Pasa lo mismo en otros muchos sitios. En otros distritos o barrios de Madrid o Barcelona empiezan a actuar sindicatos de inquilinos, o a organizarse para luchar contra la «turistificación» especulativa. Hay una gran fuerza latente que a veces se hace explícita (protestas pensionistas) o arrolladora (8M18). Y la vamos a necesitar porque el desmantelamiento social sigue adelante. Si los planes de las élites salen adelante, en unos diez años tendremos un panorama en el que las pensiones habrán perdido gran parte de su poder adquisitivo y en el que la España de la «vivienda en propiedad» se habrá convertido para muchas personas en la «España de las familias en habitaciones alquiladas»… o metidas en un interminable ciclo de ocupación, juicio, desalojo, ocupación…

No creo que necesitemos ni sea posible una macrorganización común, de hecho los grupos no muy grandes, pero que se impliquen en los problemas comunes de mucha gente, suelen tener una eficacia muy superior a los grupos demasiado grandes. Tampoco creo mucho en las coordinadoras de grupos de todo tipo si no surgen de una convergencia natural impulsada por lo que hacemos. Pero tenemos una tarea estratégica común a partir de lo que hacemos cada cual: enfrentarse al proyecto de abandonar a su suerte a una de cada cuatro o cada tres personas, de debilitar aún más los sistemas de protección social, de convertir en norma la precariedad habitacional, de convencer a la gente común que aún tiene techo y comida de que las y los más pobres son un peligro para ella…

Para ese enfrentamiento, necesitamos organización, necesitamos convertirnos en sindicalistas sociales. Hubo un tiempo, en los momentos algidos del 15M, en los que nuestros debates estaban en la calle, abiertamente, a la vista de las vecinas y vecinos. Después, nuestros propios errores, la «parlamentarización» de las asambleas populares por ejemplo, y la desmesura entre las ya mermadas fuerzas disponibles y las tareas a llevar a cabo han llevado a que los esfuerzos se hayan tenido que concentrar en acciones muy concretas y muy importantes pero que sólo en algunos casos han llegado a tener cierta repercusión pública, aunque la hayan tenido para muchas familias. En cierta forma, hemos cedido parte del espacio público a los mismos que controlan el «espacio estatal» y el «espacio comunicativo», por falta de tiempo y medios para responder a cada una de sus mentiras, para explicar lo que en verdad está ocurriendo.

Necesitamos recuperar terreno en ese sentido, porque hay que volver a crear complicidad social, pero aprendiendo de nuestros errores. Por ejemplo, en las asambleas populares del 15M hablamos durante un tiempo demasiado de nosotras mismas, de asuntos técnicos u «organizativos» en el mal sentido, en vez de hablar siempre de los problemas colectivos. Hace falta mantener la acción específica de cada grupo pero también un retorno a la calle, no vale con manejar twitter o facebook, la vida está en la calle, espacio común de todas las personas. Para eso hace más más fuerza. Ha llegado el momento de cuestionarnos si no podemos hacer algo más de lo que hacemos, quienes podamos, porque hay muchas compañeras que no pueden dar más de lo que dan tras muchos años en primera línea del frente de guerra, parando desahucios, apoyando a las personas sin techo y un montón de cosas más, en condiciones que no mejoran sino que empeoran: por ejemplo, parar un desahucio de alquiler o de ocupación, ahora tan frecuentes, es mucho más difícil que parar uno de hipoteca, y la represión crece. ¿Podemos apoyarlas en lo que hacen? ¿Podemos dedicar un tiempo a explicar lo que hacen y por qué tienen que hacerlo?

Durante un tiempo fue necesario proteger al movimiento contra la idea de reducirlo a «organización» modelada según viejos esquemas. Ahora, sin pretender canalizar u organizar el movimiento, cobra importancia el esfuerzo individual y colectivo por organizarnos, en el día a día, en lo cotidiano, en la cercanía. Organizarnos, no bajo un programa o un líder, sino para hacer aquello que debe hacerse, para aprender y enseñar en común. Para resistir a lo que se nos está viniendo encima y para ganar, aunque sea poco a poco. Para establecer lazos de cooperación, no de competencia, entre las diversas formas de organizarnos.

He dejado para el final, intencionadamente, el sindicalismo clásico, es decir, la organización amplia de las y los trabajadores, con o sin empleo, en defensa de intereses comunes dentro de la diversidad. Lo creo necesario y lo considero una componente que no debería ser insignificante en el marco del desarrollo del sindicalismo social. El sindicalismo laboral debe comprometerse más en lo social y el sindicalismo social debe entender que para combatir la pobreza hay que combatir el empobrecimiento ligado al deterioro de los derechos laborales. Una de las aportaciones del 8M18 ha sido precisamente que el movimiento feminista ha dado gran importancia a la cuestión «trabajo» y que el movimiento sindical, de maneras diferentes que no voy a entrar a evaluar, ha tenido que comprometerse más allá de lo formal y lo retórico en una gran movilización que ponía en cuestión al patriarcado como sistema.

Hubo épocas en España en las que el sindicalismo de clase, en lo que fue la UGT o más en la CNT de los años veinte y treinta, iba mucho más allá de lo laboral, se montaban por ejemplo cooperativas de consumo (no acuerdos con supermercados para un descuentito), mutualidades (no compromisos con el turbio negocio de los fondos de pensiones), escuelas, se organizaba a las familias inquilinas contra los alquileres abusivos, se abrían a la gente casas del pueblo y ateneos, etc. Incluso en el marco de la lucha antifranquista hubo un tiempo en que las Comisiones Obreras tenían arraigo y estructuras sobre los barrios, o incluían grupos de jóvenes o de mujeres. No tengo ninguna duda de que las mayores organizaciones sindicales, especialmente CCOO y UGT, podrían canalizar positivamente la capacidad de muchas y muchos de sus afiliados, sin empleo o con nulas o escasas posibilidades de acción sindical en ellos, hacia una implicación en lo social, en lo que pasa allá donde viven, que puede ser a muchos kilómetros de su lugar de trabajo, darles soporte en esa actividad cuando ya la realizan. Sería una manera además de disminuir la enorme lejanía que se ha establecido entre trabajador(a) y el sindicato que le cobra una cuota por banco o descuento en nómina. Por descontado, no es previsible que eso ocurra de forma generalizada, pero entender que eso podría hacerse es importante.

Implicarse en ese tipo de sindicalismo laboral-social es más complicado, aunque quieran, para organizaciones sindicales más pequeñas y con pocos medios, como por ejemplo la propia Solidaridad Obrera, de la que, sin ser miembro, doy fe de su compromiso en la lucha que se desarrolló por un abono social de transporte en Madrid. También puedo dar fe del compromiso del sindicato MATS, por ejemplo, para vincular los intereses laborales de las y los trabajadores de la Sanidad con los intereses de las y los pacientes. Y sin duda hay muchos otros ejemplos, no sólo ligados a las decisiones generales de tal o cual sindicato sino también al comportamiento específico de sindicalismos muy diversos de tal o cual empresa. Es decir, sin esperar milagros hay un horizonte hacía el que se puede ir trazando rutas. Con aciertos y errores, pero avanzando.

Más que nunca, hay que tejer cooperación y apoyo mutuo. Sin sectarismos.

Luis M. Saénz. Trasversales

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