El secuestro de un niño

 

RESUMEN ANTERIOR DE ‘CHAPULTEPEC’

Eduardo, hijo único de don Jacobo Morán, uno de los hombres más ricos de México, pierde el control de su coche deportivo, bajo el efecto del alcohol y las drogas, y mata, a tres vendedores ambulantes, un padre, una madre y una niña, en una calle de Polanco. Un sargento ve aquello, va con el joven criminal a su mansión y trata de darle la clásica “mordida” a su padre. Éste se niega y demanda la presencia del capitán de la comisaria de Polanco quien trata de darle una “mordida” aun mayor. El padre se vuelve a negar, pero interviene la madre del joven, doña Leticia,  y obliga a su esposo a comprar la libertad y el futuro de su hijo. El crimen queda en el olvido a las pocas semanas.

Transcurren once años. La abuela de la niña muerta, que se había hecho cargo de los cinco huérfanos, está ahora sólo con su nieta María.Mientras ambas viajan en el metro hacia la ciudad, la abuela recuerda todas aquellas tragedias, sobre todo el secuestro de su nieto de cinco años, Luisito, por una banda de roba-chicos. Otro de sus nietos, Alejandro, se hizo profesional y es ahora profesor de la UNAM y uno de los dirigentes de la gran huelga de maestros de México en 1989. Juan, su otro nieto, se convierte en bandido de buen corazón para ayudar a los niños pobres y lo llaman El Robin Hood de Ciudad Neza. Juan asalta un departamento en un edificio de lujo de la Colonia Hipódromo-Condesa que pertenece al dueño de unas doce  tintorerías y encuentra una bolsa con más de veinte mil dólares, con los que ayuda a muchos niños. La vibrante marcha magisterial va de Chapultepec al Zócalo y la Plaza Santo Domingo, adonde los maestros deciden comenzar una huelga de hambre. Sus líderes son, además de Alejandro, los profesores Marta Delgado y Ernesto Campos. En un debate secreto, Ernesto plantea que se debe convertir la huelga en el inicio de una Revolución. Luisito va con su perro al Bosque de Chapultepec y recuerda diversos momentos de su vida. La banda que lo había robado se lo vende a una agencia de adopción y por una de esas grandes ironías de la vida, el niño se convierte en hermano adoptivo del asesino de sus padres.  Mientras Alejandro se dirige al frente de la marcha hacia el Zócalo, su abuela y hermanita salen de Chapultepec hacia la Zona Rosa a vender flores. El cálido ambiente bohemio de otros tiempos ha dado paso al frío mercantilismo. Todos caminan de prisa: ya ni en sueños se sueña con los ensueños de Los Panchos. La vieja y la niña regresan a la choza de las lomas.

Juan camina por las calles de Ciudad Neza rodeado de muchos niños y todo mundo lo saluda con gran afecto. Al regresar a su casa recibe la visita de quien menos esperaba. Juan se va a llevar a su hermanita a la fuerza para que viva con él y su esposa en su casa, pero la abuela lo amenaza con suicidarse. Eduardo y su esposa Miriam “disfrutan” de una vida degenerada y violenta en Las Vegas y otras ciudades. Al regresar a México sostienen un diálogo en que se vislumbra un crimen. En otra reunión secreta que sostiene con los dirigentes de la huelga de maestros en la Plaza Santo Domingo, Ernesto revela que ha formado un grupo de veintiséis combatientes para asaltar Los Pinos, secuestrar al presidente Salinas de Gortari  y obligarlo a aceptar las demandas de los maestros.

Ernesto y varios de los combatientes que van a realizar el asalto se reúnen con  Don Mauro Rocamora, un médico-filósofo que ha dedicado su vida a estudiar intensamente y ayudar a los enfermos pobres. Rodeado de los maestros, Don Mauro habla sobre sus animales, el calentamiento global y la Revolución Científica que evitaría la catástrofe ecológica. Juan habla con gran emoción sobre  El Mundo de los Niños. El gobierno no acepta las demandas de los maestros. Doña Leticia tiene un enamorado joven. El viejo sargento prosigue sus planes. Eduardo y Miriam planean asesinar a don Jacobo para quedarse con la herencia. Los maestros combatientes deciden asaltar Los Pinos en la madrugada de Nochebuena. Dona Leticia recapacita sobre el grave dilema de su vida. Raulito regresa al bosque con su perro, recuerda varios hechos anteriores a su secuestro y se encuentra con su abuela al pie del histórico castillo, pero no se reconocen. Miriam y Eduardo van a Nueva York y logran el apoyo de la mafia. Rodeado de niños, Juan ve una tierna película mientras sueña con el Mundo de los Niños. El sargento convence a Juan para que secuestre a Raulito… su propio hermano. Los combatientes revolucionarios asaltan Los Pinos y llegan a la alcoba presidencial, pero el mandatario ha desaparecido. Mantienen la ocupación del lugar a través de la amenaza de Luis, el hombre-bomba que se ha situado en el centro de la residencia y amenaza con volarla en pedazos. Ernesto celebra una conferencia desde Los Pinos que es divulgada por todos los medios en la que esboza lo que debe ser un justo sistema socio-político-económico para México y pone ciertas condiciones para que los combatientes abandonen la mansión presidencial. Luis y Armando se turnan como hombres-bomba.

–Amo las tardes oscuras, cual si mi patria fuese la dilatada sombra –José Martí.

CAPÍTULO 20: EL SECUESTRO DE UN NIÑO

LA ACCIÓN

El día está muy nublado. Las calles de Polanco, de nombres geniales, aceras simétricas y camellones de bancos nuevos y arbustos podados, presentan su faz habitual: pulcritud, lujo, sosiego, pequeñas iglesias de mármol y oro, y suntuosos palacios con altos muros, albercas climatizadas y jardines en flor.

El amanecer ha sido frío, pero el mediodía tiene ya su natural tibieza: invierno y primavera en menos de seis horas, síntesis del trópico y la meseta. Es 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, que unos celebran con llanto y otros con risas.  

 Raulito sale del palacio corriendo, su perro trota junto a él. Al llegar a Homero, doblan a la derecha, rumbo al metro Arquímedes, que se halla a más de un kilómetro. Un coche los sigue, a unos treinta metros. A casi una cuadra, avanza, lentamente, en la propia dirección, el coche-van de cristales oscuros y falsas placas en que se hallan Juan y tres hombres: a su lado, Chaparro, el chofer; en el asiento de atrás, El Garras, que debe anestesiar al perro, y Zavala, que debe atacar al escolta y al chofer del niño. Juan debe amenazar a Raulito con un revólver y meterlo en el coche-van. La operación debe ser ejecutada en un minuto, a lo sumo.

No se ve a ningún auto-patrulla en las calles por las que avanzan el niño y el perro. Hay poco tránsito y, como es usual, muy pocas personas caminan por Homero y calles laterales.

Se ha presentado un problema: el chofer de Raulito, que era cómplice del hecho, no ha ido a trabajar hoy y nadie sabe adónde está, aunque no parece que haya delatado el plan pues en el palacio todo sigue siendo normal. Maneja el coche, en su lugar, uno de los choferes de Jacobo.

El escolta había llamado a El Chavalo a las nueve de la mañana para informarle del problema. El teniente se lo dijo a Juan y éste decidió proseguir con la acción. La idea de “El Mundo de los Niños” es muy firme en él para que cambie de idea tan fácilmente. El dilema es simple: el futuro feliz de mil niños por el drama temporal de uno solo. Juan se ha llenado de firmeza y coraje.

Raulito sigue corriendo junto al perro, pasa frente al tianguis de flores, mira al hombre de rostro pálido y a la joven  morena que le traen recuerdos que no puede precisar, y tres cuadras antes de llegar al metro, vira a la derecha. El coche de la escolta dobla la esquina con toda lentitud. Chaparro, que había acercado el coche-van a unos cinco metros del coche de la escolta, detiene la marcha. Zavala se baja y va corriendo, agachado, por entre los coches que están aparcados junto a la acera, hasta llegar al coche que protege al niño. El escolta-cómplice, que estaba mirando por el espejo retrovisor los movimientos de Zavala, estira un brazo hacia atrás y abre el seguro de la puerta posterior que está detrás de él. El chofer oye el ruido, se da cuenta que el escolta ha abierto el seguro de una de las puertas de atrás y lo mira, sorprendido. Zavala abre la puerta, entra al coche de sopetón, cierra la puerta, se arrodilla en el piso, levanta la pistola y dice:

–Detenga el coche junto a la acera.

Nadie ha visto a Zavala. Algunas personas caminan por la acera de enfrente platicando entre ellas. Chaparro detiene el coche y Juan y El Garras se bajan con toda rapidez, a unos cuatro metros detrás del niño y el perro.

Juan se acerca a Raulito con el revólver en la mano y el niño da un grito agudo. Están a media cuadra de Masarik. Hay árboles, toldos, cercas y coches que dificultan la visión.

El Garras se abalanza sobre el perro, lo agarra por detrás en el momento en que iba a lanzarse sobre Juan y le echa, con un atomizador, un chorro de anestesia líquida en la cara. El perro cierra los ojos, da un salto y le muerde la mano y la muñeca derechas. El Garras vuelve a lanzarle otro chorro del líquido anestesiante. El perro casi no puede ver, pero da otro salto y le muerde el rostro, abriéndole un hueco profundo en el mentón. Juan le quita el atomizador a El Garras, mientras mantiene agarrado con la otra mano al niño, se sitúa detrás del animal, lo agarra con fuerza por el cuello, le aplica el resto de la anestesia y el perro cae al suelo y estira las patas.

–¡Karim, Karim! –grita Raulito–.

Las pocas personas que caminan por la acera de enfrente se detienen y lo contemplan todo, en silencio, escondidas detrás de una camioneta. Como ven que los asaltadores portan armas, no quieren involucrarse en un hecho en el que pueden perder la vida.

Chaparro acerca el coche-van a la acera, Juan le tapa la boca a Raulito, lo levanta en peso y lo mete en el asiento posterior del coche. El niño se defiende, dándole varios golpes en el rostro a su hermano, pero es dominado por éste.

El Garras entra al asiento delantero del coche. Tiene profundas heridas, aunque no mortales, en la mano, la muñeca del brazo derecho y el mentón. Juan toma dos paños que están debajo del asiento delantero y se los entrega. El Garras se hace un fuerte nudo en el brazo para detener el flujo de sangre y aprieta el otro paño contra el mentón. Nadie ha visto lo que ha sucedido dentro del coche de cristales oscuros.

Chaparro acelera el coche-van y, al llegar a Masarik, dobla a la izquierda. El secuestro ha durado un minuto y quince segundos.

En el otro coche, que tiene, también, cristales oscuros y cerrados, el chofer detiene la marcha, esgrime su revólver y en el momento en que va a dispararle al escolta del niño, éste levanta el revólver que tiene sobre el asiento, debajo de un muslo, y le dispara dos tiros al pecho. El chofer cae, muerto, sobre el timón y la bocina comienza a sonar. El escolta empuja al chofer hacia un lado y éste cae sobre el asiento. La bocina se acalla. El escolta se dispara un tiro en el brazo izquierdo, le da el revólver a Zavala y exclama:

–¡Huye! Lo demás lo hago yo.

Zavala sale del coche, corre hacia Masarik y se monta en un taxi. Tiene una pistola en un bolsillo y el revólver del escolta debajo del cinto, cubierto por una chamarra. El escolta, herido por sí mismo, se coloca al timón del coche-van. Algunos de los que han presenciado la violenta escena desde la acera opuesta piensan que quien corre puede ser cómplice del ataque al niño, pero no hacen nada por detenerlo. El taxi lo lleva a un lugar de Insurgentes norte en que se baja, camina varias cuadras, toma otro taxi y llega a la casa del secuestro.

Sólo las personas que iban caminando por la acera de enfrente y una señora que se ha asomado a un balcón han visto lo que ha sucedido; pero ninguna se ha fijado en el modelo del coche-van ni en sus placas.

Hay un patrullero en Masarik y Sócrates y otro en Ejército Nacional y Aristóteles, a varias cuadras del hecho.

El escolta sale del coche, le da la vuelta por delante, abre la puerta del chofer, empuja al muerto, sitúa el vehículo junto al perro caído, lo levanta, lo mete dentro del coche y maneja varias cuadras, despacio, regresando al palacio con el brazo herido, el chofer muerto y el perro dormido.

COMO QUIERAS…

Al llegar ante el palacio, le abren la puerta del patio interior en los momentos en que don Jacobo va a abordar su limosina para ir al aeropuerto. El escolta se dirige a él, con el brazo y la ropa cubiertos de sangre y, en un tono muy nervioso, le informa, a su manera, lo que sucedió, aunque diciéndole que había perseguido a los secuestradores por varias cuadras hasta que los perdió y que el chofer fue asesinado por uno de los asaltantes que lo hirió, también, a él, cuando trataron de evitar que robaran al niño.

–¿Y la policía? –exclama don Jacobo–.

–Todo fue muy rápido, menos de dos minutos.

–¡Hay que llamar a la comisaría! –exclama uno de los custodios del palacio–.

–¡No! –grita don Jacobo–. ¡Que todo quede así! Ordeno que no se llame a la policía ni se le cuente nada a nadie de lo sucedido. El que lo haga ya no trabajará más para mí y puede que hasta le suceda algo peor –añade, mirando a cada uno de sus empleados–.

En el trayecto al aeropuerto, don Jacobo llama por el celular a uno de sus ayudantes de mayor confianza y le ordena que se encargue del cadáver para que aparezca que al chofer lo mató un ladrón mientras conducía, solo, hacia el palacio. Cuando el ayudante le pregunta si se deben cubrir los gastos  del entierro del chofer, don Jacobo le responde, sin la menor emoción:

–Como quieras. 

Después que el mayordomo Gonzalo le aprieta el brazo con cauchos gruesos, a modo de torniquete, y le pone varias vendas con yodo alrededor del brazo herido, el escolta va a ver a la atribulada doña Leticia y, en tono gimiente, le platica la historia que platicar le conviene.

El coche-van avanza por Masarik y dobla a la izquierda en Mariano Escobedo. El Garras ha logrado detener un poco la sangre que le fluye por la mano, la muñeca y el mentón.

Chaparro dobla a la derecha por una calle, avanza unas cuadras, se detiene ante un parque, se baja del coche y, tratando de que nadie lo vea, le cambia las placas al coche por otras, falsas también.

Juan le dice a Raulito que se sitúe en el piso posterior del coche-van, boca abajo. El Garras se acuesta en el asiento posterior y Juan se sitúa en el anterior, junto al chofer, sin dejar de apuntar con el revólver a la cabeza de su hermano, a través de la abertura que hay entre los dos asientos.

–¡Mataron a mi perro! –exclama Raulito, con intensa ira–.

–Tu perro está bien. ¡Cállate! –dice Juan–

–Estaba muerto, yo lo vi.

–Estaba dormido, le pusimos anestesia. ¡Cállate!

–¡Teníamos que haber mata’o al pinche e’ peeeeeeeerro, mano! –masculla El Garras–. ¡Mira lo que me ha hecho! ¡Hííííííííjole! –añade, cerrando con fuerza los ojos–.

–Ya te va a ver el médico. Tranquilo. Rézale a la Virgen –dice Juan–.

–¡Qué Virgen ni qué pinche e’ maaaaaadre, que me desaaaaangro, buey!

–Tranquilo, loco, ya vamos a llegar.

Raulito recuesta la frente en el piso, cierra los ojos y recuerda el otro secuestro con detalles que se le habían olvidado. Se da cuenta que estos nuevos roba-chicos son distintos a los otros, pues no le han dado fuertes golpes ni, quizás, hayan matado al perro.

Chaparro conduce el coche a Río Consulado, llega a la Ribera de San Cosme y dobla a la derecha, rumbo a Insurgentes norte. A las pocas cuadras, mira a Juan, quien tiene en su rostro demacrado una expresión de profundo disgusto, y exclama:

–¡Todo salió bien, mano! ¡Anímate! ¡Somos millonarios! Este escuincle es una mira de oro.

OTRO ACCIDENTE INESPERADO

Juan se da cuenta que el coche está a punto de impactar al que tiene delante y Chaparro está mirando hacia un costado, levanta los brazos, los coloca sobre el panel, y grita:

 –¡Miramón y Mejía!

Chaparro da un frenazo violento y el coche-van choca con el de adelante, averiándole el guardafangos. El Garras cae sobre Raulito, manchándole la cabeza, el rostro, el cuello y los brazos de sangre.

Un auto-patrulla, que viene en dirección opuesta, se detiene ante el accidente.

–¡Se hundió Camargo y parte de Valadeeeeeeeses! –exclama Chaparro, abriendo más los ojos e hinchando los carrillos–.

–¡Aguzaaaaado! –exclama Juan–.

–¡Que no se acerque la chota, loco!  –exclama El Garras, acostándose, otra vez, en el asiento posterior–.

–¡Preparen los cuetes, pero… tranquilos, eh… tengo dinero! –dice Juan–.

Juan se vira hacia la parte posterior del coche y añade:

–¡Tranquilo, buey! Apúntale tú ahora al escuincle y dile que si habla va a ser la última vez que lo haga. ¡Aguzaaaado!

Con la mano buena, El Garras apunta el arma al cuello del niño. Raulito cierra los ojos y sigue acordándose del otro secuestro de una forma más clara que la de hace un rato.

Chaparro se queda ante el timón y Juan se baja del coche. El tránsito se ha detenido. Los choferes tocan las bocinas con insistencia sin importarles que hayan sido los policías los que han detenido el tránsito.

–No es nada, señor –le dice Juan al chofer del coche averiado–.

–¡Cómo que no es nada! ¡Mire como dejó eso!

Uno de los policías se para junto a Juan y el otro va ante la ventanilla del coche-van que está al lado del chofer.

–¿Qué más? –dice el policía, mirando a Chaparro–.

En el lenguaje policíaco mexicano en una situación como ésa ¿qué más? significa ¿qué das?

El Garras aprieta el arma en el cuello de Raulito y, con la mano herida, resistiendo un punzante dolor, le tapa la boca, cubriéndosela aun más de sangre. Ambos están en la parte más apartada el coche-van, junto a la puerta trasera.

El Garras tiene el brazo, el mentón y el cuello cubiertos de sangre. Raulito lo mira, cierra los ojos y aprieta la boca.

–¡Pos nada, jefe, todo suave! –exclama Chaparro, mientras pone una mano sobre la pistola que tiene en el asiento, debajo de un periódico–. Lo que ustedes digan. Mi cuate tiene más feria que López Portiiiiiillo –añade, señalando a Juan con la mano izquierda–.

El policía mira hacia la parte posterior del coche; pero, como los asientos delanteros son altos, no ve a El Garras, que, junto a Raulito, sigue acostado en el piso del asiento posterior. Chaparro agarra la pistola por el mango y pone un dedo en el gatillo, pero la mantiene debajo del periódico. El policía da una vuelta alrededor del coche, pero no puede ver hacia dentro por los cristales oscuros. Regresa, entonces, al auto-patrulla y se sienta ante el timón.

Juan le da al otro policía, con disimulo, tres billetes de cien mil pesos –noventa dólares– y, en voz baja, le dice:

 –Pa’ sus chamacos, jefe.

El policía se guarda el dinero en un bolsillo de su camisa, aun con mayor sigilo.

–Bueno… ¿¡qué hay!? –dice el chofer del coche averiado–.

–Ochocientos mil –dice Juan–.

–Novecientos –dice el chofer–.

Juan saca un rollo de billetes de cien mil pesos, cuenta hasta nueve y se los da al chofer. Éste piensa que debió pedirle un millón y medio y el policía que debió recibir más, pero todo queda ahí.

Los policías ni siquiera han mirado las placas de los coches envueltos en el accidente ni le han pedido la licencia de conducir ni las pruebas de seguro a los choferes.

Juan regresa al coche, El Garras pone el revólver sobre el asiento y Chaparro maneja hasta un lugar de la colonia Gustavo A. Madero en que hay un médico que no llama a la policía así le lleven un enfermo de lepra o un herido sin brazos. El Garras se queda en el médico y, mientras Raulito permanece acostado, boca abajo y con los ojos cerrados, sobre el piso posterior del coche, acordándose de su otro secuestro y de otras cosas de su niñez, Chaparro sigue con el coche hasta la casa del secuestro, a la que Zavala ha llegado desde hace media hora.

LA TERRIBLE SORPRESA

Chaparro sitúa el coche-van junto a la puerta, subiéndolo por el mal cuidado jardín, y el niño es llevado a la alcoba   que está al fondo de la casa y que da a un patio en que la hierba es muy alta.

Raulito va al baño del pasillo, deja la puerta abierta, se quita la ropa toda llena de sangre, y se da una ducha. Chaparro está en el pasillo vigilando para que el niño no se vaya a escapar por la ventana. Al terminar, Juan le da una ropa nueva que le había comprado el día anterior y que le queda un poco ancha y el niño, ya limpio y vestido, regresa a la alcoba.

Zavala saca una silla de la casa y se sienta frente a la recámara de ladrillos desnivelados y madera deforme en la que está el niño, en la parte posterior de la casa, casi oculta por las altas hierbas. A cada rato sonríe, pensando que por primera vez en su vida va a tener dinero que le va a durar no horas sino años. 

Chaparro toma otra silla y la coloca en el pasillo, delante de la recámara del niño, cuya puerta se mantiene abierta. Raulito se sienta en la cama. Juan se le acerca y, con palabra muy suave, le dice:

Te pido un millón de disculpas por esto, pero hay muchos niños que necesitan el dinero que a tu padre le sobra. ¿Quieres comer algo?

–Sólo quiero agua y saber de mi perro.

–Tu perro estaba anestesiado no más. Esta noche vas a hablar con tu mamá y te va a decir lo mismo.

Juan le trae a su hermano un vaso grande de agua fría. El niño la bebe, se acuesta, mira al techo por un largo rato y se queda dormido. Juan se sienta en la sala y Chaparro se mantiene sentado en el pasillo, con su revólver en una mano.

Raulito duerme varias horas y tiene un sueño profundo en que el subconsciente se acuerda de algunas cosas que el consciente no había podido recordar.

Al despertarse, se coloca de medio lado y ve una rata que entra por un hueco que está en el piso, en una esquina de la recámara. Chaparro sigue vigilando. Son las seis y diez de la tarde.

Juan entra en la recámara y le da al niño una torta de jamón, queso y guacamole, una bolsa grande de papas chips, un pastel de manzana y un licuado de papaya. El niño se sienta en un borde de la cama, come la torta, las papas y el pastel con rapidez y bebe, casi de un sorbo, el licuado. Mira a Juan, fijamente, a los ojos, sin odio, y le agradece la comida. Con palabra suave y gesto de intensa pena, dice Juan:                     

 –No tengas miedo. Nadie te va a hacer daño. Tu mamá pagará el rescate y volverás a tu casa. Hace unos minutos hablamos con ella por el celular. Tu perro está bien. Tiene unas pequeñas quemaduras en la cara que no le han afectado la visión para nada y ya el veterinario lo está atendiendo. Tu mamá te quiere mucho. Me dijo lo del perro sin que yo se lo preguntara para que estuvieras tranquilo. En unos días estará perfectamente bien. Ella va a pagar el rescate.  

 Raulito hace un gesto de intensa alegría y se pasa una mano, con fuerza, por la frente y la cabeza.

–Vas a hablar con tu mamá a las ocho.      

–Ésta no es la primera vez que me secuestran.

–¿Cómo así?

–Ya me lo hicieron cuando era niño.

Juan arruga la frente y cierra un poco los ojos.

–Unos batos horribles que montaban una carcacha. Me torturaron y después me vendieron. Yo vivía en una casa muy pobre que estaba en una loma, cerca de una zanja. Había ratas como aquí.

Héctor siente un ligero mareo. El niño termina de comer las papas.

–¿Qué edad tienes?

–Dieciséis años.

Héctor aprieta los dientes y arruga los labios.

–Cumplo diecisiete el 17 de enero.

Juan respira con fuerza y sopla con los labios casi cerrados. Recuerda que el cumpleaños de Luisito es el 20 de marzo, pero no sabe, por supuesto, que Ester le había cambiado no sólo el nombre sino, además, el natalicio. En ese momento se acerca Chaparro y dice:

–¿Todo bien, Juan… digo… buey?

–¡Juan! –exclama el niño–. ¡Juan! ¿Usted se llama Juan?

Juan le echa una mirada furiosa a Chaparro y dice:

–El no dijo Juan, sino Iván. Me llamo Iván.

–¡Oh!

–¿Por qué te extrañó que me llamara Juan?

–Porque mi hermano se llamaba así.

–¿Y tu hermano murió?

–No lo sé. Digo que se llamaba porque no lo vi más después que me robaron. Yo lo quería mucho. Siempre íbamos juntos a todas partes.  

Juan siente un ligero temblor en su mano derecha.  

–Y tu madre ¿cómo se llamaba? Es la hermana de doña Leticia… ¿no es así?

–Yo he tenido cuatro madres. Tuve una de niño que era joven, delgada y morena. Vivíamos en una choza de las lomas. Tenía una abuela que lavaba ropa en una zanja y tenía otros hermanos, pero no me acuerdo bien como se llamaban los otros, sólo Juan, creo que el otro se llamaba Alejandro, pero no me acuerdo bien. Tenía una hermanita que murió y se llamaba… oh,… pues… creo que se llamaba Lupita, sí, sí, Lupita no más.

 Juan se eriza de pies a cabeza. Un frío glacial le corre a todo lo largo de la espina dorsal. “¡No, no puede ser!” –se dice a sí mismo–.

–¿Y do doña Le Leticia? –tartamudea Juan–.

–Ella es mi cuarta madre. Muy buena y muy noble, yo la quiero mucho. Su esposo no me quiere para nada y yo no lo quiero a él tampoco.

–¿Y doña Ester?

–¿Y cómo usted sabe de Ester?

–Lo leí en los periódicos cuando ella murió y doña Leticia se hizo cargo de ti.

–Ester fue mi tercera madre. Yo la quise mucho. Era también muy buena conmigo, pero era muy rara, se reía de todo y muchas veces me pegó con una faja y me metía en un closet oscuro y yo le tenía mucho miedo a la oscuridad.

–¿Y por qué te hacía eso?

–Porque ella quería que yo dijese que era mi mamá y que me llamaba Raulito y yo sabía que no era cierto.

–¿No te llamas Raúl?

–Tenía otro nombre cuando era niño, pero no me acuerdo cuál porque cada vez que se lo decía, me pegaba muy duro y me decía que mi nombre era Raulito. Sí, se me olvidó el otro nombre no más. Parece que mi cabeza me dijo: “es mejor que te olvides de tu nombre porque si no te van a a matar”.

–¿Y tu segunda madre? –dice Juan, tratando de mantener la calma–.

–Fue mi abuela.

–¿Tu madre fue tu abuela? –dice Juan, con temblor en los labios–.

–Mi segunda madre. La primera murió.

–¿De qué murió? –dice Juan, con sudores fríos en la frente y el cuello–.

–La mató un coche que también mató a mi papá y a mi hermanita, no a Lupita, la que murió de hambre, sino a otra hermanita que era mayor que yo. El coche los mató a los tres, así no más. En una calle, una noche… yo los vi, los vi muertos. Todo mundo lloraba. Mi abuela gritaba y mi hermano Juan se daba golpes en la cabeza. Mi hermanita tenía una venda sobre la frente y la cabeza, y mi papá, un pañuelo negro alrededor del cuello. Yo los vi –Juan escucha todo esto con violentos latidos en el pecho–. Hasta hoy no me acordaba de nada, pero parece que al hacerme ustedes lo mismo que me hicieron de niño, me volvió todo a la memoria. Había un policía panzón que olía mucho a tabaco y nos regaló muchos juguetes. Mi abuela vive. Yo la vi en el bosque. No me di cuenta, entonces, que era ella; pero ahora sí sé que lo es. Es muy pobre y está muy viejita. Le compré una bolsa de almendras y le di mucha lana, creo que fue medio millón. Me dijo varias palabras, pero no la entendí, creo que me hablaba en Náhuatl –Juan abre desmesuradamente los ojos y aprieta los puños con tal fuerza que sus uñas, un poco largas, le hieren las manos; pero el niño no se da cuenta porque no lo está mirando–. Cuando regrese a mi casa le voy a platicar a mi mamá todo esto y voy a buscar a mi abuelita al bosque para que se venga a vivir conmigo. Ojalá pueda encontrar también a mi hermano Juan. ¡Yo lo quería taaaaaanto!

Juan da un salto bestial, sale de la recámara, cierra la puerta de un tirón y corre hasta el jardín de las altas hierbas y los silvestres frutos. El corazón se le quiere salir del pecho y tiene la mente como un volcán en erupción. Se pone las manos en la cabeza y se hala con fuerza los cabellos. Comprende, por supuesto, que ha secuestrado a su propio hermano.

–¡Mi hermanito vive y está aquí conmigo! –se dice, mentalmente, con el rostro bañado en lágrimas–. ¡Vive! ¡Qué grandioso! ¡Es Luisito, mi hermano, mi hermanito del alma! … Pero… ¡¿cómo voy a decirle que yo soy Juan?! ¡Oh, qué gran tragedia! ¡Yo era para él un ángel, ahora soy un demonio! ¡Yo, su hermano querido, un vil asaltador, un bandido, un roba-chicos, un rufián que ha hecho esto por lana, por el maldito monimoco, por el monstruoso dinero!

Juan saca el revólver que tiene en un bolsillo, se lo coloca en la sien derecha y pone un dedo en el gatillo. Chaparro, que lo había seguido desde el pasillo sin dejar de mirar, de soslayo, hacia la recámara del niño, le da un fuerte golpe en la mano que empuña el arma y ésta va a caer debajo de unas zarzas.

–¡Suelta el cueeeete, loco, que se te va a ir un cocolaaaaazo! –exclama Chaparro, mientras lo aguanta de lado, fuertemente, por los brazos–. ¿Estás Darío o qué?

Juan llora con fuertes temblores en todo el cuerpo. Luisito –llamémosle desde ahora así—se para ante la puerta que da al jardín y exclama:

–¿Qué sucede?

Chaparro le apunta con su arma y grita:

–¡A la recámara! ¡Y ni te muevas de allí!

Zavala sigue sentado en el jardín, detrás de la casa, pensando en lo que va a hacer con lo que le toca del rescate. A cada rato sonríe, de oreja a oreja, y se frota las manos.

Juan cae, de rodillas, sobre la hierba y, con fuertes sollozos, sin voz, susurra:

–Soy un canalla…

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