El secuestro de la democracia

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Por Patrocinio Navarro

Desde el inicio de la última gran crisis en 2008,  el número de ricos ha aumentado de un modo escandaloso en todas partes, y también en los países con sistemas democráticos, mientras el número o de pobres, desempleados y excluidos alcanza cifras  igualmente escandalosas. También en los países con regímenes  democráticos. Y si la democracia política no ha sido sido capaz  de frenar este deterioro social, puede ser oportuno cuestionarla.

En primer lugar,  un asunto básico:la democracia no es un  fin  sino un medio para un fin. ¿Y cuál puede ser este, sino el bien común general del que tan lejos nos hallamos?

Los encuentros  de políticos conservadores de diverso tono ideológico- pero siempre parientes próximos a la hora de a verdad-   y otros burócratas en todas esas cumbres con que intentan deslumbrarnos con fotos de familia, negociaciones sin testigos y protegidos por un  enorme aparato policial, ponen en evidencia que nos hallamos en manos de sujetos con poder oscurantista y sin conciencia, sordos a las necesidades de sus gobernados y del Planeta  y proclives a matar al mensajero si  fuera necesario.

 Y si a  los grandes problemas que padecemos  no son capaces de darles solución  en los Parlamentos y conferencias de alto nivel,  algo esencial falla, y uno tiene derecho a preguntarse: ¿será que ha sido secuestrada la democracia?

Contra este estado de cosas, sólo las voces procedentes de grupos ecologistas,  cristianos libres, pacifistas, defensores de los derechos humanos y del mundo animal, críticos con los abusos del poder, político, económico, militar o contra la Naturaleza , intentan hacerse oír entre los obstáculos de los organizadores del ecocidio global y del estado policíaco mundial que pretenden imponer con silenciosa connivencia para evitar ser puestos en cuestión. Y las voces de protesta están más que justificadas; tanto como sus alternativas a la mala gestión del mundo bajo la batuta del gran capital. Pues bajo estos sistemas convenidos en llamarse democráticos tan aparentemente plurales como realmente imperfectos, se deciden a diario cuestiones que nos afectan, y parece natural querer profundizar en esta democracia formal que, por contra, se aleja de la real y permite cada vez mayor injerencia, desde hace muchos años, de los tentáculos de las grandes empresas en los ámbitos del poder político, social y cultural .Esa intromisión sin apenas cortapisas   ha originado  todo tipo de corrupciones y corruptelas de las que muchas veces los ciudadanos ni tenemos noticia siquiera, aunque comprobemos sus resultados sobre nuestra vida cotidiana, cada vez más mermada de libertades, cada vez más controlada a todos los niveles, y cada vez con menos oportunidades para mostrar y defender nuestros problemas reales fuera de los foros que se nos asignan por decreto, como es el caso de los burocratizados y obedientes sindicatos o en los cada vez menos operativos Parlamentos, tan sujetos a las conveniencias de fuerzas extra-parlamentarias, asediados por la corrupción y divididos entre partidos que se  obstaculizan entre sí.

Estas cuestiones básicas que nos alejan cada vez más de la democracia real, es natural que deban preocuparnos y que ello motive serias reflexiones entre los que soportamos las consecuencias de una mala democracia de un modo o de otro, pues no existe causa sin efecto, y las malas siembras nunca trajeron buenas cosechas.

Esta crisis, con diez años largos de antigüedad  causada por el neoliberalismo, que decidió especular más que producir, muestra a las claras cómo el poder financiero controla a los Estados y a la vida de las naciones sin que pueda oponérsele democracia alguna.

Parecería de lo más normal que en un estado democrático se contase con la presencia activa en los hemiciclos de todo tipo de asociaciones ciudadanas. ¿No son ciudadanos lo que necesitan los Estados para poder justificar su existencia?… Pues ahí deberían tener cabida asociaciones de vecinos, de profesionales, de consumidores, cooperativas de todo tipo, círculos culturales, ONG y todas aquellas agrupaciones de colectivos de cualquier condición capaces de aportar al conjunto la energía precisa para un bien común sin excluidos. Y es precisamente la ausencia de este tipo de organizaciones populares las que señalan la baja calidad de nuestras democracias, ya que sin ellas es muy fácil el compadreo político, el juego entre los grandes poderes  y el teatro parlamentario, por lo que son tan pocos hoy  los gobiernos que no se manifiesten partidarios de la democracia.

Se precisan con urgencia colectivos capaces de gestionar la vida pública en todas sus manifestaciones exceptuando a los que buscan desde siempre manipular las conciencias, monopolizar, controlar, desunir y desestabilizar, pues ninguno de ellos puede proporcionar bienestar y salud social, o favorecer la salud espiritual de los pueblos. Esto incluye a los políticos conservadores que defienden a los privilegiados,  a sindicalistas corruptos siempre dóciles al patrón; a clérigos, siempre hipócritas; a banqueros, siempre avaros insaciables. No son ninguno de ellos adecuados para dejar en sus manos la multitud de asuntos de interés cívico que podrían ser resueltos mucho mejor  con la participación libre y directa de los ciudadanos. ¿Acaso no son los ciudadanos los que eligen? ¿No son los que sostienen a empresarios, banqueros, políticos, y clero con su trabajo y sus impuestos? ¿No es nuestro voto, acaso, el que justifica la existencia misma de los gobiernos llamados democráticos? Pero nuestro voto no sirve para cambiar las cosas, sino para cambiar a los que nunca cambian las cosas.

Deben ser entonces los ciudadanos los que decidan la forma de los estados, los asuntos que deben ser abordados y resueltos por los gobiernos locales y nacionales y los modos de llevar a cabo las soluciones de los problemas colectivos. Y, en consecuencia, son los ciudadanos los que deben exigir que se cumplan sus decisiones. Porque no vale hacer promesas electorales para engañar a la gente, y asegurarse de este modo ilícito el uso de un poder inmerecido. En tal caso, debería disponer el pueblo de los recursos legales para juzgar a los que no cumplen sus promesas.

Parecería lógico, -¿no es cierto?- exigir que dimitan los irresponsables, los corruptos, los ineficaces, los que no acuden a cumplir sus horarios en los Parlamentos, y todos aquellos que no respetan la voluntad popular ni cumplen con el programa por el que fueron elegidos. Dimitir y restituir los daños causados parece lógico. Tan lógico como posible en una sociedad civilizada con una democracia real. No con estas.

Lo dicho y mucho más que podría decirse serían datos indicadores de una verdadera democracia. Sin embargo, estamos tan lejos, que lo que tenemos actualmente es tan sólo un esbozo pobrísimo de lo que podría ser. ¿Y por qué no es? Porque falta una conciencia mayoritaria en que sostenerse; porque la gente en general está dormida, acobardada, desconcertada, anclada en su propio ombligo, y carece mayoritariamente del sentido de eso que podríamos llamar “ El Nosotros”, que es conciencia social y ética. Prefiere practicar el “sálvese quien pueda”.

Y si no existe la conciencia del Nosotros, si todavía no es posible, ¿no es cierto que estamos desprotegidos unos por otros? Y a río revuelto…

¿No estamos en todas partes bajo dictaduras camufladas con mejor o peor fachada? ¿Acaso no estamos bajo la más refinada forma de un poder dictador que nos hace creer que nos representa para que lo legalicemos con nuestros votos, pero que una vez conseguidos nos impide participar adecuadamente para defender nuestros verdaderos intereses como personas y como ciudadanos? Miremos de frente la verdad. No tenemos democracias: sólo bocetos. Y lo peor de todo: aún así, nuestra conciencia colectiva no ha llegado a ser capaz de encontrar mejor solución a tanta degeneración ética como manifiesta la suma de tantas conciencias individuales incapaces de tomar las riendas tanto de sí mismas como de la sociedad, porque unos a otros nos entorpecemos con nuestro individualismo insolidario. Y ante el cambio climático apocalíptico que estamos comenzando a sufrir, el conjunto de los pueblos asisten tan impotentes como desorganizados al deterioro causado por los ricos y sus políticos con la ayuda de sus incondicionales y de los que se encogen de hombros y se dejan llevar por los aconteceres. Y a la vista de la escasez de respuestas populares que se tienen a nivel mundial ante las diversas cumbres sobre el clima, en las que nos jugamos la supervivencia en el Planeta junto a la de nuestros descendientes, percibimos hasta qué punto abundan los ignorantes, incautos, crédulos, y pusilánimes.

Sería impensable que una sociedad de espíritus selectos y libres pudiese tener organizaciones sociales tan burdas y gobiernos tan impresentables en su mayoría como los que exhibimos la presente humanidad con democracias o mafiocracias con cobertura política, en el mejor de los casos .Y en el peor,  con regímenes totalitarios, monarquías hereditarias medievales, jefaturas vitalicias obtenidas por violencia, gerontocracias religiosas, y otras maneras de apoyar la suela de la bota en el cuello de los pueblos.

La hora de las democracias participativas está hoy , por tanto, a la misma distancia que la necesidad de libertad personal de la mayoría de durmientes que conforman las sociedades que nos toca soportar. Despertar es toda la cuestión pero ¿cuándo? ¿Cómo? ¿Cuántos somos necesarios todavía para determinar el punto de inflexión?

Y es que la democracia, como todo, no puede estar detenida en un punto: o tiende a perfeccionarse o tiende a destruirse. De seguir así, vamos camino de lo último.

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