El Salvador. Desincentivar el odio

SAN SALVADOR – Estaba leyendo un diario de circulación nacional el caso de los cinco estudiantes que fueron asesinados y posteriormente enterrados en un predio baldío de Santa Tecla, es decir, con la intención de «desaparecerlos». Cosa terrible, no sólo lo sufrido por los jóvenes a la hora del homicidio, sino el trauma de por vida que le queda a sus familiares y amigos.
Estos casos fatales los vivimos antes, durante y después de la guerra civil, pero las heridas de la mayorías están a flor de piel por la impunidad que prevalece de antes y de ahora.

Pero, esa impunidad no sólo está en la mente y el corazón del Estado. No!, está también en la mente y el corazón de nuestra sociedad. Esto se manifiesta, por un lado, en la pasividad con que estas noticias se reciben, igualmente por la contribución que hacemos con una actitud predispuesta a la violencia.

En el mismo medio en el que aparecía esta información fatal de la localización de los cadáveres de los estudiantes, leí mensajes que algunas personas publicaron en las redes sociales.

Es inaudito como unos celebraban el asesinato de los jóvenes, al decir que se trataba de «cinco mareros menos». Otro mensaje exhortaba a dejar la tregua de las pandillas a un lado, y «fusilar» a todos los mareros… Así por el estilo. ¿Terrible, no?

Claro que no son sólo dos mensajes los que pueden representar el sentir de una sociedad; no obstante, son esas las ideas que navegan en la mente de muchos sectores. No hay la mínima sensibilidad ante nada ni por nadie.

Los gobernantes y políticos enarbolan los discursos más consagrados en defensa de la democracia, de la justicia y de la libertad, pero son los primeros en dar una inmensa cadena de ejemplo de desmanes, mentiras y falsedades. ¿Entonces, la sociedad en quién va creer?
Tenemos que darle vuelta al calcetín, definitivamente. No podemos andar pregonando que somos cristianos, hijos de Dios, revolucionarios y justicieros, si llevamos el rumbo contrario.
Tenemos que desincentivar el odio que llevamos arraigado y enraizado en nuestros genes y neuronas. Tenemos que buscar formas para erradicar esos males, como cuando quitamos las malas hiervas de las milpas, así como no acudir a los venenos, sino al abono natural para que nuestra savia sea limpia y auténtica.
La dictaduras se mantuvieron porque el miedo a la represión nos venció como sociedad; luego vino la guerra civil por la incapacidad de dialogar y entendernos. El pandillerismo es una consecuencia de nuestro desarreglo institucional, pero también de nuestra poca capacidad, como sociedad, de solventar con inteligencia la exclusión de una gran parte de la sociedad.
Recién escuchaba que el 10 por ciento de los niños y niñas salvadoreñas no tenían – ¡ a estas alturas ! – una partida de nacimiento. ¡Impresionante!
Esto es sólo un llamado a la conciencia, para todos nosotros, y para mí mismo.
* Juan José Dalton.  Columnista de contrACultura


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