Publicado en: 23 enero, 2019

El regreso electoral del fascismo

Por Francisco García Cediel

A nadie parece interesar analizar las causas de la abstención de las clases trabajadoras, a las cuales no se les da explicación coherente alguna sobre qué origina sus problemas.

Tras la irrupción de la marca Vox en las recientes elecciones andaluzas se han sucedido en los medios de comunicación análisis que, con sus evidentes matices, coinciden sustancialmente en señalar la emergencia electoral del fascismo rampante como un fenómeno nuevo, tal que hubiera surgido como setas sin saber muy bien como. En el campo de la llamada progresía las opiniones que apuntan en esa dirección obedecen fundamentalmente a dos razones:

La primera de ellas tiene que ver con el intento de tapar las propias vergüenzas de quienes opinan, en relación a su actitud de silencio cómplice en las últimas décadas. En la novela de Henning Mankell “la falsa pista”, un periodista afirma que hay dos tipos de profesionales de la información; uno es quien cava la tierra en busca de la verdad, estando abajo en el hoyo echando paletadas hacia arriba, pero encima hay otro devolviendo la tierra hacia abajo, para tapar dicha verdad, ejecutando los dictados del poder interesado en ocultar lo que realmente está sucediendo. Quienes ha ejercido como propagandistas del régimen durante décadas, negando y ocultando la pervivencia sociológica del fascismo y afirmando que estábamos en una democracia madura y avanzada, no pueden reconocer que el fascismo siempre estuvo ahí, aunque de modo soterrado, sin dejar al descubierto su propia actuación vergonzante como agentes de ese nebuloso “Ministerio de Información” que durante 40 años ha ejercido como defensor de los pactos de la transición con un discurso según el cual el aparato del Estado: judicatura, policía, ejército, funcionariado, un día se acostaron como falangistas y al día siguiente se levantaron como demócratas “de toda la vida”.

Y dicha reflexión es oportuna no solo en relación a analistas y periodistas, sino también y sobre todo para portavoces de las opciones políticas “constitucionalistas”, tributarias de aquellos pactos que les permitieron participar en la gestión de los intereses del capital a cambio de aceptar el statu quo impuesto.

La segunda razón es más coyuntural y oportunista; las opciones políticas autodenominadas de izquierda, que se postulan como administradores del sistema, tienen un enorme interés en propiciar una movilización controlada de las clases populares para que acudan a las urnas y les legitimen electoralmente como gobernantes, agitando el fantasma de la “alerta antifascista” que señaló Pablo Iglesias la misma noche electoral andaluza. Llegados a este punto, hemos de convenir que los resultados alcanzados por Vox en Andalucía han servido para enmascarar el acontecimiento más relevante de dichos comicios; la abstención casi masiva en el campo obrero y popular, que viene a poner de manifiesto la falta de identificación de dichos sectores con esos partidos que afirman representarles.

La encrucijada en la que se encuentran dichas estructuras electorales explica las disensiones en el seno de organizaciones como Podemos y tiene potencialmente un gran calado toda vez que, aunque los datos de los resultados electorales andaluces por pueblos y barrios demuestran que el voto a Vox proviene sobre todo de la burguesía, ni siquiera se puede descartar que dicha  opción pueda calar en el futuro en sectores  populares.

A nadie parece interesar analizar las causas de la abstención de las clases trabajadoras, a las cuales no se les da explicación coherente alguna sobre qué origina sus problemas. Ante el temor declarado de las opciones electoralistas de la llamada izquierda  a perder votos si enarbolan un discurso radical, se difunden por éstas estructuras tan solo mensajes edulcorados que ahondan en la convicción popular de que tan solo se les convoca para aupar con el voto a dichas opciones a una mayor porción de la tarta institucional. La clase obrera necesita identificar con claridad a sus enemigos, con nombres y apellidos, que no son otros que sus patronos y los usureros (sean éstos banqueros o administradores de fondos buitre), pero quienes señalan en ese sentido se sitúan fuera de lo políticamente correcto y, con el argumento de la lucha contra la intolerancia, son anatematizados con el epíteto de anti-sistema.

En la novela “1984” George Orwell acuña el concepto de “criminal del pensamiento”, refiriéndose a aquella persona que muestra resistencia a comulgar con la doctrina incluso contradictoria emitida por el poder. Curiosamente, en estos tiempos de redes sociales con lo que supone de pretendida difusión horizontal del pensamiento, el linchamiento mediático de quien se aparte de la doctrina imperante es mayor que en el pasado, debido a la colonización ideológica de las mentes que convierten a muchas personas en guardianes “horizontales” del pensamiento único, de tal modo que en muchas ocasiones el poder no tiene ni siquiera que reprimir abiertamente la disidencia. Se hace preciso abordar con valor un discurso coherente por más que se sufra el riesgo de ser vituperados por nuestras opiniones.

Retomando el tema que nos ocupa, hemos de señalar que el papel de los fascismos en la actualidad y en nuestro entorno geográfico es diferente al que cumplió en los años 20 y 30 del pasado siglo. Sigue siendo por supuesto un instrumento del capital financiero destinado a disciplinar a la clase trabajadora, pero en estos tiempos en los que no parece que haya una corriente política que ponga en peligro la dominación del capital, al menos en Europa, la opción de un gobierno fascista como dictadura terrorista directa del capital financiero no parece necesaria para la oligarquía por más que se pudiera configurar en un futuro si la crisis sistémica se traduce en impugnación social masiva del propio sistema de dominación.

 

El fascismo en el Estado español, en las últimas décadas, ha estado inserto en el Partido Popular, influyendo en la sombra a través de las propias estructuras del aparato del Estado y de multitud de entidades asociativas y sindicales que han actuado como frentes de masas para la difusión y reproducción de su ideología; asociaciones religiosas, recreativas, AMPAs de centros de enseñanza privados, asociaciones antiabortistas, fundaciones, etc., en muchos casos subvencionadas por las administraciones,  que han servido de plataformas y trampolines para sus miembros.

No es extraño que ante una crisis de legitimidad del sistema tan profunda como la que atravesamos, en la que todas las instituciones están gravemente desprestigiadas, y cuando el histórico adalid del neo-franquismo, el Partido Popular, está inmerso en una ciénaga de escándalos de corrupción, un sector de su base social se pueda sentir atraído por retomar sin ambages las viejas recetas fascistas.

Parece que, como ocurre en otros Estados de nuestro entorno, la formula de los partidos tradicionales para combatir en neo-fascismo pasa por asumir parte de su programa. En este sentido, el Ministro del Interior Grande-Marlaska ha anunciado que en el año 2019 se propone expulsar el doble de migrantes en situación irregular que en el año precedente ¡Curiosa manera de combatir el discurso xenófobo! También es llamativo que entre las medidas decididas recientemente por el actual gobierno se incluye reducir la fiscalidad de las empresas que tengan mujeres en sus consejos de administración.  Parece evidente que la concepción feminista del PSOE se aparta bastante de una elemental perspectiva de clase (o tal vez no), solo así se explica que se premie al Banco de Santander por tener a Ana Patricia Botín al frente de dicha entidad en vez de centrarse en la problemática de los sectores laborales feminizados como, por ejemplo, las camareras de pisos.

Las recetas “antifascistas” de las opciones electoralistas, en suma, son tributarias de su propia sumisión al sistema social imperante, lo que no parece pueda servir como cortafuego eficaz frente al avance de la ideología fascista, cuyo discurso falaz pero sencillo, de división de la clase trabajadora entre nativa y extranjera, entre hombres y mujeres, entre catalanes y castellanos, podría calar en el campo popular si no configuramos un discurso claro y liberador, alejados de los tópicos al uso.

 

Francisco García Cediel

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