El PSOE tiene dos opciones para evitar que siga gobernando el PP

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Por Jorge Cappa Fernández

Los resultados electorales del pasado 26-J en España fueron, más aún que sorprendentes, desoladores. ¿En qué sociedad vivimos si un partido político con tantos altos cargos implicados en casos de corrupción aumenta su apoyo en las urnas en casi 600 mil votos y 14 diputados con respecto a las elecciones del 20-D?

El Gobierno del Partido Popular de 2011 hasta ahora ha sido un claro ejemplo de políticas en contra de la mayoría social. Brutales recortes en servicios sociales básicos (como sanidad y educación), una reforma laboral que limita aún más los pocos derechos laborales que le quedaban a los trabajadores, desprecio a la cultura con un IVA desorbitado del 21% y una Ley Mordaza más propia de regímenes dictatoriales que de países democráticos, son ejemplos más que suficientes para que cualquier partido político decente esté en contra de apoyar o facilitar 4 años más de Gobierno del PP.

Y lo cierto es que es llamativo observar cómo desde que se conocieron los resultados en las urnas no existe un cuestionamiento ni político ni mediático en relación a la idea de que el PP seguirá gobernando. Prácticamente todo el mundo da por hecho que debe ser así, bien sea por convicción o por resignación, pero lo cierto es que para que eso ocurra necesita un cómplice (el PSOE, como 2º partido en número de votos y escaños) que, de no aceptar cumplir el rol para el que está siendo presionado, podría evitar que el Partido Popular y sus políticas sigan gobernando España.

Para lograr sacar adelante una eventual investidura, el PP necesita obtener 176 escaños a favor, o al menos obtener más síes que noes. Y es el PSOE quien tiene la clave para decidir el resultado, al poder facilitar la investidura de Rajoy o poder llevar a la práctica alguna de las dos opciones para que esto no ocurra.

¿Cuáles son estas dos opciones para evitar que el PP siga gobernando?

Rajoy cuenta con 137 escaños y, en una estimación optimista, podría llegar a obtener el apoyo de Ciudadanos (32 escaños), Coalición Canaria (1) y el PNV (5). Así, obtendría 175 síes. Contando con que el resto de partidos políticos con representación parlamentaría seguro que votarían “No” (incluyendo en este supuesto al PSOE), habría 175 noes, lo que daría como resultado un empate y haría que no saliese adelante la investidura.

A partir de ahí, el PSOE podría decidir entre una 1ª opción, que sería que Pedro Sánchez no se presentase a una investidura y forzar unas nuevas elecciones, o dar paso a la 2ª opción para evitar que el PP siga gobernando, que es optar por la posibilidad a la que se negó tras el 20-D: Con sus 85 escaños, podría liderar un Gobierno de cambio real (evidentemente sin Ciudadanos, que es un partido con políticas económicas claramente de derechas), donde estarían Unidos Podemos (con 71 escaños), ERC (9), CDC (8) y también el PNV (5).

Juntos sumarían 178 escaños a favor en una investidura de Pedro Sánchez, por lo que lograrían una cifra más que suficiente para lograr formar Gobierno.

¿Qué haría falta para que esta 2ª opción saliese adelante? La aceptación por parte del PSOE de liderar un Gobierno plural (con cargos importantes ocupados por miembros de los distintos partidos que formarían la coalición), que llevaría a cabo diversas políticas sociales y económicas en favor de una mayoría social.

Con eso lograría el PSOE tener el apoyo de Unidos Podemos. Para obtener el apoyo de ERC y CDC tendría que reconocer la plurinacionalidad que hay en España y, a partir de ahí, abrir un proceso de diálogo y reformas que facilitasen la posibilidad de que se celebrase en Cataluña un referéndum de autodeterminación, tal y como quiere una amplia mayoría de la población de ese territorio (estén o no a favor de la independencia).

En el caso del PNV (bastante más proclive a pactar con el PSOE que con el PP), habría que llegar a acuerdos que entre otras cosas pasarían, según los portavoces del partido vasco, por reforzar el poder territorial y realizar mejoras en infraestructuras en el País Vasco.

Por tanto, si el PSOE apuesta por una línea progresista tanto en las medidas sociales y económicas como en su diálogo con los partidos nacionalistas catalanes y vasco, podría obtener los apoyos suficientes para liderar un Gobierno alternativo al que ofrece Rajoy.

En definitiva, lo cierto ahora es que el PSOE tiene en su mano poder tomar uno de esos dos caminos que evitarían un Gobierno de 4 años del PP:

O votar “No” en la investidura de Rajoy y forzar unas nuevas elecciones o votar “No” e intentar formar un Gobierno del cambio, asumiendo los condicionantes anteriormente mencionados.

En caso de que no opte por ninguna de esas opciones y se abstenga en una investidura de Rajoy, lo que hará será convertirse en el cómplice del PP y dejar que gobierne, tal y como piden figuras importantes del ala derecha de su propio partido (como Felipe González, José Luis Corcuera, Susana Díaz o Guillermo Fernández Vara), que prefieren lo que sea, incluso dejar gobernar a la derecha más rancia y corrupta, antes de que Unidos Podemos forme parte de un posible Gobierno del cambio.

Tras una legislatura marcada por los recortes y la corrupción, es evidente que España necesita un Gobierno decente y progresista, y el primer paso para lograrlo es tener a una 2ª fuerza política que no sea ambigua y que plasme en la práctica su teórico rechazo al PP, ahora que tiene dos claras opciones para poder hacerlo.

Si da el paso, podrá obtener un soplo de dignidad con el que dar aire a sus siglas tras décadas de evidente decadencia ideológica, plasmada en la obtención de sus peores resultados históricos a nivel nacional, primero en el pasado 20-D y más tarde incluso superado en el reciente 26-J.

Si no da ese paso, volverá a quedar marcado como un partido político que se dice “de izquierdas” pero que en la práctica ejerce muchas veces de cómplice de un poder económico muy proclive a que el Partido Popular siga aplicando sus recetas, que tantos beneficios suponen para una minoría y tanto perjuicio están causando en una mayoría de población azotada por una crisis que parece no tener fin.

 

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