Publicado en: 21 febrero, 2018

El protagonismo de las encuestas españolas

Por Jose Medina

…las encuestas han logrado que los mismos partidos se encuentren divididos: los silencios de los populares sobre la continuidad de Rajoy como candidato, el desatinado Iglesias, el oportunismo de Ribera y, el liderazgo que no termina de convencer de Pedro Sánchez, han ofrecido tanta información que

Por  Jose Medina

En España hay un profundo desencanto hacia el político profesional, los pronósticos – de cristal – de las encuestas se han convertido en efectivos conductores del sentimiento ciudadano, demostrando que lo político ha imantado a la sociedad y, en ese mismo sentido sus datos han posibilitado, creado,  desmoralización tras desmoralización.

A la fascinación por las tendencias de los sondeos, le ha seguido la falta de credibilidad  en ellas, añadiéndose la coartada política de no querer realizar ningún pronóstico optimista por muy cerca que estén las elecciones.

En 2011 el CIS vaticinó que el PP lograría una horquilla de entre 190-195 diputados y el PSOE, entre 116 y 121 representantes. Al final los logros fueron de 186 / 110 diputados respectivamente. Pero no son los datos estadísticos ofrecidos los que están cubiertos de descréditos; hasta los más leales al Gobierno, a C´s, al Pose o a Podemos, ni se les ocurre aventurar un resultado si hoy se decidiera un adelanto de elecciones generales.

El desprestigio, indistintamente, recae sobre lo político, y es de tal magnitud que perder lo poco que queda puede convertirse en una verdadera tragedia partidista o personal.

Sin embargo el presidente Rajoy se ha autodefinido como el candidato del futuro, también como el más indolente sobre una realidad que no permite ahorrar un solo euro al mes, como el primer abanderado liberal de la necesaria privatización de las pensiones y, como el más duro separatista entre el idioma catalán y el español. Quizá está convencido de que los españoles se han acostumbrado a renunciar.

Pero resulta que las encuestas han asumido un nuevo liderazgo, ahora son capaces de polarizar las antipatías, dejando al votante que se suicide – políticamente – si quiere, que rechace de plano lo que ya conoce o, que dentro de su esfera más privada acepte el espectáculo que está viviendo todos los días. Es decir, que decida por lo que quiere tener.

En el reino de los borbones no existe, al estilo venezolano, el chavismo o el madurismo; aquí el desengaño y la espantada están prestos para cualquier momento, facilitando los favoritismos repentinos como el de Pablo Iglesias en su día o, el que Albert Rivera disfruta hoy.

En España, como en cualquier país cansado de la corruptela y la cara dura, las obligaciones de lealtad parecen estar saturándose, porque mientras los políticos hablan del mismo pasado y el mismo futuro, los ciudadanos quieren  una España más solidaria. Mientras los partidos luchan por evitar la creciente indiferenciación o desmultiplicación de sus seguidores, lo que va quedando en el ambiente es la necesidad de un aire fresco, un nuevo líder que sea, por lo menos, el resultado del filtraje de todo lo malo.

Los resultados de los innumerables sondeos han habilitado a muchos analistas españoles, cercanos o no al Gobierno de Rajoy, a blindar a sus candidatos con la intención de despejar los caminos para triunfar en una futura contienda.

Sin embargo la información obtenida de las encuestas ha logrado que los mismos partidos se encuentren divididos: los silencios de los populares sobre la continuidad de Rajoy como candidato presidencial, el desatinado Iglesias, el oportunismo de Ribera y, el liderazgo que no termina de convencer de Pedro Sánchez, han ofrecido tanta información sobre ellos mismos que la gente se ha quedado sin candidatos.

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