Chile. El proceso de valorización del Capital devenido en Estado: El Estado-Mercancía

Por Marcelo Cornejo Vilches

Hace unos meses atrás un viejo sabio, amigo mío -Guillermo Rodríguez M- me invitaba a reflexionar sobre la relación entre el Estado y el proceso de producción de ideología a cargo de entes privados. Me remitía a cierta corriente situacionista perteneciente al mundo de “la cultura”. De acuerdo a mi amigo, esta corriente europea, define […]

Hace unos meses atrás un viejo sabio, amigo mío -Guillermo Rodríguez M- me invitaba a reflexionar sobre la relación entre el Estado y el proceso de producción de ideología a cargo de entes privados. Me remitía a cierta corriente situacionista perteneciente al mundo de “la cultura”. De acuerdo a mi amigo, esta corriente europea, define que a escala global el capitalismo a decidido aumentar la extracción de plusvalía más allá de las horas de jornada del trabajador y de la capturada a través del consumo. Según esta corriente, el gran capital observa que hay horas o tiempo en que los explotados no están bajo su control o estruje directo y por ende deciden generar también un producto central que capture el ocio o el tiempo libre, contrayendo un mercado mundial también para ello y una estrategia de consumo de esos productos a ser desarrollados: la cultura basura, las cadenas monopólicas tipo FIFA, boxeo, cine, música pop, sistemas de comunicación (facebook, twiter ?) en definitiva una apuesta de espectáculo enajenante de las masas y para las masas donde son protagonista de esa misma puesta en escena global (los reality, telenovelitas de todo tipo,). En definitiva, en la correspondencia se me invitaba reflexionar a propósito de que a pesar de la crisis política de la élite y sus instituciones, a pesar de la escasa credibilidad en su gobernanza en el país, de la baja de popularidad presidencial, los niveles de organización siguen siempre muy bajos, y la dominación ideológica a escala global sigue siendo el sostén de los poderosos y freno obvio para unas políticas rupturistas.

A los hechos anteriores agregaría los procesos de licitación que permite a grandes empresas privadas, corporaciones, Fundaciones y ONGs, asumir y realizar funciones y roles que antes el Estado realizaba de forma pública y centralizada. Y qué decir del desnudamiento de las relaciones entre el Estado, la burguesía, y la democracia representativa. Ahí están los casos Penta, SQM, La Polar, el caso Farmacias, el caso de los pollos, el caso de los pueblos atestados de chancherias y procesadoras industriales de carne, el caso Cascadas, el caso Corpesca, el caso Litio, la privatización del cobre, el robo descarado de AFPs e Isapres, el caso Caval, el robo del agua a manos de los Edmundo Perez Yoma, la desertificación de antiguos valles para beneficiar proyectos energéticos mineros y agro industriales, los perdonazos en miles de cientos de millones de pesos en impuestos con el que SII ha beneficiado a los grandes grupos empresariales, las pequeñas amonestaciones verbales de la Corte Suprema frente a casos de estafas masivas en la colusión de precios, o la entrega de las riquezas marinas a unas muy pocas familias, mismas que sobornan públicamente sin pudor a los diputados y senadores, ministros y autoridades regionales que encantados corren a llenarse los bolsillos con las dádivas de sus patrones. Legislar para la burguesía es su papel. La élites empresariales se encargaran de comprar a buen precio representantes al parlamento y la presidencia en periódicas liquidaciones y subastas, actos al que eufemísticamente llaman elecciones, muy bien resguardadas por cierto por las Fuerzas Armadas, que evitan así “cualquier sorpresa” en estos espectáculos públicos de remates al mejor postor.

Junto a la pregunta que se me formula sobre el ¿por qué no pasa nada frente a este dantesco y abominable resquebrajamiento de credibilidad del sistema de dominación burgués?, me hago otra la pregunta, las izquierdas y sectores revolucionarios ¿comprenden realmente el carácter del Estado?, ¿qué reflexión teórica y política tienen a la mano quienes desde el campo de los revolucionarios delinean estrategia y táctica para la conducción de organizaciones en el gran campo de batallas de lucha de clases?

Es en este contexto que formulo algunas tesis sobre el Estado que podrían ser de cierta utilidad para quienes disputan, batallan y guerrean contra el sistema económico, político y social que nos domina.

En mis planteos realizados desde la Acumulación de Capital en Chile, pasando por la Crítica al Ciudadanismo junto con la Acumulación versus Centralización se establece como tesis central la siguiente: el desarrollo del capitalismo ha descansado en la agudización de la contradicción entre proceso de trabajo y proceso de valorización. A mi juicio, son pocos los marxistas que han tomado el peso a Marx cuando en el capítulo uno de la mercancía (tomo I) señala tajante lo siguiente: “Nadie hasta ahora, había puesto de relieve críticamente este doble carácter del trabajo representado por la mercancía. Y como este punto es el eje en torno al cual gira la comprensión de la economía política, hemos de detenernos a examinarlo con cierto cuidado” (pág., 9 FCE). En lo esencial lo que sigue es como el valor de uso (proceso de trabajo) – contenido del valor-y el valor mismo (proceso de valorización del capital) se trenzan y se enfrentan-, y cómo la forma y el contenido de la mercancía no sólo entran en contradicción sino que esta transmuta a “todo el proceso social de producción en su conjunto”. La lectura dialéctica de El Capital permite comprender que rápidamente el capitalismo no sólo se construiría amén del mercado mundial de valores, sino que además desaparecerían los compartimentos estancos sobre los que se desenvolvía la ley del valor: sector primario (renta), sector secundario (industria) y sector servicios (finanzas). En adelante los procesos de acumulación de capital (ley del valor) chocarían frontalmente con los procesos de centralización del capital (monopolios). Pero no solo eso, sino que además, los aspectos subjetivos (servicios, cultura, ideología, mentalidades, tecnologías de información, modas, futbol, prostitución televisiva (farándula), etc.), pasarían a jugar un rol cada vez más relevante en el desenvolvimiento de esta tijera propia del desarrollo del capitalismo: aumenta la masa de ganancia y tiende a caer la tasa de ganancia. ¿Cómo se evita que la tijera se rompa?, es en el campo de la lucha de clases donde se define la cuestión. Con esto, es posible entender que el aumento aceleradísimo de los procesos de proletarización encuentren su correlato en los procesos de crecimiento exponencial de los procesos arriba mencionados. De pasada, los planteos acerca de que el desarrollo del capitalismo es solo una cuestión de lectura dialéctica a lo Marx de la ley del valor, quedando invalidada la tesis sobre imperialismo de Lenin quedan sumamente cuestionados. En el mismo estatus de cuestionamiento quedan los planteos latinoamericanistas e idealistas presentes en vastos sectores de izquierdas. En mis análisis, por el contrario, los procesos de valorización del capital han subsumido en su socialización incluso hasta la prostitución y el tráfico de drogas. No es casual en este sentido, que The Economics hable del “pobre PIB”, pues como medida de valor no da cuenta en su medición por parte de Francia e Italia (a contrapelo de los estándares más estrictos de los alemanes) de los procesos sociales de producción de prostitutas, televisión, video-juegos, pornografía, márquetin, drogas, modas, internet, etc. Ya no existe un Estado como aparato separado del proceso de valorización del capital, sino que el proceso de valorización del capital es el propio Estado a su vez. Esta misma cuestión nos remite a la importancia estratégica de agudización de los componente subjetivos de la lucha de clases como elemento sustancial de empeoramiento del quiebre en el seno del proceso de producción en su conjunto. Este aspecto, a mi juicio ha sido comprendido muy bien por algunos cerebros y tanques pensantes de la burguesía. Por ejemplo, a nivel geopolítico, la toma de retaguardia del capital implica fracturas y quiebres en cuanto a la medida del cucharon que usa cada polo y fracción burguesa para sacar plusvalía de la gran olla que es el mercado mundial de valores pero, simultáneamente, la renta de la tierra pasa a ser el gran eje que le sirve al capital para usarlo como catapulta saltando encima de la clase proletaria mundial. A su vez, por ejemplo, en el caso de Oriente Medio, Siria, Donbass, Ucrania, Cuba, China, Vietnam, Venezuela, Nicaragua, las burguesías y oligarquías locales enfrentadas contra el eje imperialista OTAN, corren a buscar los símbolos legitimantes del socialismo, el ejército rojo, las estatuas de Lenin, las banderas de la antigua URSS, a Mao y su deseo de convertir a China en una gran potencia, las banderas del Ché, a Ho Chi Mingh y la heroica guerra anti imperialista, elementos sacados del mismo proceso social de producción que convirtió en actuales burguesías y oligarquías a las antiguas dirigencias y burocracias partidarias y estatales (ahí tenemos a Atilio Boron, por ejemplo, señalando a Venezuela como la Stalingrado de nuestra época, que en caso de caer, se acabo todo para cualquier alternativa al capitalismo, al tiempo que en su lógica es preferible ser invadidos por supermercados chinos a ser atacados por los B-52 norteamericanos). Es una dinámica que en la medida que prende en las masas, estas posibilitan en sus posiciones de fuerza catapultar a las oligarquías/burguesías para negociar en posición de vigor y potencia con la fracción burguesa opuesta. De forma coetánea, esta misma burguesía-oligarquía coloca su proyecto de clases nacido desde el seno del proceso social de producción, como eje hegemónico, destruyendo o subsumiendo las posibilidades de proyectos políticos de clase proletaria cada vez más mayoritaria.

Este es el punto central que diferencia mi análisis del realizado por gran parte de las izquierdas. Reitero, si alguna vez se concebía al Estado como súper estructura, brazo armado, etc., (siendo estas funciones hoy más relevantes que nunca), actualmente es el propio proceso social de producción el que se ha convertido en Estado al ensancharse como polímero – como la geometría fractal- proletarizando directamente a las masas que antiguamente servían en los “aparatos” de reproducción ideológica que actuaban como estructura separada del proceso. Ahí están los procesos de desaparición de las llamadas “clases medias” o “pequeño burguesía intelectual”. Por consiguiente, la dominación ya no solo se realiza por “fuera”, sino que desde el corazón mismo del proceso social de producción como campo en que se disputa la lucha de clases.

Se explica también el porqué es simplemente ingenuo y propio del populismo idealizar “lo popular” como campo opuesto a “lo estatal”. Lo popular en tanto signo identitario que representa socialmente a un sector de la masa de fuerza de trabajo, al ser parte del proceso de valorización del capital, es parte que sustenta y nutre al Estado.

También es simplemente una discusión ociosa hablar de la dominación político ideológica, del Estado burgués y del capitalismo como si estas fuesen realidades por completo ajenas a las clases proletarias. Por el contrario, si es posible hablar de proceso de valorización del capital sólo lo es en tanto cuanto sea el mismo proletariado quien venda -y con su sometimiento- sustenta al sistema de producción social capitalista en su conjunto. Tampoco podemos hablar de dominación por parte del Estado burgués sin reconocer que precisamente quienes sustentan dicha dominación y dicho Estado son precisamente los propios dominados, a saber las clases explotadas y proletarizadas. Es en este marco histórico que se entienden los sentidos y alcances de la lucha de clases, del papel del proyecto revolucionario, del rol de las organizaciones políticas revolucionarias, del enorme valor que adquieren las organizaciones sociales y el movimiento popular cuando nace precisamente contra toda certidumbre burguesa del seno mismo de la dominación burguesa. No tiene otro sentido la lucha de clases que la liberación por parte de la clase proletaria desde el horno mismo en que se encuentra sometida y recluida goteando plusvalía para esta especie de gran panadero, la burguesía. El horno burgués no está fuera de nosotros, sino que somos precisamente nosotros mismos los que estamos dentro del horno y cautelamos que este funcione asándonos sin mayores sobresaltos. De aquí entonces la importancia de comprender que el objetivo último de la clase proletaria es tomar bajo su control, dominio y goce al sistema de producción social en su conjunto. Pero este salto implica en clave marxistaleninista- dos cosas fundamentales, de un lado la formación de conciencia política de clases -la conciencia en sí y para sí- y, de otro lado, la destrucción y sometimiento del sistema estatal y de dominación burgués -la dictadura de clases proletaria-. La clase proletaria no somos inocente en la perpetuación del orden burgués.

Llegados a este punto cabe aquí hacerse cargo de un abanico de dimensiones plagada de oscuras argumentaciones y tautologías entreveradas en torno al carácter que tienen los trabajadores del Estado y de los llamados “sectores de servicios”. En general, se plantea que estos no tendrían carácter productivo por lo que no serían propiamente trabajadores explotados. Por extensión, este conjunto explicativo sirve para la caracterización de los trabajadores del llamado sector servicios. Estos serían una especie de clase parasitaria propia de la decadencia y descomposición del capitalismo monopolista. La racionalidad de su existencia seria la tendencia al derroche del sistema. La expansión del consumo sin límites sería absorbido por esta “clase media” improductiva y ajena a cualquier forma de generación de valor. Por consiguiente, la causa final por la que la clase proletaria no puede realizar su proyecto histórico de liberación social -la revolución- sería esta clase, desde cuya cuna o, a cuyo seno, salen o pretenden llegar los ideólogos, los gendarmes, sociólogos, psicólogos, policías, periodistas, abogados, profesores, promotores de intangibles, guardias de seguridad, publicistas, y casi un sin fin de etcs.

Pero nuevamente en esta argumentación aparecen los lugares comunes que han nublado el entendimiento de las leyes de desarrollo capitalista: 1) en primer término, la confusión entre proceso de trabajo y proceso de valorización. 2) la creencia de que el sistema capitalista puede funcionar ajeno a la ley del valor. 3) la idea de que existiría un aparato productivo “tragado” por un creciente “sector servicio” cuya participación en la producción de valor sería nulo o marginal. 4) la proliferación de sectores y clases sociales que no producirían plusvalía pero que, sin embargo, serían mayormente responsable de su consumo o realización.

Dado el doble carácter de la mercancía, puede entenderse el doble carácter del trabajo: como productor de valores de uso es proceso de trabajo, pero, como valorización del capital es creador de valores, es decir, de tiempos de trabajo sociales, génesis de la plusvalía. No es posible comprender las leyes del desarrollo del capitalismo sin la contradicción entre ambos procesos. El hecho de que se ejerza tal o cual servicio no tiene mayor significado que la mera función que cumple, sin embargo, resulta trascendental dentro del proceso global de valorización del capital dentro del proceso social de producción. Este segundo aspecto es otra distinción fundamental del desarrollo del capitalismo a saber, el proceso social de producción aglutina en una sola gran matriz a todas las actividades económicas. Es menester recalcar que el despliegue de la ley del valor busca alcanzar la universalidad, en tal sentido, a medida que se van ensamblando los mercados, también se van ensamblando todas y cada una de las actividades socio-económicas que en tiempos pretéritos aparecían separados y compartimentados en “sectores”. Emerge así no sólo la estandarización de la producción, la distribución y el consumo en un nivel global, compartiendo patrones de distribución y consumo independiente del lugar de la tierra en que se encuentre la humanidad, sino que además, cada acción ejercida dentro de este proceso social de producción global que se ensancha y profundiza, es esencial dentro de la valorización mundial del capital. En este sentido, los servicios, la venta de intangibles, las finanzas, la renta, la extracción de materias primas, el comercio, pierden el traje de aparente pulcritud, de su aparente asepsia en relación a la ley del valor. En tanto proceso social de producción y valorización del capital, todas y cada una de las actividades, están manchadas con el lodo y hedor de la plusvalía y por tanto del capital. Todas y cada una de las actividades están afectos a la sucesión sin fin del despliegue de la ley del valor. En este sentido, los trabajadores asalariados del sector servicio, de los intangibles, del Estado, sí son parte de la serie, encadenamiento mundial de explotación y por tanto sí son trabajadores explotados que cooperan en la producción, distribución y realización de la plusvalía. Por cierto, que en la medida que las fuerzas internas del sistema capitalista empalma a todas y cada una de las actividades socio económicas, alimentan no solo el proceso de acumulación de capital, sino que además el proceso de centralización del capital. Esta nueva contradicción entre acumulación y centralización de capitales no sólo explicara la proletarización masiva de a sociedad y la pérdida de “estatus” a las otroras “capas medias”, sino que se expresaran en profundas crisis de productividad, en abultamiento del capital ficticio, en la tirantés entre renta diferencial y renta absoluta, procesos que se explican en la discrepancia y desafecto entre la tasa media de ganancia (a la baja) y la tasa de ganancia extraordinaria (al alza) o, dicho de otro modo, entre la tasa de explotación que oscila a la baja y la masa de ganancia que empuja al alza (aunque hoy día es conveniente aclarar que el fin del súper ciclo de materias primas y energéticos ha significado la desaparición de la renta diferencial, y por tanto de esta tasa de ganancia extraordinaria). Pareciese entonces que efectivamente el capitalismo pudiese moverse por inercia ajeno a la producción de valor. Sin embargo, la lucha de clases, el plan de las grandes potencias imperialistas para destruir Estados y sociedades llevándolos a la condición de mini estados con carácter de enclaves -ahí están las crisis de migración mundial desde el campo a la ciudad, desde los países arrasados por la guerra hacia las sociedades “desarrolladas” de Europa y EE.UU-, las furiosas y cada vez más frecuentes crisis económicas, la aparente fatiga del sistema capitalista para hacer crecer la producción de masas de medios de producción, lejos de representar un capitalismo monopolista en decadencia, representa por un lado, la agudización contradictoria de los propios mecanismos de ajustes del sistema para refrenar las tendencias y la configuración mundial de condiciones históricas objetivas para el socialismo, engendradas por el despliegue y contradicción de las mismas leyes de desarrollo capitalista. En este sentido, el aumento de la masa mundial de explotados asalariados y el recrudecimiento de la lucha de clases, no hablan de un sistema capitalista monopolista en decadencia, sino de un sistema capitalista que se sostiene gracias a la ley del valor pero que se desestabiliza gracias a sus contradicciones internas, tejiendo las condiciones históricas opuestas para su propio camino de destrucción. Es que no puede ser de otra forma, la crisis de productividad mundial se debe al aumento histórico sin precedente de la masa de explotados asalariados responsables a su vez no sólo del aumento de la masa de plusvalía sino del incremento de la masa de capital, tendencia histórica que no es posible disociarla del agravamiento de la lucha de clases. Estos procesos profundamente imbricados torna en un absurdo la idea de que el sistema pueda funcionar sin producir valor, engrosando el consumo de una gran clase parasitaria de trabajadores ligada a los servicios y las funciones del Estado ajenos a la valorización del capital global en su conjunto.

Al distinguir entre proceso de trabajo y proceso de valorización, algunos podrían deducir que en cuanto proceso de trabajo, las funciones del Estado son neutras, derivándose de ello la posibilidad de disputar en la dimensión política la conducción del Estado. Esto funcionaría muy bien si estuviésemos hablando del Estado como un ente puramente jurídico, abstracto, ahistórico. Sin embargo, cuando hablamos del proceso de valorización del capital, estamos hablando de un proceso histórico especifico sustancial al capitalismo, por lo que el Estado que surge en dicho proceso de valorización no puede ser otro sino el Estado capitalista burgués, el producto en cuanto forma y contenido del dominio de una clase sobre otra. Esta lucha de clases no es posible si no existe valorización del capital; a su vez, las condiciones histórico y políticas que separan al proceso de trabajo y al proceso de valorización no es posible configurarla sin la preeminencia del Estado con un claro contenido de clases. Dicho esto, la distancia entre lo público y lo privado desaparece, la dicotomía entre el deber y el placer se esfuman, los negocios y la entretención todo se convierte en Mercancía. El hada que les convierte se llama proceso de valorización del capital y en él, aparece como mercancía el propio Estado. Con este eje vectorial, toda acción político estatal se inscribe como mecanismo de valorización del capital, con todas las contradicciones que esto supone. Cuando sostenemos que el Estado se presenta como una Mercancía, abordamos de lleno la aparente contradicción entre violencia y ley del valor. Es el Estado el que expresa como condición fundamental del capital, el ejercicio de la violencia, la coacción y coerción, condiciones básicas a su vez para la propiedad privada capitalista. El Estado es una Mercancía y en tanto mercancía revela una relación social enajenante y alienante para quienes venden su fuerza de trabajo en cualquier órbita o momento del proceso social de producción en su conjunto.

Las imbricaciones entre el proceso de valorización del capital y el Estado alcanzan también a su relación con la renta de la tierra. Como entidad que expresa los intereses de las distintas fracciones dominantes de la burguesía local, el Estado intenta apropiarse de una renta diferencial a partir del mercado mundial de materias primas y recursos naturales, logrando así obtener ganancias extraordinarias por sobre la ganancia media o normal, alimentando de paso, la formación de capital ficticio. Pero, en tanto materialización de la violencia político-ideológico a nivel local o regional, el Estado asegura las condiciones históricas para la preeminencia de la propiedad privada sobre los medios de producción en general y de la posesión y goce de los recursos naturales y materias primas en particular configurando la bese para la renta absoluta.

Y, hay otros procesos concomitantes también como por ejemplo el crecimiento abultado de la deuda pública que la economía política burguesa no sabe explicar y recrimina, pero al mismo tiempo la burguesía la estimula y favorece.

Huelga señalar que en el plano político, todo lo que signifique legitimar “campo político ganado” -en clave ciudadanista dentro del proceso de producción social, no hace sino crear la fuente de legitimación que permite no solo su reproducción en escala ampliada, sino darle chance a que no se quiebre la tijera entre masa y tasa de ganancia, y a impedir que la lucha de clases sea el campo en que nos transformamos en clase proletaria consciente que toman en sus manos el proceso social de producción en su conjunto.

Se explica ahí también el derrumbe de la tesis que planteaba la autonomía de la burguesía respecto del Estado. Se explica así mismo la imposible disolución entre el financiamiento del gran empresariado pinochetista a la Nueva Mayoría. La pequeburguesía y los ciudadanistas, escandalizados, buscando culpables, sanciones, oxigenación de la dirigencia y estructura política, en definitiva, asamblea constituyente.

En consecuencia, seguimos asistiendo a diversos escenarios universales, en los que pese a la implosión de las instituciones burguesas, estas no terminan en procesos revolucionarios, sino en procesos de reafirmación burguesa mediante “revoluciones ciudadanas”, “proyectos progresistas”, “socialismos veintiuneros” , con mecanismos ya corrientes como la destitución o caída del liderazgo burgués de turno, el poder popular constituyente o su mutación en poder popular comunitario (versión local acá en Chile), procesos legales e institucionales con carácter de asamblea constituyente, irrupción de masas en las calles afirmando a líderes que por su condición son irreemplazables (caso del presidente Chávez); todos procesos que no buscan tomar el control y poder político del proceso social de producción bajo una nítida dictadura proletaria con definitivo carácter anti burgués y anti capitalista, sino con carácter ciudadanista, anti yanky, con capitalismos controlados éticamente por la ciudadanía en pos del desarrollo social, con burguesías progresistas, con imperialismo multilaterales y multipolares, con nacionalismos anti imperialistas siempre que se trate de EE.UU y sus vasallos de la OTAN, no así de China o Rusia, etc.

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