El problema del mal*

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La imagen traída por los medios en estos días de cientos de prisioneros desnudos –casi-, las manos esposadas atrás  y apiñados en idéntica forma a como se encajan en una estantería de almacén muchos objetos que por su hechura ajustan perfectamente, ajuste que  no deja intersticio alguno y  cumple el fin de  darle un uso racional al  espacio al tiempo que un regio viso de orden al inventario, me produjo una de esas desazones para las que por desgracia nos llegan motivos todos los días. Sí. Todos.

Ese ensamblaje humano era previo al siguiente paso: conservando la posición y simetría  aunque  incorporándose lo necesario para con la cabeza gacha y siempre esposados, hacerlos caminar a un salón donde serían embutidos. Luego, se suspendería el servicio de luz, y la reja de hierro único espacio de aire, luz y vista de la galera, sería sellada con una lámina metálica soldada en el exterior.  Y ese será en adelante el lugar donde redimirán sus penas esos reos: en la completa oscuridad, hacinados  y sin la menor comunicación con el exterior así fuera el prodigio de un   rayo de luz que a lo lejos  se vislumbrara. Quizás por un agujero les introducirán alguna comida. Tampoco era  el caso de dejarlos morir de hambre. Cosa impiadosa dirían los carceleros.

Pero no, no se trata de una de tantísimas vejaciones que a diario –sin saltarse uno solo- se cometen en el mundo un poco a la clandestina, otro poco  cuando son develados, argüidos como  abusos de autoridad no consentidos por sus superiores, frente a los cuales manifiestan su hipócrita y firme rechazo. No. Esta es una orden expresa y enfática del presidente de El Salvador Nayib Bukele. El episodio me llevó a una honda cavilación sobre la impiedad humana, muy especialmente la ligada al poder. Desde siempre. En todos  los tiempos y  latitudes.

Por mejor decir, para un paneo de la inclemencia del hombre con sus semejantes no hay  que ir tan lejos como al antiguo Egipto o a la ya muy ilustrada y jurídica Roma de la Ley de las Doce Tablas, donde por ejemplo era norma que el acreedor cobrara la deuda insatisfecha cortando pedazos del cuerpo de su deudor (si plus minusve  secuerunt, ne fraude esto –corten más o menos, no sea fraude -). Ni a los primeros tiempos de la cristiandad cuando a un creyente se servían asarlo en parrilla por no abjurar de su fe, o a los días del medioevo y más acá, cuando auto de fe mediante, quemaban en la hoguera a una inocente sólo por una infundada y malévola insinuación. Tampoco hay que remontarse a las fechas en que al infeliz que atentó contra un rey, le ataron las extremidades a caballos para luego  azotarlos  con furia a fin de que cogieran en distinta dirección.

No hay entonces que remitirse a  épocas de “bárbaras naciones”, tiempos felizmente superados por la humanidad, sociedades e instituciones que aún no habían alcanzado el esplendor  de la civilización y la cultura que las nuestras sí. Es en el aquí y ahora de la historia, como en los momentos de escribir esta nota, cuando perturba el ánimo el video llegado por redes sociales y que conmovió al mundo por fugaces cinco minutos: un bravucón corpulento policía norteamericano, con todo el peso de su musculatura aplastando y vapuleando a un niño de catorce años. O apenas este 22 de marzo del año del coronavirus, ver por la televisión  a la ministra de Justicia de Colombia, para mayor enfado recién llegada de la Corte Suprema,  al alimón con el general jefe de los carceleros del país, henchidos de orgullo entregando a la nación un parte de victoria: se conjuró el acto terrorista de intento de fuga de cinco mil delincuentes de la cárcel Modelo de Bogotá. A un costo realmente pequeño: 25 prisioneros muertos y 80 gravemente heridos.  Lo único cierto del brutal informe era la cifra de víctimas. Lo demás, falso. Sí hubo un  amotinamiento violento,  en todo caso con la violencia al alcance de hombres sometidos, inermes y aislados entre sí, pero en legítimo reclamo de  medidas sanitarias para no ser víctimas de la mortal pandemia. Pero había que santificar la masacre oficial. Habían atentado contra el rey. ¿Qué más querían?

Y sí. Esos muchachos humillados y ensamblados a la manera de fardos en un anaquel de ferretería, son quizás todos miembros de las peligrosas “maras” de El Salvador autores de crímenes sin cuento. Pero viendo esa escena me embargaron dos sensaciones: la primera, la certidumbre de que esos pandilleros en todo caso, no son más malvados que aquellos que les  infligen ese trato.  Y la segunda, me vino  a la mente la sapientísima  exposición  de Nietzsche  sobre la crueldad humana. En su “Genealogía de la moral”, trata de ese “sentimiento de bienestar del hombre a quien le es lícito descargar su poder, sin ningún escrúpulo, sobre un impotente. Esa voluptuosidad tan parecida a la felicidad, de hacer el mal por el placer de hacerlo”. La infinidad de episodios a lo largo de la historia desde la más  remota hasta la que en estos instantes se escribe, hacen de esta afirmación un axioma.

Nietzsche incluso con fundamento en la historia, señala acusadoramente la existencia de un derecho a la crueldad.   Es más: apunta ya desde su tiempo -1844-1900- que se está en camino “hacia la espiritualización y ´divinización´  siempre creciente de la crueldad, que atraviesan la historia entera de la cultura superior”. ¿Qué diría el genio alemán hoy  a 120 años  de distancia, después de   Corea y Vietnam,  Camboya y  Birmania, Bosnia, Irak, Afganistán, Zimbabwe, Libia y Palestina, la colonización  del África y las dictaduras latinoamericanas?

La carga de profundidad del filósofo la dirige contra cualquier forma de  moral, de “buenas costumbres” de legislación controladora  y principalmente contra el cristianismo por las que llama  sus sádicas ideas de culpa y pecado, remordimiento y reparación, que hacen  de la suya una moral para siervos y esclavos. No para hombres libres e inocentes como debe serlo, con un Dios poderoso afirmante de la vida absoluta.

Y ese muy sustentado discurso libertario que no es inmoral sino amoral, y en relación con la materia que nos ocupa, remite al hecho de que esas prácticas –desde aquellas atroces de Egipto y Roma-  el derecho del vencedor, del  soberano o del acreedor, en esencia del poderoso para hacer lo que quiera con el vencido, el vasallo o el deudor, y que van desde el mundo de la guerra y la política hasta el civil de las obligaciones, esas prácticas repito,  tienen  su hogar nativo en el orbe de las normas humanas y divinas y los conceptos morales de culpa, pecado y expiación. Mundo que al igual que el comienzo de todas las cosas grandes en la tierra, ha estado salpicado de sangre. Y después de esta afirmación,  remata con provocadora y perturbadora lucidez el filósofo: “Y no sería lícito añadir que, en el fondo, aquel mundo no ha vuelto a perder nunca del todo un cierto olor a sangre y a tortura?»

Y cuando vemos esa despótica orden del salvadoreño Nayib Bukele y la vinculamos con las acciones de los presidentes Bolsonaro de Brasil, la autoproclamada Jeanine Áñez de Bolivia y Jimmy Morales de Guatemala, todos fuertemente apoyados por el evangelismo de sus países y atendiendo la voluntad de Dios según alegan, y luego vamos a lo inconcebible, el mandatario de Filipinas Rodrigo Duterte llamando a asesinar por miles y en efecto haciéndolo a la luz  del día y reclamándolo como su obra, ya no en nombre de Dios –es un idiota dijo-, sino de “principios”, y si después reparamos en  que  George Bush  emprendió la inmolación de cientos de miles de inocentes de Afganistán e Irak en una  criminal cruzada en la que Dios combatía a su lado según dijo, y observamos con qué gozo  estos gobernantes hacen todo eso, no nos queda más que decir con  el sabio alemán ahora profeta:

“Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre. ¡También en la pena hay muchos elementos festivos!”.

*Con la venía del filósofo Andrés Holguín

Alianza de Medios Por la Paz

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