El problema de Orwell

Hace ya bastantes años que Noam Chomsky planteó en su obra El conocimiento del lenguaje (1) la siguiente pregunta: “cómo conocemos tan poco considerando que disponemos de una evidencia tan amplia”, cuestión a la que denominó “el problema de Orwell”, en homenaje al autor de 1984, una antiutopía en la se describe cómo el estado ha logrado poseer el control sobre el pensamiento de sus ciudadanos mediante el empleo sistemático de la propaganda y la manipulación deliberada del conocimiento del pasado. Chomsky, sin duda, estuvo acertado en escoger a Orwell como ejemplo de intelectual preocupado por esta cuestión. Pero –como él mismo indica– Orwell no fue más allá del modelo totalitario típico, en el que “los mecanismos empleados para inducir a la pasividad y al conformismo son relativamente transparentes”. Por el contrario, Chomsky se ha dedicado a estudiar y a denunciar un modelo de control del pensamiento mucho más sofisticado y sutil, justamente el modelo que funciona en las sociedades denominadas “democráticas”.

Chomsky intenta demostrar que en dichas sociedades, para lograr el acatamiento sin rechistar de sus decisiones, el poder necesita llevar a cabo de manera constante lo que el propagandista norteamericano Walter Lippman denominó “la manufactura del consentimiento”, ya que no le es posible lograrlo mediante el mero uso de la fuerza, como sucede en los estados totalitarios. A diferencia de lo que sucede en éstos, en las sociedades “democráticas” el control ideológico es mucho más importante que la violencia, es el mecanismo esencial para el mantenimiento del orden, debido a que es necesario preservar la apariencia de libertad y ello implica limitar en lo posible el uso de la fuerza (aunque no del todo). Y es que la eficacia del poder en convencer a la mayoría de la población de que realmente existe libertad de pensamiento y de elección –es decir, que la propaganda y la coacción son cosas exclusivas de los estados totalitarios– es tal, que hace innecesario, la mayoría de las veces, el uso de la represión física para lograr sus fines. Precisamente, la ausencia aparente de represión, por ser innecesaria para mantener a raya a la mayoría de nosotros, es el mejor argumento que emplean para convencernos de que vivimos en una sociedad democrática.

¿Cómo logra el poder crear consenso entre la mayoría de la población acerca de sus decisiones y acerca de la configuración misma de la sociedad y del sistema político vigente, manteniendo al mismo tiempo viva la ilusión sobre su carácter democrático? Chomsky argumenta que se consigue mediante un control estricto del marco ideológico en el que se puede discutir la realidad. Aparentemente, existe libertad en debatir sobre los hechos que acontecen diariamente, pero en la práctica las posturas críticas se reducen drásticamente a aquellas que no alcanzan nunca a cuestionar los fundamentos mismos del sistema. Es así como se logra mantener la ilusión de que existe el derecho a disentir, a diferencia de los estados totalitarios, donde se exige una fidelidad total y declarada a la doctrina oficial. En las sociedades “democráticas”, en cambio, se da una apariencia de debate, de enfrentamiento ideológico y, por tanto, de libertad de pensamiento. Pero, repito, los críticos que pueden alzar su voz y tienen derecho a participar en el debate son únicamente aquellos que nunca se atreven a poner en cuestión al sistema como tal. Los que sí lo hacen son rechazados, marginados, ninguneados, simplemente, no existen, o cuando no se les puede callar, se procura restarles credibilidad. La aparente ausencia de una doctrina oficial no impide que, en la práctica, ésta sí exista, e influya de forma decisiva en el subconsciente de aquellos que tienen voz, incluso de los que son de alguna manera críticos con el poder, aunque manteniendo una fidelidad estricta a sus principios. Para Chomsky, incorporar a éstos últimos al debate ha supuesto el gran logro del sistema de propaganda de las sociedades “democráticas”, “marginando con ello la auténtica discusión crítica y racional, que ha de quedar neutralizada”. Efectivamente, la exhibición continua de un falso debate sobre la realidad social implica la ausencia de un verdadero debate, un debate libre que abra la puerta a un cambio social en profundidad, justo lo que tanto teme el poder establecido.

En otra parte (2), Chomsky se dedicó a estudiar el papel que tienen los medios de comunicación de masas en la fabricación del consentimiento, cumpliendo la función de “inculcar a los individuos los valores, creencias y códigos de comportamiento que les harán integrarse en las estructuras institucionales de la sociedad”. Dicha función no es exclusiva, naturalmente, de los medios de comunicación de masas; otras instituciones, como la escuela o la familia, cumplen el mismo papel, pero sucede que en la sociedad actual los medios han adquirido tal poder e influencia que logran ensombrecer la actuación de las demás instituciones, hasta el punto de convertirlas casi en meras subordinadas. Dicho poder e influencia, sin duda, tienen mucho que ver con la premisa según la cual los medios –especialmente los de propiedad privada– son los garantes principales de la mismísima democracia, debido a su supuesta independencia respecto al poder (que la mayoría de nosotros confundimos con el político). De repetir esta idea hasta la saciedad se encargan constantemente ellos mismos. Saben perfectamente que de ello depende su credibilidad y, por tanto, su propia existencia. Precisamente esta supuesta independencia y objetividad de los medios es uno de los rasgos que emplea el poder para sostener que la sociedad es democrática, ya que se presume que éstos ejercen el papel de “guardianes de la libertad”, gracias a su vigilancia constante de lo que hace el gobierno. Sin embargo, intelectuales de la talla de Chomsky, y otros como él, se han encargado de tirar por tierra este mito, precisamente destacando la labor propagandística que los medios ejercen a favor, sobre todo, del poder económico, los cuales reservan sus críticas al poder político casi en exclusiva, aunque ajustándose la mayoría de las veces a los intereses de éste último, por supuesto.

El hecho mismo de que los medios deban someterse a las reglas del mercado ya es un indicio claro que cuestiona su independencia. La publicidad es su fuente de beneficios principal. Los anunciantes ejercen inevitablemente una labor de censores sobre los contenidos que publican los medios. ¿Alguien se imagina una gran empresa renunciando a retirar su publicidad en el caso de que un periódico decida publicar un artículo en el que se pone en entredicho su responsabilidad social en temas como el medio ambiente o el despido de miles de sus trabajadores? ¿Verdad que no? Pero no acaba ahí la influencia que tiene el poder económico sobre lo que publican, o no publican, los medios. Éstos mismos son empresas, que forman parte de conglomerados empresariales más grandes, con intereses propios. Chomsky ha llamado la atención sobre cómo el mercado logró hundir la prensa obrera que existía a principios y a mediados del siglo XX, cosa que no pudo hacer ni el propio estado con sus leyes antilibelo. El incremento de los costes que suponía editar una publicación a consecuencia de la industrialización de la prensa provocaba enormes problemas de financiación, que restringían la puesta en marcha de periódicos a los grandes inversionistas. Fue así como se hizo prácticamente imposible mantener una prensa independiente del poder económico. En la práctica, únicamente los capitalistas podían poseer medios de comunicación propios. Con el tiempo, su propiedad se fue concentrando más y más en menor número de empresas, cada vez más grandes, hasta alcanzar el nivel de los imperios de la comunicación actuales, como News Corporation, propiedad de Rupert Murdoch, que posee el diario inglés The Times, el New York Post, la productora Twenty Century Fox, o la cadena de noticias Fox News. Son estos grandes grupos de la comunicación los que determinan el orden del día y proporcionan la mayor parte de las noticias a los medios situados en el estrato inferior, especialmente desde que la televisión detenta la hegemonía de la comunicación dada su inmediatez y su capacidad de llegar a todas partes. Hoy en día el criterio por el que se rigen los medios es la rentabilidad económica, fruto de su total integración en el mercado bursátil, lo que aleja casi por completo el trabajo periodístico de su objetivo original: servir de contrapoder al poder mismo. Los medios ya no son dirigidos por profesionales de la comunicación, sino por ejecutivos empresariales y expertos en finanzas. Por otro lado, las grandes fortunas los controlan porque poseen la mayor parte de sus acciones. Empresas ajenas por completo al sector de la comunicación han absorbido muchos de estos grupos compuestos de canales de televisión, emisoras de radio y periódicos. Si a ello añadimos el poder de los anunciantes per se, deberemos admitir que el control desde arriba es total: “las grandes empresas que se anuncian en la televisión raramente patrocinarán programas que aborden serias críticas a las actividades empresariales, tales como el problema de la degradación ambiental, las actividades del complejo militar-industrial, o el apoyo de estas empresas a las tiranías del Tercer Mundo y los beneficios que obtienen del mismo.” Como consecuencia de ello, la calidad y la profundidad de la información se resiente gravemente. La frivolidad, el sensacionalismo y la superficialidad conquistan el terreno de que antes gozaba el periodismo de investigación serio.

Sin embargo, como destaca Chomsky, no siempre es necesario ejercer un control directo sobre el trabajo de los periodistas. Ellos mismos practican continuamente la autocensura. La mayoría de las personas que trabajan en los medios han pasado una criba en la que han demostrado que “piensan correctamente”, es decir que tienen lo suficientemente atrofiado su pensamiento crítico como para poder trabajar en un medio de comunicación “respetable”. La constante selección de noticias que favorecen los intereses de los poderosos, el perpetuo ejercicio del descarte de informaciones que perjudican a éstos, son prácticas que han logrado interiorizar, debido a lo cual no aprecian hasta qué punto están siendo influidos por poderes ajenos a ellos, lo cual explica por qué “presentan historias o guardan silencio todos a una, en una acción colectiva tácita y con una conducta de seguimiento del líder”. Todo esto hace innecesario, por tanto, la burocratización de la censura que existe en los estados totalitarios. Simplemente, no hace falta, porque existe consenso entre los informadores acerca de su “libertad” para informar.

Por otro lado, Chomsky nos recuerda que la naturaleza misma de los medios y su necesidad de proporcionar un flujo continuo e ininterrumpido de información les obliga a estar sometidos a las fuentes de información oficiales, es decir: el gobierno y las empresas, los cuales se convierten en propagandistas de sí mismos. Todos conocemos el papel que el Pentágono y las agencias de inteligencia norteamericanas tienen, y han tenido, en elaborar propaganda a favor de sus intereses imperiales. Pero no son tan conocidas las actividades de la comunidad empresarial en el terreno de la comunicación, con sus fundaciones, sus think tanks y sus “expertos” a sueldo, reclutados en el mundo académico, empresarial e incluso funcionarial. La información procedente de fuentes oficiales –tanto públicas como privadas– reduce considerablemente los gastos que conlleva una investigación de los hechos directa e independiente, lo cual es importante cuando la rentabilidad es lo que cuenta. El dinero gastado por las agencias de información oficiales en proporcionar contenidos favorables a la prensa es considerable y ayuda a comprender qué hay de cierto en la famosa presunción de la independencia de los medios respecto al poder establecido.

Pero lo realmente paradójico es que no es mediante un ejercicio de restricción del acceso a la información –al estilo de la censura que funciona en los estados totalitarios– que el poder logra fabricar el consenso necesario para mantener a salvo la estabilidad del sistema. Chomsky arguye que sucede justamente lo contrario: el poder se permite el lujo de conceder acceso a la información a quien quiera tomarse la molestia de saber lo que realmente sucede en el mundo. Las fuentes de información están ahí, al alcance de casi todos y más hoy en día, gracias a Internet. Disponer de información suficiente como para desmontar todas y cada una de las mentiras que difunde el sistema de propaganda es posible sin violar ninguna ley ni correr el riesgo de ir a la cárcel, algo que no pudieron decir nuestros antepasados, que vivieron bajo dictaduras brutales como la de Franco. Si fuera ésa la dificultad, Internet supondría la respuesta al problema de Orwell. Pero no es así, ni mucho menos. Paradójicamente –repito– la ignorancia acerca de la realidad social es palmaria y generalizada, a pesar del volumen ingente de información generado día a día en la red. Ignacio Ramonet (3) ha llamado la atención sobre la hegemonía que tiene el mensaje televisivo sobre el resto de modalidades de comunicación. La televisión impone desde los años cuarenta su visión acerca de la actualidad, de lo que es noticiable y no lo es. “La televisión construye la actualidad, provoca el shock emocional y condena prácticamente al silencio y a la indiferencia a los hechos que carecen de imágenes”. La imagen del acontecimiento –ver es comprender– se erige en sustituto mismo de la información. Se llega al extremo de que lo que no aparece en televisión no existe.

La televisión también impone el ritmo de la información, que se convierte en prácticamente instantánea, en lo que, en la práctica, es una tiranía del directo, lo cual significa que no hay tiempo para la reflexión, para la contextualización, para la investigación meticulosa de los hechos ni para la verificación de que lo que dicen las fuentes es verdadero. La verdad, por lo tanto, ya no es fruto de un trabajo de comprensión detenida de la realidad, la verdad es lo que dicen los medios, punto. Si éstos lo reproducen, es cierto. No hay tiempo material para la réplica, ni para contrastar los datos con los procedentes de otras fuentes. Se confunde así –nos dice Ramonet– comunicación con información. La mayoría de nosotros creemos que el noticiero televisivo nos informa sobre lo que ocurre en el mundo. No es cierto, por tres razones: 1) la información televisada no pretende informar, sino distraer; 2) las noticias están tan fragmentadas y son tan superficiales que producen un efecto de saturación, no de comprensión; y 3) informarse es un trabajo más, que implica esfuerzo e interés por parte de uno, no es una actividad meramente pasiva, como la que se le exige al telespectador, lo cual es incompatible con el formato simplificado de la información televisada. La prensa escrita, para poder competir con la televisión, ha tenido que adoptar la mayor parte de sus características: fragmentación, simplificación, sensacionalismo, sacrificio del fondo en beneficio de la forma, obsesión por el tiempo corto, coyuntural, desconexión con el pasado, incluso con el más reciente. La televisión basa su poder sugestivo en la creación de emociones, lo cual no es sólo aplicable hoy en día a los programas de entretenimiento, también a los que pretenden supuestamente informar. De esta forma, la emoción que suscitan las imágenes espectaculares que colman los espacios informativos televisados sustituye a la reflexión, impide guardar distancia respecto a los acontecimientos relatados, distancia necesaria para analizar las circunstancias que los rodean. Una vez hecho esto, la verdad que ofrece la televisión es la única verdad posible. Si todos los medios muestran las mismas imágenes, éstas se convierten en lo único verdadero, sin discusión. Es así cómo los medios mienten. Nada más fácil que descontextualizar una imagen y ofrecerla sin problemas al espectador como justo lo contrario de lo que en realidad está pasando. Por otra parte, la tiranía de la imagen también implica que las fuentes de información escritas lo tienen realmente crudo para llegar al espectador, no tienen ni mucho menos la misma fuerza, ni el mismo poder de convicción. Una información que no contiene imágenes –sobre todo el tipo de imágenes que tanto gustan en televisión– no es noticia.

Como decía antes, el volumen de información existente es más grande que nunca, lo cual contribuye a agravar el problema de Orwell. Hemos llegado a un punto –según Ramonet- en que más información no equivale a más libertad, sino al revés. Hoy en día, la censura informativa no consiste en prohibir la difusión de información, sino en todo lo contrario: “la información se oculta porque hay demasiada para consumir y, por tanto, no se percibe la que falta.” Y en este propósito, la cultura de la imagen es fundamental. La ausencia aparente de censura provoca el efecto de considerar que todo lo que se muestra es real y que la realidad es lo que se muestra, pero: ¿y lo que no se muestra? ¿es que no existe? El espectador no tiene capacidad para comprobarlo, si no deja de ser mero espectador, si no renuncia al papel pasivo que se le ha asignado. En la época en que oficialmente había censura, algunos diarios aparecían con espacios en blanco que indicaban que se había eliminado información que ponía en entredicho lo que decía oficialmente el poder. Pero los noticieros televisados buscan precisamente crear la impresión de que no hay nada que se les escape, y de que aquello sobre lo que no hablan, no tiene importancia. Lo consiguen gracias a la saturación a la que someten al espectador. Efectivamente, la función es distraer, no informar. La sucesión continua, sin fin, de acontecimientos sin parar, para los cuales no hay tiempo de explicar sus causas, hace sencillamente imposible la tarea.

Volviendo al papel que cumple el periodista en todo esto, Ramonet nos recuerda que la profesión ha sufrido grandes cambios, al mismo ritmo que los cambios que se han producido en la naturaleza misma de la información y en el funcionamiento de los medios. “Hay una taylorización de su trabajo.” El periodista actual ha visto reducido su espacio hasta casi desaparecer como tal. Muchos se limitan a ser meros retocadores de las informaciones procedentes de agencias o de otros medios. La mercantilización de la información provoca que el periodista se parezca más a un obrero de una cadena de montaje que a un profesional estudioso de la realidad social. El periodista renuncia al papel que tenía de analista e intérprete, su función se limita a la de simple transmisor del acontecimiento en sí mismo, que se confunde con la información: ver es comprender. Su trabajo consiste en impedir que la máquina deje de girar, deje de suministrar noticias que ocultan y ahogan otras noticias, informaciones vitales quizá, para comprender aquéllas. En el mejor de los casos, dispone sólo de un día para analizar el acontecimiento, sus implicaciones, sus causas. Está completamente sometido a la práctica instantaneidad que le impone el flujo informativo.

El telediario es el modelo comunicacional por excelencia, el más seguido por la audiencia, el más influyente, debido precisamente a su instantaneidad, no igualada por ningún otro medio. Durante años, el telediario ha sido la única fuente de información sobre la actualidad para mucha gente. Su corta duración implica que el tratamiento de las noticias del día ha de ser necesariamente conciso, superficial. Las noticias deben llamar poderosamente la atención del espectador, lo que significa que se descartan aquellas que no cumplen esta característica. Las informaciones de corte sensacionalista, o frívolo, tienen así más oportunidades de ser seleccionadas que las de tema político o social, que pierden importancia porque atraen a menor número de televidentes. La imagen predomina sobre el contenido. Lo que interesa realmente es la espectacularidad, aquello que despierta la atención visual del espectador: la sangre, las catástrofes, las guerras (algunas, no todas), violencia callejera, crímenes, deportes. El propósito es entretener, no informar. O mejor dicho: la anécdota se convierte en información, el espectáculo se disfraza de información. Un acontecimiento sólo es digno de reseñar si se tienen imágenes de él. Y así todas las informaciones adquieren parecida importancia, lo que contribuye a su banalización. El telediario sigue las mismas reglas que determinan el show business: la dramatización, la búsqueda permanente del clímax, de la emoción y de la creación de empatía entre el espectador y los protagonistas de la noticia. Está concebido como un film de suspense, en el que “se procura no terminar con una nota trágica o excesivamente grave (…) Las leyes del happy end (…) exigen terminar con una nota optimista”. El objetivo final es tranquilizar a la audiencia, provocar confianza en las instituciones, dar la impresión que trabajan para resolver los problemas y los conflictos escenificados durante su emisión, provocar sumisión hacia ellas en el espectador, en definitiva.

El telediario clásico ha evolucionado hasta dar lugar a una relativamente nueva forma de comunicación: el programa de información continua y sin interrupción: el modelo CNN, lo que más se aproxima hasta ahora al ideal de instantaneidad informativa. La CNN y otras emisoras similares producen la sensación de ubicuidad, de estar en todas partes y de verlo todo, lo cual acaba confirmando en muchos televidentes que lo que no muestra la televisión, no existe. Creen que asisten en directo a la noticia, al acontecimiento en sí, lo que los convierte en testigos de la misma, aumentando la sensación de credibilidad y, por tanto, las posibilidades de manipulación de la realidad.

El colmo se alcanza cuando la televisión se convierte en objeto de información en sí misma, en noticia, en referente, del cual parte y al cual debe volver todo lo que se considera digno de reseñar. La televisión, en los reality shows, crea a sus propios personajes y les confiere una historia a su medida, con el único objetivo de emocionar y entretener, pero disfrazando todo el proceso de información periodística. Ha nacido la telebasura. La realidad ha dejado de ser necesaria para informar. Construir un discurso televisado ya no necesita de un objeto extraído de la realidad, ni siquiera para falsearla. Lo paradójico es que se muestra al televidente como la realidad más real de todas: Gran Hermano es el ejemplo perfecto de ello. Busca convertir al espectador en voyeur, en testigo privilegiado de relaciones íntimas entre personas que responden a un mismo patrón, pero es una mentira muy bien construida, porque todo es escenificación, dramaturgia. Los protagonistas de los realities son como conejillos de indias en un experimento: se les introduce en un entorno adecuado y se les estimula como al perro de Pavlov, provocándoles emociones que lleguen fácilmente al espectador, como si fuera carnaza ofrecida a los tiburones. La televisión, aparentemente, se limita a mostrar lo que ocurre, esa capacidad de sugestión es su poder máximo.

Pero si el modelo reality se limitara a programas como Operación Triunfo o Gran Hermano y todas sus variantes habidas y por haber, no sería tan grave. Lo malo es que es el modelo adoptado por muchos espacios televisivos cuyo objetivo declarado es informar. Carlos Elías (4) llama la atención sobre el gusto que tienen muchos informativos de este nuevo tipo por el sensacionalismo más descarnado, y pone como ejemplo del mismo el programa de Nieves Herrero De tú a tú, que en 1993 fascinó a la audiencia con su reportaje sobre el crimen de las niñas de Alcàsser. Programas de este tipo crearon escuela, sin duda. Hace unos meses, pude escuchar muchos comentarios de personas indignadas por la forma en que los medios habían tratado a los familiares de los fallecidos en el accidente del avión de la compañía Spanair, en Barajas. Algunos periodistas no respetaron el dolor de los afectados en su afán de conseguir imágenes impactantes, al más puro estilo reality show. Muchos informativos, sobre todo los que se emiten por la tarde, mezclan el cotilleo sobre famosillos creados por las mismas cadenas con sucesos de la actualidad, especialmente toda la retahíla de crímenes y situaciones escandalosas que jalonan estos espacios, buscando explotar el gusto por el morbo característico del voyeur televisivo. Según Elías, la televisión basura “recurre al enfoque distorsionado de la realidad para imponer los contenidos basura frente a lo importante. La telebasura interpone una cortina a lo que mueve y define el mundo real y lo sustituye por lo superfluo, para evitar que la población tome conciencia de la realidad.” Ya no existe separación neta entre lo que se considera periodismo serio y lo que no lo es, al menos muchos espectadores no pueden distinguir una cosa de otra. “La telebasura consiste en que se le dedique más espacio a una noticia intrascendente e íntima como el noviazgo de Isabel Pantoja y el alcalde de Marbella que a problemas políticos, económicos, medioambientales o sociales.” Los propios telediarios están siendo invadidos por el mismo tipo de información, banal y sin trascendencia, disfrazada de “crónica social”, aunque con un perfil no tan bajo como en los realities.

Vemos, pues, cómo el denominado cuarto poder, antaño contrapeso de los otros tres se ha convertido en un poder en sí mismo, sólo subordinado al poder económico, del cual emana, mientras el poder político –el único legitimado por las urnas– se ve constreñido por ambos en su capacidad de actuar. La respuesta al problema de Orwell: ¿cómo sabemos tan poco, disponiendo de una gran cantidad de información a nuestro alcance?, se encuentra –como hemos podido comprobar– en la capacidad casi infinita de que gozan los medios de comunicación de masas para manipular la realidad a su antojo, respondiendo a los intereses económicos de los dueños –directos o indirectos– de grandes imperios de la comunicación cada vez más concentrados. La visión de la realidad social que transmiten los medios no es casual, responde a los deseos de sus amos, las personas más poderosas de este mundo. Ellos han conseguido imponer, a lo largo de los años, un tipo de periodismo fiel y obediente, obsesionado con la rentabilidad económica, que menosprecia la calidad informativa y busca conseguir la máxima audiencia, un periodismo para nada independiente del poder.

Notas:

1. Noam Chomsky. El conocimiento del lenguaje: su naturaleza, origen y uso. Barcelona, Altaya, 1998. Páginas 9-13 y 297-308.

2. Noam Chomsky y Edward S. Herman. Los guardianes de la libertad: propaganda, desinformación y consenso en los medios de comunicación de masas. Barcelona, Crítica, 2003.

3. Ignacio Ramonet. La tiranía de la comunicación. Madrid, Debate, 2000.

4. Carlos Elías Pérez. Telebasura y periodismo. Madrid, Ediciones Libertarias, 2004.

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