El precio a su cabeza

Debajo de cada cabeza, de cada busto parlante o callado que aparezca en los media debería figurar cuánto gana al año, tener puesto el precio a su cabeza. Por si acaso el tener menos dinero fuera porque alguien nos está robando. Las lecciones de ciudadanía que dan políticos con emolumentos que ni se sabe, o las recomendaciones de austeridad cuando son predicadas por funcionarios con perfecta seguridad laboral y sueldos superiores a la media española, pudieran parecer un robo. 

  No existe obligación política para los ciudadanos en general. Los que ocupan cargos públicos tienen obligaciones hacia los ciudadanos que les pagan, pero la ciudadanía no es un cargo y un ciudadano no es un funcionario. Una obligación se crea por un acto voluntario y en el caso de un ciudadano no está claro cuál es la necesaria acción vinculante y tampoco quién la ha llevado a cabo.  

  Cuando nos hemos enterado de la proporción de los que cobraban menos de mil euros entre los millones de funcionarios, los que estamos en el otro lado de la línea de seguridad del Estado-Patrón, nos hemos llevado las manos a la cabeza. Y si es por oposición o no, si es a dedo o no, por escalafón o por imposición… incluso si están haciendo bien su trabajo o no es secundario.

  Porque los funcionarios del Estado o de la Banca lo han hecho mal, nadie tiene más responsabilidad que ellos acerca de lo tarde, mal y nunca que se han tomado medidas para evitar que estemos donde estamos y que de vez en vez en cuando algún resentido sitúa a cuenta de algún responsable en algún momento dado. El que estos señores puedan seguir con sueldos y  pensiones de escándalo, que no puedan ser perseguidos por lo que hicieron mal, que no pueda siquiera decirse lo mal que lo hicieron, que lo hacen… así no vamos bien.

   Hay personas muy delicadas, que en cuanto se enteran de la cantidad de políticos que hay o de lo que ganan se van al mitin, empiezan a levantar la voz y ya no hay manera de reconducir la conversación hacia alternativas más civilizadas que empezar a cortar cabezas. Como si eso arreglara algo, dices. Y ya te la has jugado. Cuando la envidia y el resentimiento entran por la puerta el sentido de la proporción, incluso la buena educación aprovechan para salir por la ventana. La convicción entra en escena: Adventavit assinus, pulcher et fortissimus. Las ideas se tienen o no, en las convicciones se está. Echan a todo el mundo.

   Es como aquel cuento nacionalista de los que persiguiendo dar significación identitaria a las diferencias consiguieron el advenimiento de la desigualdad. ¡Hemos heredado una identidad pegada a una deuda! Si ya una herencia de bienes dispara la bronca, la herencia de deudas más. Somos los herederos de las deudas y mentiras contraídas por nuestros padres y por supuesto por los que estuvieron a cargo de la administración mientras crecíamos. ¿Te preguntas viajero, por qué hemos callado tan estúpidamente? Nuestros padres mintieron, eso es todo.  

  Para crecer necesitamos acabar, metafóricamente al menos, con el padre y a sus valores. Ahora se trata de hacerlo con los alopadres, los padres putativos que nos han dejado en herencia esta gran putada. Espero que no nos quedemos en este caso en la metáfora, que al menos se queden con un poco menos de dinero y con mucha menos honra, con su cabeza puesta a precio, que se queden sólo con “lo bailao”, porque nosotros hasta sin eso nos hemos quedado.

  Ahora resulta que no sólo somos los herederos del cristianismo y del capitalismo, lo somos además de ese falsa democracia con la que nos han estado mintiendo y robando. Nosotros queríamos ser los herederos de aquella riqueza común, de aquellos restos de antiquísima humanidad iguales en todos los hombres, aquel patrimonio común legado con anterioridad a toda diferenciación y desarrollo ulteriores que les fue dado a todos los hombres como la luz del sol o el aire. ¿A qué esperamos para abrir ese testamento? 

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