El popurrí español

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A Aznar le encantaba parecer como un Sarkozy, pequeñito y arrogante, hoy sale en la prensa  tanto como antes, ya no con su cuaderno azul metiendo miedo, sino acompañado de Tony Blair por las decisiones que apoyó contra Irak. Ello en nada ayuda a un Mariano Rajoy desesperado porque le crean sus palabras.

Al presidente en funciones, después de 8 meses no le hemos visto cambiar en nada, ni en su estrategia de recortes ni en su aspiración de ser el presidente de gobierno pese a quien pese; vive convencido de ser insustituible insistiendo en lo contento que está con los éxitos de su reforma laboral y en el pronto logro del 4.2% de déficit, lo que a muchos ha sonado a nuevos recortes y a obediencia callada a los dictados de Bruselas, un acatamiento mudo aunque la Comisión Europea haya abierto formalmente el procedimiento para sancionar a España (2.000 millones de euros), junto a Portugal.

Rajoy, está obligado a informar con “meridiana claridad”, a las fuerzas políticas y sociales del país sobre sus intenciones, si habrá o no más recortes.

Él ya conoce las exigencias de Bruselas y debe compartirlas. No hay posibilidad de un nuevo gobierno conservador repleto de sombras.

El telegénico socialista Pedro Sánchez desapareció de todas las escenas después del 26 de junio;  dicen los que saben de la política española que estaba reflexionando sobre su futuro y del por qué su partido dejó de ser un caballo purasangre con él como jinete.

Por de pronto, sin escucharle en directo desde un par de semanas, el miércoles 6 el secretario de organización del Psoe, César Luena, declaró que es Rajoy quien debe formar gobierno; en otras palabras después de la quema del Psoe por haber fracasado en ese intento, ahora es Rajoy quien jugará con el fuego.

La reaparición de Pedro Sánchez debía estar acompañada por una de estas cuatro decisiones: apoyo, abstención, coalición o un no a la investidura de Rajoy.  Más allá de los intereses políticos que le acechen, está en la obligación de ser claro con los españoles, lo fue y el sábado 9 dijo que dirá un no a la investidura de Rajoy.

De Pablo Iglesias y Alberto Garzón se ha escrito hasta en el New York Times y pocos o nadie ha hablado de la confluencia Izquierda Unida  – PODEMOS como una suma.

Iglesias y Garzón confiaron en que todos sus seguidores conocían al dedillo lo que debían hacer para que les convirtieran en presidenciables, la cena estaba servida: caída de salarios, espionaje, corrupción, la puesta en duda de la estabilidad de las pensiones y la regeneración democrática. Se equivocaron y ahora andan preguntando si lo que ellos decían en sus discursos la gente lo escuchaba o lo oía.

Cada uno – Pablo y Alberto – pretendió ser la mitad del otro y así gobernar un país acostumbrado al bipartidismo, fracasaron y perdieron un millón de votos.

Con todo ello los españoles están padeciendo de una apatía general, y esperan ver lo que la izquierda “radical” hace para que España no sea un país sin presidente dentro de una Unión Europea sin Inglaterra.

Ante esta retadora situación Unido Podemos está obligado a poner sobre la mesa cuáles son sus objetivos fundamentales para un futuro concreto y, en qué nivel de prioridad está, por ejemplo, aquellas líneas rojas del referéndum catalán.

De Albert Rivera la gente salió confusa, algo parecido a lo sucedido con Sánchez. Recuerdo que tuve la oportunidad de preguntarle a éste último, antes de ser candidato oficial a la presidencia del gobierno,  de qué signo sería su política, fue rotundo: De izquierdas.

Al final muchos seguidores se han sentido frustrados por no saber discernir cuál era la posición ideológica de su líder.

A los incondicionales de Rivera les pasó algo parecido, estaban convencidos de que su líder es de derechas, pero le vieron pactar con Sánchez. Ahora Rivera, de nuevo,  tiene la oportunidad de redimirse y decidir públicamente dónde está su lugar político; quizá la mejor manera, para él, es dejando que Rajoy gobierne aunque bajo un mayor control parlamentario y la promesa firma de la regeneración democrática. El otro camino, el del No a Rajoy y un posible Sí a otro candidato del PP, se antoja difícil por el momento.

Rivera sabe que la derecha española siempre vota por la derecha, es algo así a como lo dice Rajoy: un plato es un plato y un vaso es un vaso. Algo tan evidente los de izquierda nunca lo han entendido, en ellos siempre ha imperado el método, unos son socialistas, otros son marxistas, otros son como Iglesias de arriba y abajo, socialdemócrata y, otros como Garzón, comunista  y no antisistema sino el sistema el que está en su contra

Rajoy debe dejar la huelga de ser el último en presentarse a candidato presidencial. Es de entender que ninguno quiere desperdiciar fuerzas, todas son muy útiles por si hay algún sprint que correr. Ninguno quiere estar despeinado y con ojeras si surge una guerra presidencial.

Ya dijimos que unas terceras elecciones son indeseables pero factibles aunque en ellas no estarían Rajoy ni Sánchez, éstos por muy duros que parezcan se están quedando huérfanos.

Buscando entre papeles encontré que en 1853 Marx escribió que el Gran Mogol de la India fue derribado por los virreyes mongoles, éstos por los mahratas y, éstos por los afganos. Y mientras todos se hacían sus propias guerras, el poder británico les conquistó y dominó con el mismo ejército indio entrenado por sargentos ingleses. Esperemos que aquí no haya ni mahratas y que Bruselas no tenga un ejército entrenado para que venga a dictar clases.

José Antonio Medina

participa@latinpress.es

 

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