El Plan Bolonia debe someterse a referendum. Todos los ciudadanos deben saber lo que aquí se juegan.

Los medios de comunicación oficiales están legitimando y justificando la intervención policial en Cataluña contra los manifestantes. Y no sólo eso, sino que la forma en que difunden la noticia genera la ilusión de que en España está teniendo lugar lo que precisamente los manifestantes (entre los que me incluyo) echamos en falta. Cuando hablan de “disturbios”, parece como si la policía y los manifestantes hubieran protagonizado una trifulca. Eso nunca es así. Son los policías los que cargan, y los manifestantes los que corren. La ilusión consiste en hacer creer que existen dos frentes en igualdad de condiciones que han entrado en conflicto. Esta ilusión, además, refuerza en la psique del ciudadano, o al menos lo pretende, la idea de vivir en una democracia.

Cuando los medios explican la versión oficial del Plan de Bolonia, con todas sus ventajas, y luego difunden la idea que sobre el mismo plan tienen los manifestantes antibolonia, generan la ilusión (absolutamente falsa) de que en la sociedad, con respecto a la reforma universitaria, existe un marco de diálogo donde coexisten ideas enfrentadas que han de llegar a un pacto negociado. Los medios, además, critican duramente a los manifestantes basándose en las maravillas del Plan Bolonia. Así están justificando que sean los expertos los que decidan por todos, pues parece ser que nuestra profunda estupidez no nos deja ver ni comprender semejatnes maravillas. Pero los ciudadanos, todos, sin excepción, deben saber que no solamente se trata de si la reforma es o no beneficiosa a largo plazo. Lo que exigen los estudiantes trasciende la simple crítica a la reforma, y apunta a que todo el conjunto de la sociedad española esté representado en el proceso de decisión acerca de la reforma universitaria. Y que la información que obtenga sea también de la de los estudiantes contra el Plan. Pero de primera mano, y no a través de quienes se han autoproclamado, en los medios,&nbsp sin que nadie se lo haya pedido, portavoces de los estudiantes, diciendo lo que pensamos acerca de las cosas sin que estemos delante para rectificar. Hoy, en un programa de tertulia, se daba la siguiente tesis: «los estudiantes ni siquiera saben qué es eso del Plan Bolonia. No lo entienden. Lo que ocurre es que, como jóvenes que son, se apuntan a todas estas movilizaciones antisistema» Pero no había presente ningún aludido para dar la réplica y demostrar públicamente si estamos o no informados.

Si las manifestaciones contra Bolonia continúan, si se ha radicalizado el discurso anti-bolonia hasta el extremo de negar la reforma rotundamente, es por la absoluta falta de diálogo democrático. A los estudiantes se les engaña una y otra vez. Se les promete, como sucedió en Murcia con el Rector Cobacho (cuya dimisión inmediata exige la Asamblea por mentiroso), que habrán jornadas de información y que los estudiantes pasarán a formar parte del proceso de elaboración y ejecución del plan, y esto no solamente no es cierto, sino que cada vez se está más lejos de este objetivo. Los ciudadanos que ven las noticias en la televisión oficial deben saber que no se trata solamente de si el Plan tendrá estas o aquéllas repercusiones, ni siquiera se trata de si los estudiantes universitarios estamos o no incluidos, sino que el Plan Bolonia es un proceso elaborado al margen de la sociedad, y es a la sociedad a la que se está apartando para que no estorbe. Nuestros derechos son pisoteados, pero no sólo los de estudiantes, sino los de todos. De hecho, se criminaliza al estudiante antibolonia para que el resto de los ciudadanos se distancien de él, para que no simpaticen con él, pues sólo así pueden llevar adelante la violación del derecho a elegir nuestro futuro, derecho que si es genérico, es porque es de todos, luego con esta estrategia se asguran pisotear a aquellos mismos a quienes convencen para que se aparten del movimiento estudiantil.&nbsp

Lo ocurrido en Cataluña lo demuestra: existe un proyecto de reforma universitaria. Y los estudiantes, y con ellos el conjunto de la sociedad española, se lo va a tragar tal cual está confeccionado y en las fechas previstas. No se modificará en absoluto. Nadie introducirá una cláusula. Sólo nuestros políticos saben qué nos conviene. Y los españoles, resulta, que, viviendo en democracia, no tenemos derecho a decir nada. Rectifico: tenemos derecho a opinar, siempre y cuando dicha opinión no vaya en contra de los intereses de quienes nos gobiernan y, lógicamente, siempre y cuando la opinión, de ser contraria o sencillamente disonante, no modifique el estado de cosas actual, es decir, no transforme la realidad según el criterio del ciudadano.

Así que el ciudadano debe saber: Que la reforma de la Universidad Pública, sea más o menos provechosa a largo plazo, será decisiva. En ese sentido, los afectados por dicha reforma serán: los estudiantes que ahora están en la Universidad; los que saldrán antes de la Reforma, pues vivirán en una sociedad con una cierta clase de profesionales y trabajadores instruidos desde ese mismo Plan; los estudiantes de instituto y colegio, pues un día irán a la Universidad. Y con ellos, sus propias familias, que un día ingresarán a sus hijos en la Universidad y tendrán que afrontar un gasto económico que, de privatizarse la enseñanza, correrá estrictamente de su cuenta.

En fin. Independientemente de la naturaleza de la Reforma, es toda la sociedad la que, lo quiera o no, está involucrada. Y como tal, tiene derecho a decidir si quiere o no la reforma. Para ello es necesario someter la ley a referendum en todo el territorio. Pero sin trampa, es decir: antes del referendum deben abrirse espacios informativos en los medios de comunicación oficiales (que son los que más difusión tienen) para que las Asambleas de estudiantes, que efectivamente tienen otra visión acerca de la naturaleza del Plan Bolonia, puedan expresarse e incidir así en el resultado final en la misma medida que aquellos interesados en que salga adelante el Plan.

Así que el problema que ha planteado el Plan Bolonia se hace extensible al contexto social en que se enmarca: de un referendum efectivo (no sólo consultivo) con amplia información igualitaria ofrecida por todos los sectores en discordia (no representantes oficiales políticos o sindicales, sino las Asambleas de estudiantes, que son las que propiamente han organizado un discurso unitario y alternativo contra el Plan Bolonia), depende que los ciudadanos en general nos sintamos viviendo no solamente en una democracia teórica, sino efectiva. Es decir, no sólo que nos sintamos viviendo en democracia, sino que nos sepamos viviendo democráticamente.

Porque, con el lamentable ejemplo que ha dado la policía, y los políticos y los medios de comunicación en general, la fe en el Estado de Derecho, imprescindible para su desenvolvimiento, corre serio peligro de disolverse. Un sistema social no se sustenta mediante la violencia, ni porque los ciudadanos tengan más o menos dinero, o más o menos trabajo. Un sistema se sustenta en su propia legitimidad, la cual, y esto es un hecho demostrado por sociólogos importantes, viene siempre sancionada por la población en general. Hasta las tiranías más insoportables aguantan si la gente tiene fe en su necesidad. Pero si esta fe se pierde, entonces se recurre a la violencia, como la que hemos visto estos días. La violencia no es la esencia del Estado, sino su último recurso. De hecho, la violencia aparece cuando se abren brechas en la existencia del Estado, en su legitimidad. SE puede decir que la violencia, no contra el delincuente común, sino contra aquellos que quieren formar parte del proceso de decisión, no es la naturaleza de un ordenamiento, sino que, muy al contrario, anuncia su posible defunción.

Señores poderosos, tomen nota de lo que ha sucedido en Grecia. En una sociedad que dice ser democrática, un déficit democrático tan clamoroso socava los mismos cimientos de la sociedad, es decir, su misma legitimidad. O lo que es lo mismo: si los poderes están ahí para que exista democracia, y ésta brilla por su ausencia e incluso son los mismos poderes los que la ponen en peligro, el ciudadano se plantea la siguiente pregunta: ¿para qué queremos, entonces, a los poderes? Y acaba respondiéndose: Los poderes deben ser eliminados para que se cumpla lo que ellos mismos prometen, pues lo impiden.

Y la parafernalia de la democracia, el juego de recrear la ilusión televisiva de que existe un contexto de diálogo ciudadano regido por un moderador, no va a durar para siempre. Las mentiras, tarde o temprano, dejan de funcionar, y entonces la gente se encoleriza doblemente: por los males que sufre, y por haber sido engañada para que los aguante como si no tuvieran solución.

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