El periodismo político.

 Por falta de miedo y exceso de codicia entramos en crisis. Por exceso de miedo y desprestigio de la codicia no vamos a poder salir de ella, porque no tenemos dónde ir. Porque en el momento en el que el periodismo da pábulo a las alternativas deja de ser leído, peor, se vuelve ilegible. El periodismo no ayudó a prevenir la crisis de la democracia capitalista y mucho me temo que no sirve para predicar alternativas, es tan adulador hacia ella como la Iglesia lo fue a dictaduras o monarquías.

   El periodismo político no sólo tiende a perder la señal, sino que muchas veces potencia el ruido. Un político o un periodista político cambia con dificultad de ideas, o de partido. Cuando lo leemos queremos saber cómo se ven las cosas desde dónde él acostumbra a estar. “Cuando los hechos cambian, cambio de opinión” dijo Keynes. ¿Para añadir: “¿Y usted?”. Pues verá, si tengo que ayudar a vender mi periódico: no.

  “Hay que apreciar cuando un hombre tiene todavía la aspiración a ser algo entero” Decía Walter. “Esto ya no se da” opinaba Ulrich (el hombre sin atributos). “Basta con que ojees un periódico. Está lleno de una inmensa impenetrabilidad. Se habla allí de tantas cosas que eso rebasa la capacidad de pensamiento de un Leibniz. Pero uno ni siquiera lo nota; uno se ha hecho diferente. Ya no contrapone un hombre entero a un mundo entero, sino que algo humano se mueve en un general fluido nutricio”.

  No transcurre prácticamente ninguna semana sin que uno de estos desgraciados periodistas políticos, sin otro objetivo que la extensión de su poder, deje de asomar su cabeza en uno de nuestros grandes periódicos o en las pantallas de nuestros televisores, para derramar una banalidad arrogante más que confirme la extensión de la de la imbecilidad realmente existente.

  Hemos acabado entendiendo lo “efímero” como la verdadera actualidad. Una vieja leyenda talmúdica dice que los ángeles son creados (cantidades ingentes de ángeles nuevos a cada instante) para, una vez que han entonado su himno a Dios, terminar y disolverse ya en la nada. En Angelus novus Benjamin hablaba de lo efímero como de la actualidad que se conformaría en la presencia de Dios, que por ello sería verdadera.

  Comprendió la modernidad por su fe en el progreso como catástrofe. En su epitafio en la escultura de Port Bou, que vale por una tumba que nunca se encontró se puede leer:  Todo documento de cultura es también un documento de barbarie. En su última carta enviada a Adorno dice: “La absoluta inseguridad sobre lo que traerá el próximo día, la próxima hora, domina desde hace semanas mi existencia. Estoy condenado a leer todo periódico como una notificación dirigida a mí y escuchar en toda emisión radiofónica la voz del mensajero de la desgracia”. Y lo último que escribió antes de matarse fue: “Ni siquiera los muertos están a salvo del enemigo”.

  ¿Qué interés puede tener el estudio de la filosofía, si todo lo que hace por uno es darle la capacidad de expresarse de forma relativamente plausible sobre algunas abstrusas cuestiones de lógica, etcétera, si no mejora la forma de pensar sobre las cuestiones importantes de la vida de cada día, si no hace a uno más consciente que un periodista cualquiera respecto a la utilización de las expresiones peligrosas que las personas de esa clase usan para sus propios fines?

  Si aceptamos que la historia es, como dice Raymond Carr, un ensayo de comprensión imaginativa del pasado, quizá debamos aceptar también que el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente. Dicen que cada vez se lee más, no que se lea mejor. Con la llegada de las pantallitas es posible. En Her, la película, la gente va hablando sola por la calle, con su representante en la red, con su Angelus novus, no leyendo. Se mueve en un general fluido nutricio. Ayer a los lletraferits nos parecía que la diferencia entre literatura y periodismo es que el periodismo es ilegible y la literatura no se lee. Hoy, qué no se puede leer y qué es ilegible está menos claro que nunca. Así que a mirar y a escuchar tocan. ¡Agur!

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