¿El perdón hiere menos que el olvido? (I)

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“Ódiame sin piedad, yo te lo pido. / Ódiame sin medida ni clemencia, / Odio quiero más que indiferencia / Porque el rencor hiere menos que el olvido”.

“Te odio tanto / que yo mismo me espanto de mi forma de odiar / Deseo, que ni después de muerta halla para ti un lugar.”

Canciones populares.

Olvidar podría ser, para los casos en que determinados eventos han lacerado, y porque aún laceran nuestro subconsciente, el diazepám ideal, o la tercera parte de esa aspirina del tamaño del Sol, de la que hablaba Roque Dalton al referirse al comunismo. Pero para olvidar, de esa manera, tan “sabrosa”, tendría que tener uno el control compartido –nunca absoluto-, no ya de su libertad, sino del contexto local, y desde hace mucho global, donde ese libre albedrío se desenvuelva. Y que durante subjetivación de nuestra individualidad, no se perjudique, se joda, a los otros. Por eso, quizás, existan los procesos de consenso, para que éstos eviten que el libre albedrío de unos –casi siempre los menos-, desguace al de los otros, en mayoría. Y así, el odio, costra persistente en la memoria de una cultura o sociedad, continúe horadando, hiriendo por encima del olvido. Para que existan, mercenarios haciéndose pasar por ingenuos “disidentes” en la cárcel

El verdadero lío se arma porque somos entes sociales; históricamente siempre hay que estar poniéndose de acuerdo; consensuando. Y eso se complica al insertar intereses personales, de clase; y hasta de estratos dentro de una misma clase social. Intentando respetar –proteger-, a quienes por menos posibilidades, desbarajustes sociales, lamentables accidentes genéticos, y hasta por fatalidad de birlibirloque, poseen menos capacidad para insertarse con igualdad de condiciones, en la “bronca” de esas relaciones de poder entre las personas que viene dentro de la reproducción (de relaciones sociales).

A partir de 1848, gracias a que quienes asumieron , y aún detentan la sartén por el mango en esas relaciones poder, esa “bronca” se parcializó definitivamente hacia autoproducción burguesa, ya conservadora, convirtiendo a todos los demás en cacharros más o menos de su autoproducción. La actitud jacobina, pasó a un segundo plano; casi al olvido. Ante cada uno de los estertores de ese jacobinismo, la autoproducción burguesa hacía alguna concesión “democrática”, siempre insuficiente, porque profundizaba los modos de dominación para desigualdad.

Con el tiempo la “bronca” se ha hecho interminable; y cada vez más violenta. Y cada vez, las normas impuestas para quienes quedamos fuera de esa autoreproducción son más o­nerosas e insoportables. Hasta el punto de que algunos procesos que perseguían el cambio social para terminar con ese fárrago impuesto por las relaciones de poder para desigualdad, acabaron retrocediendo –milagro de la física anti-cuántica-, en el tiempo histórico hacia una dimensión peor del sistema capitalista, contra la que en su momento se enfrentaron.

No hay teleología posible, ni siquiera en la Serie Nacional de Béisbol/2009-10. El equipo Industriales –se cuenta que el Che fue quien le puso el nombre-, que aparecía en los pronósticos como la imagen del “subdesarrollo integral”, se ¿transfiguró?, en algo muy diferente durante la semifinal y la final. Lo que demuestra, los beneficios que intelecto y espíritu, además del respeto por la diversidad -consenso con el libre albedrío de cada uno de los jugadores, que Germán Mesa, manager discreto y honesto como un “babalawo” de estirpe, supo asumir-, hacen para que la categoría kantiana de posibilidad sea ineludible; en casi todo.

Algunos comentan, que desde las filas de los Yanquis de Nueva York, no pocos siguieron el desenlace sorpresivo de ésta edición de nuestro deporte nacional. Mientras, deambulaban como zombis con tragamonedas, que sólo funcionan con dólares o euros, un grupúsculo de mujeres –desgraciadamente en diversidad étnica-, abogando porque el rencor hiera más y desplace, definitivamente, al olvido; para que la tenebrosa etapa de la Guerra Fría jamás sea desmantelada de nuestra memoria, sino que continúe insistente, lacerando nuestra cotidianidad, desde la intensificada, guerra integral contra la Revolución Cubana que desde hace medio siglo intenta hacernos retroceder hacia una entelequia, porque el modo de orden burgués desmantelado en 1959, hace un buen rato ya, quedó en el olvido. Ahora es terror imperialista.

Cada vez que esas “damas” salen a la res pública, también se moviliza una cantidad cien veces mayor de personas, ciudadan@s cubanos, que intentan convencerlos de que el olvido, hiere menos que el rencor. Y resuelve un montón de problemas nuestros y del llamado “bloqueo”. Y de que es imposible negociar, en CUBA, el retorno a esa dimensión de autoproducción exclusiva burguesa. Porque no somos ni seremos cacharros de nadie.

Tal “muchedumbre” de señoras, emerge desde la evocación al odio socioclasista burgués, cuya virulencia se encuentra en los consensos desde y dentro del antiguo orden burgués -¡trabajo que nos cuesta olvidar!-; y no por casualidad, nuestra limitaciones, carestías y disparates acumulados por huir de ellas –las limitaciones-, dan siempre contra la realidad de esa guerra económica, política y cultural que la hegemónica estadounidense mantiene contra nosotros, como una prioridad, también histórica. Nadie puede vivir, ni disponer de su libertad, ni consensuar internamente el modo de convivir, tranquilamente, en paz, fuera de las normativas impuestas por esa hegemonía.

Entonces, también está prohibido; es imposible olvidar. Y menos que el olvido sustituya al rencor. Porque esa hegemonía nos necesita. De lo contrario ¿quién sería el sujeto social colectivo vencido sobre el cual ejercer la deshistorización de su poder? ¿A costas de quién propinar acciones ejemplarizantes contra y para el aprendizaje de los ya, o aún subordinados, en tanto cacharros, a esa autoproducción exclusiva burguesa? ¿A quién joder? ¿Quién limpiará y almacenará, la cañona, la escatología que ellos producen –una de las pocas cosas que hacen bien-, en cantidades inconmensurables?¿Contra qué ejercer la desigualdad? ¿A quienes echar a pelear unos contra otros, para el disfrute de esa autoreproducción burguesa? ¿Dónde, a quienes coaccionar con esos “aparatitos” sofisticados que produce su industria de armamentos? ¿A quién amenazar con su nuclear hasta que se haga pipi? ¿Dónde encontrar negros, mulatos, indígenas, latinos y muertos de hambre de los cuales reírse en sus producciones cinematográficas, de video y “mangas”? ¿Contra quienes denostar como enemigos públicos a incluir en listas de terroristas “We want”, con que justificar sus misiones y guerras “humanitarias”? ¿A quién arrancarles las tiras de la espalda trabajando a tiempo medio a cambio de un sobre casi vacío? ¿A quién echarle las culpas de sus propios disparates y desproporciones globales? ¿Contra quienes darle trabajo a sus matarifes, para que se realicen ametrallando caseríos, saboteando aviones comerciales, amenazando con más odio y actos de perjuicio? ¿Cómo cultivar, sobre quiénes, miserias humanas indispensables, para incentivar, cada vez más la cosecha de plusvalía a través del consumismo? ¿Dónde encontrar más cabezas a las que propinarles puntapiés; o más exotics girls que ultrajar?

El odio es un objeto de adoración en la reproducción burguesa –para su fundamento cultural-, dentro del sistema capitalista. Admito que aún no hemos arribado al socialismo como tal, precisamente porque –entre otras razones, pero esta la primera-, nos mantenemos dentro de ese círculo de odio, que ellos mismos cultivan y promueven como norma esencial. No es posible interacción entre libertad y desigualdad, sin que el odio medie por encima del olvido; o que el olvido sea secuestrado por el odio, para que el odio medre por el mundo con la cabeza del olvido puesta sobre su cuerpo. Y que los dominados ignoren que el odio se olvida; o debe olvidarse. Hay demasiado dinero, plusvalía, capital de por medio.

Será muy difícil para el pueblo de Cuba, recurrir al olvido. Los tullidos, los trastornados psicológicos, los que hemos estado presa de la desesperación por décadas, los que cometieron –honestamente-, disparates en medio del agobio porque salgamos de la precariedad por asedio estadounidense; los ya muy viejos para tratar de buscar el “sol” que se les perdió a la espalda, mientras resistíamos ese mismo asedio, las familias rotas, implotadas a golpes de esa emigración, antes política hoy económica, y “pendular” ahora, en pos de acopio material y simbólico qué repartir precariamente entre los suyos aquí. Nuestras jineteras y balseros –sus traidores y “disidentes” de ellos-, nuestros hijos de Elpidio Valdés contra Supermán. Todos, víctimas legítimas -o ¿bastardas?-, de una política de guerra multipropósito contra una Isla de sólo ciento o­nce mil kilómetros cuadrados; que no tiene selvas tupidas, ni leones, tigres, panteras, ni elefantes. Esa birria de “libreta de abastecimientos”, al decir de Alba Rico y Fernández Liria, que ya nos seca el alma, el bolsillo, la economía del país y hasta la vergüenza; necesitada de que la enterremos en el olvido.Los miles de muertos, cubanos y extranjeros, por agresiones y sabotajes: ¿el muerto al hoyo y el “vivo” al pollo?

Hace medio siglo decidimos vivir diferente, y nos ganamos el odio hegemónico. Ese, es el principio del dilema en la imposibilidad momentánea a por el olvido, que nunca puede ser unilateral. Hasta el momento, cada cosa o acción proveniente de la política estadounidense hacia Cuba resuma odio: hiere. Y asesina; sin piedad.Aún no es el momento del olvido. Es imposible procederse indiferentes frente al rencor del gobierno norteamericano.

Nuestra memoria sistémica debió acumular –en tanto, totalidad no excluyente-, el odio de la sociedad colonial, la neocolonial; y hasta hoy la que se lo ha ganado desde la hegemonía capitalista de turno, por nuestra voluntad para materializar un proyecto emancipatorio. Es mucho el odio; y nunca suficiente. Que esa memoria, al menos por ahora, que la situación no ha cambiado, nos guarde de olvidar.