EL pasado eterno. La Egiptomanía en el cine

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Notas del autor 

En la biblioteca pública de Sant Pere de Ribes, el pueblo donde he escogido vivir, a primera vista el rincón dedicado a la Historia ofrece más volúmenes sobre el Antiguo Egipto que sobre cualquier otra época o cultura.
La misma sensación  me ha llegado muchas veces yendo “de librerías”. Entre la gente común, no resulta habitual conversar sobre pasados lejanos, sin embargo, Egipto parece una excepción.

En cualquier casa con biblioteca y documentales, los que se refieren al Antiguo Egipto, no suelen faltar. Tampoco resulta extraño que los temas egiptológicos tengan una presencia destacada. Esto se corresponde con una constante presencia de exposición, la edición constante de libros y documentales, por no hablar de las preferencias turísticas, normalmente ligadas a una cierta fascinación…A esta actitud general se le llama “egiptomanía”, una pasión que se remonta al Grecia clásica o a la Biblia, pero que en las últimas décadas ha conocido un carácter masiva, espectacular…
¿Por qué esa atracción hacia una civilización milenaria tan alejada de nuestro pasado cultural? La respuesta es simple: es una civilización que nos sobrecoge. De hecho, y como no podía ser menos, dicha fascinación existió ya en la Grecia clásica, y se mantuvo latente a través de Roma y de las propias lecturas bíblicas hasta llegar a nuestro tiempo, cuando la Arqueología encontró en las arenas de Egipto su mayor  motivación.

Actualmente la «egiptomanía» es, por lo tanto, un fenómeno de masas. Se manifiesta por diversas vías, como lo puede ser la atracción turística, pero sobre todo por un despliegue constante de manifestaciones egiptológicas tales como espectaculares exposiciones, amén de una verdadera “pirámide” de libros, por lo general bellamente ilustrados, y de toda clase de revistas especializadas populares como por ejemplo “National Geographic”, sin olvidar la existencia de una producción incesante de documentales sobre tal o cual aspecto del Antiguo Egipto, un material más que suficiente para llenar una biblioteca y/o una filmoteca.

De hecho, estas manifestaciones son en sí mismas parte de una historia en la que tanto se puede hablar del devenir de la Arqueología como del aumento de los conocimientos sobre las realidades más cotidianas hasta ahora ocultadas por los monumentos y por los grandes dignatarios. Aquí habría que hablar del cuestionamiento del hegemonismo cultural occidental fundamentado en la triade Grecia-Roma-Jerusalén, ya que por delante y por encima estuvo el Antiguo Egipto, en no poca medida “madre” de todas estas civilizaciones y de las religiones que algunos han querido dar por eternas.

Semejante esplendor de la difusión podría hacer creer a los más jóvenes que siempre fue así, o al menos muy parecido. Nada más lejos de la verdad.
Al menos hasta los años sesenta cosas así eran poco más que un sueño, y la Egiptología se reducía a una franja muy limitada de especialistas. El Antiguo Egipto era tan lejano y mítico casi como la Atlántida. Se sabían cuatro cosas sobre las pirámides y las momias. Hasta Mika Waltari no hubo ninguna obra literaria reconocida sobre la cuestión, y no sería de extrañar que hasta que el estreno de Los diez mandamientos mostró a Ramsés II, encarnado por el popular Yul Brynner, fuera de los pequeños circuitos de estudiosos, poca gente hubiese sabido decir el nombre de un solo faraón, y no hablemos ya de descender unos peldaños hacia la vida cotidiana del pueblo llano.

Este conocimiento permanecía ocupado por las leyendas bíblicas, y en los libros escolares se mencionaba someramente el reflejo egipcio en la “Historia Sagrada”.

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