El papel de las elecciones cuando la democracia está en las calles

Se acercan las elecciones al Parlamento del 25 de noviembre, en un contexto histórico: la cuestión nacional, con la expresión de la manifestación del 11S, y la crisis económica, doblemente expresada en el sufrimiento de la clase trabajadora por las políticas de austeridad y en su respuesta con movilizaciones y huelgas, han sacudido las placas tectónicas de la política catalana y abren un nuevo momento político. Aún así, parece que es CiU quien está consiguiendo capitalizar el rédito de este escenario. Ante esto, debemos analizar el papel de las elecciones y la posición que los revolucionarios y revolucionarias tenemos que adoptar hacia estas.

Nosotros votamos cada cuatro años, los mercados votan cada día. La sociedad actual se caracteriza principalmente por la contradicción de intereses que surge entre unos pocos capitalistas, amos de los hoteles, fábricas, centros comerciales, call centers, etc., y la gran mayoría de la sociedad, que tiene que trabajar para poder ganarse la vida, la clase trabajadora. El estado y el aparato del poder está sometido a los intereses de la clase dominante para mantener la situación actual. En los últimos años de crisis hemos visto de una manera más clara que nunca como los estados europeos, más allá de lo que vote la ciudadanía, y la agenda política de los estados de la UE, es la demolición del estado del bienestar, los salarios y las condiciones de vida de las clases populares. El estado no es un instrumento de «conciliación» y neutralidad, sino de dominación. Lo hemos vuelto a ver con la reforma exprés de la Constitución española para establecer un techo de déficit, con el memorándum griego y los hombres de negro de la troika que llegan para imponerlo, con presupuestos que salvan bancos y condenan a las personas. 


Aún así, un vistazo a la historia y las luchas que han conquistado el sufragio universal, por ejemplo, nos muestran que la democracia parlamentaria actual es un compromiso entre la burguesía, que intenta emplear constantemente los mecanismos parlamentarios para asimilar y desmovilizar las fuerzas políticas de la clase trabajadora, y la clase trabajadora. Aunque llegue un gobierno de izquierdas, la clase dirigente sigue controlando los medios de producción en base a la lógica del mercado, y sigue ligada a gran parte de la jerarquía de la maquinaria estatal. 


Es precisamente por esta razón que la clase trabajadora no puede tomar el poder del aparato del estado actual y emplearlo para acabar con la división de clases, pues es un instrumento de la clase dominante para ejercer una posición privilegiada sobre la mayoría (aparato judicial, policía, legislación..). El desastre chileno de 1973, con el golpe de estado del ejercito contra el Gobierno de Allende, resuena en la memoria. Necesitamos un estado revolucionario al servicio y a manos de la clase trabajadora, un poder popular basado en la democracia de las mayorías, para acabar con los privilegios de los de arriba y destruir sus instrumentos de dominación. 


En algunos momentos, la elección de un gobierno de izquierdas permite la posibilidad de una subida del movimiento de los trabajadores, exigiendo mejoras a “su gobierno” y aprovechando la confusión inicial de la burguesía. Un ejemplo claro fue la victoria del Frente Popular francés en 1936. Una semana después, el movimiento obrero se sintió con la confianza y la capacidad de empezar una oleada masiva de huelgas. Desgraciadamente, el gobierno siempre intentará estabilizar la situación y canalizar y reconducir la fuerza y las reivindicaciones del movimiento. Chris Harman, historiador marxista y revolucionario, afirmaba que: «la llegada de un gobierno de izquierdas tan sólo fortalecerá el movimiento de los trabajadores en la medida en que la clase no tenga ilusiones en este gobierno. Cuanto más independiente y fuerte sea el movimiento de los trabajadores, más reformas forzará en el gobierno. (…) Pero cuanto más ligado esté a las estructuras de poder del estado, mayor es la posibilidad de una reacción de la burguesía». 


Pero a la vez debemos preguntarnos: ¿cuál es el papel del proceso electoral? ¿Qué posición tenemos que tomar como personas revolucionarias hacia las elecciones a una democracia parlamentaria? La respuesta no es unívoca, depende principalmente de la correlación de fuerzas y del momento político en el que lo discutimos, pero las elecciones son un espacio en que se abre un debate político y las fuerzas sociales entran en disputa. Una disputa que se acaba plasmando en el parlamento, con todas las dificultades actuales (sistemas electorales que refuerzan el bipartidismo, campañas pagadas con créditos a la banca, medios de comunicación al servicio de grades maquinarías electorales..). 


Las organizaciones revolucionarias y la izquierda radical podemos emplear este espacio electoral. En primer lugar, para conseguir un altavoz de las luchas que llevan a cabo los y las de bajo al parlamento, qué pueda virar por poco que sea el debate parlamentario, ofreciendo una alternativa al discurso dominante, la alternativa de las luchas en las calles y en los puestos de trabajo, que pueda ser referencia política para la clase trabajadora, restando espacio a los partidos del régimen. También por un aspecto puramente propagandístico, de hacer llegar a más personas las ideas anticapitalistas durante la contesta electoral. Y todo esto sirve para seguir impulsando las luchas, para decir que la democracia hoy y siempre está en la calle y en los puestos de trabajo y no en el parlamento. 



Laura Torrents es militante de Estudiants En lluita

http://enlucha.org/site/?q=node/17868

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