“El padrecito Stalin”

El señor Israel Shamir obsequió a los lectores de Rebelión, el pasado 16 de junio, con un panegírico de los logros de José Stalin contrapuesto a la figura de León Trotsky, poco más que un ladrón de iglesias obsesionado con la “revolución permanente”. Aún así, recomienda a Celia Hart interesarse por su legado, aunque sin contraponerlo con el “auténtico comunismo soviético”, que supuestamente representaría el régimen de Stalin, ya que todo se basaría en malentendidos.

Loables intenciones, aunque resulte imposible intentar conciliar el estalinismo no ya con la obra de Trotsky, sino con el “auténtico comunismo soviético”, ya que Stalin, tras la muerte de Lenin, liquidó físicamente a toda la generación de bolcheviques que había liderado la revolución de octubre, no sólo dirigentes sino militantes, no sólo opositores sino personas que habían coincidido con las posturas de Stalin, no sólo ellos sino también sus familias (en el caso de Trotsky, además de él murieron su primera esposa, sus hijos, nueras y demás familia, muchos de ellos totalmente ajenos a la política).


Espero que el señor Shamir no pretenda convencernos de que el segundón Stalin, que no jugó ningún papel relevante en la revolución, junto su séquito de arribistas y burócratas corruptos (afiliados al partido cuando éste ya había consolidado su poder) representan mejor la tradición soviética que Bujarin, Zinóviev, Kámenev, Trotsky y tantos miles de revolucionarios que murieron por orden de Stalin.

Stalin gobernó “un vasto continente con muchas naciones y lenguajes” deportando a naciones enteras y prohibiendo sus lenguas y culturas.
Stalin, asustado por el poder que habían adquirido los propietarios agrícolas gracias a su política derechista, impulsó una colectivización forzosa del campo olvidando las condiciones materiales (granjas colectivas con arados de madera), es decir, el ABC del marxismo, y causando un desastre del que la agricultura rusa jamás se recuperó, así como la muerte por hambre de millones de personas.

Stalin mejoró los derechos de los trabajadores aumentando la jornada laboral, los trabajos forzados, prohibiendo el aborto (legalizado por la revolución) y dificultando el divorcio.

Stalin creó “la base industrial y la ciencia adelantada” al adoptar parte de las ideas de la industrialización rápida de Trotsky y Preobrazhensky que antes había desechado liquidando a sus partidarios, y mostrando así la superioridad de la economía planificada a pesar de la inmensa corrupción de la casta burocrática, que llevaría a la restauración capitalista de nuestros días (como predijo el “alienador” Trotsky, señor Shamir). Yeltsin y Putin no son sino exponentes de esa casta de burócratas que encontró en el régimen de Stalin la consolidación de su poder.

El señor Shamir también se refiere a los supuestos “errores” de Trotsky. En realidad el único error de Trotsky fue subestimar la amenaza de Stalin y sus acólitos, que acabarían matándolo junto con el estado obrero.

Trotsky creó el Ejército Rojo en un país asolado por la guerra y el hambre, derrotando la intervención combinada de los países más poderosos (incluidos Inglaterra, Francia, Japón y Estados Unidos). Por perder la guerra contra Polonia el señor Shamir entiende ser derrotado a las puertas de Varsovia. Tremenda derrota para un ejército que había avanzado victorioso desde Petrogrado y consiguió restablecer las fronteras de Rusia.
En cuanto a la paz con Alemania, Trotsky fue culpable de retrasar las negociaciones a la espera de una revolución en Alemania que todos los bolcheviques (incluso Stalin) esperaban. Por cierto, que cuando las condiciones para ésta se dieron en los años 20, el perspicaz Stalin ordenó a los comunistas alemanes formar un frente común con los nazis frente a los socialdemócratas (“socialfascistas” los llamaba en su célebre teoría del “Tercer Periodo”).

El “internacionalista” Stalin “ayudó” a la República española vendiendo armas (pagadas en oro y por adelantado, visto lo que confiaba en la victoria) y mandando a sus agentes a liquidar los partidos obreros y pactar con la burguesía.

En China, el “genio estratégico” de Stalin le llevó a ordenar a los comunistas chinos aliarse con el Kuomingtang incluso mientras éste los llevaba al paredón. Gracias a ello la revolución china tuvo que esperar 25 años y ser realizada a pesar de los “fraternales” consejos de Stalin de un gobierno de coalición con el Kuomingtang o la partición del país.

Stalin lideró la guerra contra Alemania, en la que gracias a que había ejecutado a la inmensa mayoría de cuadros del ejército rojo (incluyendo a los veteranos de España), Hítler consiguió llegar a las puertas de Moscú en 4 meses mientras Stalin pasaba semanas en estado de shock ante el inesperado ataque de su “amigo”, con el que había pactado dos años antes, y muchos burócratas “comunistas” rusos colaboraban con entusiasmo con los invasores. Sólo el heroico esfuerzo de millones de trabajadores y soldados soviéticos consiguió detener al fascismo y reverter la situación.
En cuanto a la acusación de “pro-capitalistas” a algunos grupos trotskistas de hoy en día, el señor Shamir debería leer antes la obra de Trotsky, como recomendaba Celia Hart, antes de decidir si alguien sigue o no sus ideas. El trotskismo tiene un áurea de radicalidad que atrae a muchos extremistas, y como decía Lenin: “rascad la piel de un extremista y encontraréis debajo un oportunista”.

No olvide tampoco, señor Shamir, que todos los crímenes de Stalin fueron jaleados (y no por ignorancia) por los líderes de los partidos comunistas que hoy se lamentan de la pérdida de apoyo popular y se dedican a hacer “transfusiones rojas” a la socialdemocracia.


Para acabar un texto de Leopold Trepper , que nunca fue trotskista sino director de una red de espionaje soviética en Europa, y que examinando su conciencia decía «¿Cómo pudieron aceptar que se condenara sin pruebas a sus camaradas de combate? (…) Después del 20º Congreso del partido comunista celebrado en 1956, todos esos dirigentes fingieron quedar estupefactos. Según decían, el informe de Kruschev era para ellos una verdadera revelación. Pero, en realidad, habían sido cómplices conscientes de la liquidación de numerosos militantes e incluso miembros de sus propios partidos. De aquel sombrío período he conservado unos recuerdos que aún no se han borrado de mi mente (…) el temor al mañana y la angustia de vivir quizás nuestras últimas horas de libertad determinaban nuestros actos. Y además el miedo, que se había convertido en nuestra segunda piel, nos incitaba a la prudencia, a la sumisión. Yo sabía que mis amigos habían sido detenidos y, no obstante, me callaba. ¿Por qué a ellos los habían detenido? ¿Y por qué no a mí? Aguardaba mi turno y me preparaba para aquél epílogo». (…)

«Yugoslavos, polacos, lituanos, checos, todos desaparecían. En 1937 ya no era posible encontrar ni siquiera a uno de los principales dirigentes del Partido Comunista Alemán, excepto Wilhelm Pieck y Walter Ulbricht. La locura represiva carecía de límites: la sección coreana estaba diezmada, los delegados indios habían desaparecido, los representantes del Partido Comunista Chino se hallaban encarcelados (…) Los fulgores de Octubre iban extinguiéndose en los corpúsculos carcelarios. La revolución degenerada había engendrado un sistema de terror y horror, en el que eran escarnecidos los ideales socialistas en nombre de un dogma fosilizado que los verdugos aun tenían la desfachatez de llamar marxismo.

«Y sin embargo, desgarrados pero dóciles, nos había seguido triturando el engranaje que habíamos puesto en marcha con nuestras propias manos. Cual ruedas del mecanismo, aterrorizados hasta el extravío, nos habíamos convertido en instrumentos de nuestra propia sumisión. Todos los que no se alzaron contra la máquina estalinista son responsables, colectivamente responsables. Tampoco yo me libro de este veredicto.

«Pero, ¿quién protestó en aquella época? ¿Quién se levantó para gritar su hastío?

«Los trotskistas pueden reivindicar ese honor. A semejanza de su líder, que pagó su obstinación con un pioletazo, los trotskistas combatieron totalmente el estalinismo, y fueron los únicos que lo hicieron. En la época de las grandes purgas, ya sólo podían gritar su rebeldía en las inmensidades heladas a las que los habían conducido para mejor exterminarlos. En los campos de concentración su conducta fue siempre digna e incluso ejemplar. Pero sus voces se perdieron en la tundra siberiana.

«Hoy día los trotskistas tienen el derecho de acusar a quienes antaño corearon los aullidos de muerte de los lobos. Que no olviden, sin embargo, que poseían sobre nosotros la inmensa ventaja de disponer de un sistema político coherente, susceptible de sustituir el estalinismo, y al que podían agarrarse en medio de la profunda miseria de la revolución traicionada. Los trotskistas no 'confesaban' porque sabían que sus confesiones no servirían ni al partido ni al socialismo»

(Leopold Trepper, “El Gran Juego”, ps. 66-68. Citado por Ted Grant en “Rusia, de la revolución a la Contrarrevolución”)

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