El pacto de la hiena y el zorro

Cinco años y nueve meses después de haber ocupado militarmente a Iraq en marzo del 2003, con un saldo de más de un millón de civiles masacrados, la destrucción de su infraestructura socioeconómica y la apropiación de sus vastas fuentes energéticas, Estados Unidos ha suscrito un “acuerdo” con el gobierno títere de esa nación árabe, para el supuesto retiro de las tropas norteamericanas antes de diciembre del 2011.
El documento, firmado por el ministro de Exteriores de Iraq, Hoshiyar Zibari, y el embajador estadounidense en este país, Ryan Crocker, tras varios meses de negociaciones, no es precisamente “un pacto de caballeros” entre Washington y su fiel subordinado, el primer ministro Nuri Al Maliki; más bien es una alianza entre la hiena y el zorro, para garantizar la continuidad de la permanencia del imperio norteamericano en esa nación árabe.
El “arreglo” no se limita a la evacuación de estos efectivos, se proyecta, además, en un marco estratégico a largo plazo, que condicionará durante años las relaciones bilaterales en los campos de la economía, la cultura, la ciencia, la tecnología, la salud y el comercio, otra de las formas no sutiles de prolongar el dominio colonial imperialista.
Este acuerdo, que deberá ser ratificado por el Parlamento iraquí, no satisface las demandas populares ni las de diversos partidos políticos, que exigen la retirada incondicional de los 152 mil soldados que ocupan el país, dislocados en más de 400 bases militares.
A las protestas populares se unen las de los seguidores del clérigo chiita Moqtada al-Sadr, cuyas milicias armadas se oponen totalmente al pacto, al igual que las del mayor bloque árabe sunita, el Frente de Consenso.
Serias aprensiones parten también de Irán, que califica el pacto de “signo de capitulación” del gobierno iraquí, mientras Siria considera tal acuerdo “una amenaza a los países vecinos y a la seguridad regional”, por la falta de garantías que les ofrece el conciliábulo entre Washington y Bagdad.
Otro aspecto a tener en cuenta es que a finales de diciembre del 2008 terminará el mandato conferido por el Consejo de Seguridad a la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Iraq (MIASNUI), el cual prevé que todos los contingentes más pequeños abandonen el país y solo permanezcan las tropas estadounidenses y británicas, sus principales ocupantes.
De refrendarse el pacto, el máximo responsable e impulsor de la fracasada guerra contra Iraq, George W. Bush, que nunca aceptó establecer un cronograma para la retirada de las tropas norteamericanas, se verá forzado en su albur de arranque a admitir las condiciones estipuladas en el “arreglo”, obtenida a base de las fuertes presiones ejercidas sobre el gobierno de Al Maliki y las diversas enmiendas introducidas por Estados Unidos al documento.
El mayor depredador del mundo y fracasado presidente carga entre sus bártulos, además, la debacle sufrida en una ilegal e injusta guerra que también ha costado la vida a más de 4 mil 200 soldados estadounidenses, trillones de dólares y el descrédito mundial para Estados Unidos, pesado fardo que deja como herencia a su sucesor, Barack Obama, quien ha prometido la evacuación de Iraq.
Sin embargo, si se toma en cuenta el criterio del jefe del estado mayor conjunto estadounidense, almirante Michael Mullen, de que “el retiro de los soldados norteamericanos de Iraq dependerá de la situación en el lugar”, surgen dudas.
A causa de las acciones de la resistencia y las protestas populares, la situación no es nada estable y mucho menos segura, como pretende hacer creer la Casa Blanca.
Es muy poco probable que Estados Unidos abandone sin secretas condiciones las privilegiadas posiciones que ocupa en Iraq y sin dejar allí un gobierno servil a sus intereses y cientos de bases militares equipadas con el más moderno material de guerra en una región que considera estratégica para sus planes geopolíticos.
Nada más parecido a las estrofas de los versos del poeta venezolano Andrés Eloy Blanco: yo solo sé que te vas; yo solo sé que me quedo.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS