El otro poder

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Resultado de los avances de las nuevas tecnologías, los datos son capaces de recoger el contenido de toda la existencia colectiva de manera científica, dispuestos para ser tratados y obtener resultados fiables para hacer previsiones avanzadas.

Acostumbrados al sentido tradicional del poder, suelen pasar desapercibidos los nuevos poderes emergentes en el plano político. Esto es lo que viene a suceder con los datos. Resultado de los avances de las nuevas tecnologías, los datos son capaces de recoger el contenido de toda la existencia colectiva de manera metódica, dispuestos para ser tratados y obtener resultados fiables para hacer previsiones avanzadas. Las megaempresas de internet, dedicadas a procurar cierto grado de ilustración a las masas, han aprovechado la otra vertiente del negocio comerciando con los datos que les ofrecen los usuarios. Se dice que acumular datos para ser procesados permite adelantarse a las preferencias de los consumidores, orientarlas y ofertar soluciones a sus necesidades. Resultando que en la práctica el consumidor compra lo que le ordenan, incluso más allá de sus necesidades. A tal fin solo basta con disponer de los medios tecnológicos para trabajar esos datos, y efectivamente disponen de ellos, luego basta con personalizarlos. El mercado ha dado buena cuenta de ello, tanto para detectar las preferencias sociales como para canalizarlas en la medida de sus intereses. No obstante, las megaempresas han sabido explotar el nuevo potencial más allá del aspecto comercial y ya están preparadas para controlar el mundo.

Extraer datos para conocer las tendencias comerciales de los potenciales consumidores era el aspecto inocente de la actividad de esas empresas multinacionales, porque realmente sus pretensiones siempre han sido más ambiciosas. Prueba de ello es que han pasado a ser instrumentos de control político. En ese punto, el voto se puede inclinar del lado que convenga, así como las posiciones políticas. Basta con dar a los ingentes datos acumulados la orientación que interese. Esto quiere decir que si bien el poder oficial reside en los Estados, ese otro poder sutil está en las megaempresas que dominan el panorama de internet, puesto que conocen las intimidades de toda la humanidad conectada y las manipulan a conveniencia con el auxilio de las nuevas tecnologías.

En el mundo de internet, cada individuo está plenamente identificado, localizado y en él todo es previsible, por lo que, extrapolando el asunto al terreno de las masas, el desorden no tiene cabida, puesto que están plenamente controladas. Los algoritmos permiten predecir toda conducta humana, solo basta encauzarla si trata de salirse de los perfiles establecidos. Donde venimos y adonde vamos ya está previsto. De esta manera la libertad siempre estará vigilada o al menos en cuanto operamos a través de la intercomunicación servida por las grandes máquinas. En cuanto se entra en la red no hay intimidad, cada palabra que asoma es procesada; tampoco hay libertad, porque alguien encontrará soluciones para domesticarla, si apunta contra el sistema.

Extrapolando el tema al terreno político, hay que tener en cuenta que el Estado tradicional ha venido siendo el aparato burocrático clave para el mantenimiento de un orden local, utilizando el arsenal de leyes que permite mantener a raya a las masas, pero tiene demasiadas fisuras, por lo que la fiscalización nunca puede ser absoluta. Su principal instrumento de ordenación, la ley, siempre ha acusado cierto grado de obsolescencia, porque no va acompañada de componentes sólidos de control interno de las individualidades, tal y como antes sucedía con el ojo que vigilaba en la intimidad. Además, las leyes ofrecen soluciones tardías en un mundo en el que todo depende de la rapidez en la toma de decisiones. Huérfanas de creencias y con una moral en crisis, el control total sobre las masas se resiente en cuanto la solución jurídica resulta insuficiente. Se nota, por un lado, la ausencia de la divinidad que mantenía a raya las conciencias y la no desdeñable colaboración de la teocracia. Por otro, hay una carencia de información referente a las intimidades personales y sobre los pensamientos íntimos de los individuos. En definitiva, la ley, aunque efectiva, llega tarde porque camina a remolque de la realidad.

Consolidada ya la sociedad construida para atender al mercado de masas, este ha tomado el protagonismo hasta el punto de que dispone de la capacidad para ordenarlo todo por sí mismo, aunque en ocasiones muestre apariencia de un desorden ordenado. El estudio científico sobre una ingente base de datos, que hoy es posible acumular en las máquinas, permite realizar un control predictivo de las masas, por lo que resulta ser incluso más eficaz que las creencias, la moral y hasta las leyes. Consecuentemente, en el mercado de masas, con el uso razonado de los datos, es posible adelantarse a cualquier movimiento e implementar soluciones inmediatas. Dada su eficacia hay que prestarle especial atención.

Consciente de ello, el nuevo capitalismo se ha volcado en utilizar a conveniencia de sus intereses el valor de los datos, poniendo la ciencia a su servicio y haciendo uso de las nuevas tecnologías. Con lo que el nuevo orden capitalista apenas necesita de la fórmula estatal para tenerlo todo bajo control absoluto. Al conocer en su integridad la vida de todos y poder adelantarse a sus actuaciones, el orden ahora es más efectivo que con la ley tradicional. Lo que no quiere decir que haya que prescindir de ella, dado su valor formal, sin embargo habrá que irse adecuando a la realidad del nuevo poder.

Antonio Lorca Siero.

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