El otro orden de cosas

La vida es lo que pasa mientras hacemos planes, el capitalismo no hace planes sino crisis y se va adaptando a lo que salga, a las que vayan llegando. Es posible que el otro orden de cosas que venga pueda hacer los planes a largo plazo que necesitamos y que ni el capitalismo, ni siquiera la democracia pueden hacer. 

   Jorge habla de biomímesis, de hacer como la vida, la vida es como Gaia, demasiado cruel, la vida mata, los planes a largo plazo de la vida incluyen extinciones en masa. Para obtener precisiones acerca de los planes y planos de la vida es bueno descender hasta el genoma, allí vemos que no hay un plan general de desarrollo, no hay planes, no hay planos de arquitectura, no hay arquitecto. El desarrollo del embrión, y en último término, del adulto, se alcanza mediante reglas locales que las células ejecutan, interaccionando con otras células en un marco local. Nadie, leyendo la secuencia del letras del ADN del óvulo fertilizado, podría predecir la forma del animal en que se convertirá. El sucesor es el que lee planos para convertirse en otro, otro que leerá los planos y ejecutará la forma de un tercero y así hasta la madurez y la muerte.

  El velo de la ignorancia es un mecanismo que funciona desde el buen olvidar al bien morir. Para poder actuar “responsablemente” tenemos que hacer “como si” supiéramos. Asumiendo el riesgo de la fe en la bondad del cálculo de riesgos. La fe inamovible de los economistas matemáticos en haber desterrado para siempre la ignorancia en relación a los riesgos fue un importante factor coadyuvante de la catástrofe financiera y sigue atacando incluso a la izquierda cuando no se pasa en bloque al ecologismo y se niega a ver el final de los recursos, a pensar que se está acabando el bienestar barato porque se acaba el dinero barato porque el petróleo barato hace ya tiempo que se ha acabado. Tanta baratería estaba haciendo de nosotros una humanidad barata.

  El principio de la docta ignorancia se satisface particularmente bien con formulaciones negativas: no la construcción de la sociedad del decrecimiento sostenible sino el final de la crisis. No qué salud sino la ausencia de enfermedad, no qué riqueza sino la ausencia de pobreza, no qué compañía sino al menos no estar solo… Velo de ignorancia para separar no sólo unas decisiones de otras, sino lo que tienen de mutuo muchas de nuestras decisiones, cómo afectan a la naturaleza o a la humanidad del futuro. 

  El despecho y la desilusión por no haber conseguido realizar los planes la última vez que los hicimos oculta que hay algo más que en fracaso en la realización. Hacer planes y concebir destinos se acompaña de sentimientos agradables, y quién durante toda su vida no fuera otra cosa que un buen hacedor de planes sería un hombre feliz; pero le será necesario, de vez en cuando, reposar de esta actividad, realizando uno de sus planes, y he aquí el despecho y la desilusión. con la planificación tratamos de crear las condiciones bajo las cuales el conocimiento e iniciativa de los individuos encuentren el mejor campo para que  ellos  puedan componer de la manera más afortunada sus planes. O si una utilización racional de nuestros recursos requiere la dirección centralizada de todas nuestras actividades, de acuerdo con algún  modelo construido expresamente.

   Al empezar el curso todos hacemos planes, el otoño caliente cantado parece propiciarlos particularmente. Si ya echábamos de menos a los maestros subversivos, si ya sentíamos como si la escuela se estuviera convirtiendo en una casa de tolerancia de la que salen jovencitas con destino al supermercado, ahora que hay barra libre para las prisas, las cosas de cualquier modo y los recortes impuestos, tolerar sin más lo que somos entraña cerrar la puerta a lo que pensamos que deberíamos ser. La instrucción en “destrezas” para el mercado a la que apuntan los planes de estudio, desde la enseñanza primaria a la superior, dispone al individuo para los negocios, para entender la negociación, un instrumento de mercado, como objetivo de la política, para tolerarlo todo, para no asombrarnos de nada. Para despreciar cuanto ignoremos, tolerar lo que ignoremos e ignorar cuánto o qué ignoramos. Y considerar a la sociedad como al individuo no como algo hecho que hay que conocer, sino como algo por hacer, que cortejar, algo digno de ser amado.

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