«El oficio de hacer política»

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Dada la amplitud de conocimientos que requiere el desarrollo actual, en la era tecnológica la necesidad de la especialización laboral ha pasado a ser clave para la buena marcha de los distintos sectores sociales y de la sociedad en su conjunto. La tarea de gobernar a las masas no podía ser una excepción en las sociedades burocratizadas, de ahí que la política tienda a ser entendida como una profesión más. Esa actividad se va consolidando con cierta perspectiva laboral, aunque en lo organizativo no siga los cauces habituales. Por ejemplo, se echa en falta la sindicación o la ausencia de un colegio profesional que regule el ejercicio del empleo, la defensa de los intereses del colectivo y permita tener bajo control a sus miembros. Sin embargo esta carencia no ha sido relevante para definirla, ya que se viene supliendo a través de los respectivos partidos, encargados de velar por el orden profesional en el terreno de la política, y esa impresión generalizada de la existencia de una clase, con sus normas, que marca diferencias con el resto de la ciudadanía.

Se suele entender que la política es una actividad seria, pero que por unos u otros intereses empieza a enfilar la senda del vodevil. Para conservar la dignidad del ejercicio de la política se requiere acreditar debidamente la valía del personaje, no sirve eso de andar por libre o ser famoso y saltar al escenario de la gobernanza, hay que seguir los cauces socialmente establecidos como en cualquier otra actividad. A tal fin, siguiendo a otras profesiones actuales de cierto prestigio social, se requiere que sea amparada en su ejercicio por un título académico que acredite los conocimientos necesarios para ejercerla. Hasta ahora se ha venido practicando en el oficio de cualquier manera, incluso sin la debida formación o, a lo más, haciendo unos cursillos acelerados en centros particulares de nuevas profesiones. Los partidos, como árbitros de la política dedicados a la captación del voto a toda costa no dudan en recurrir a neófitos en el sector, echando mano de profesionales de otros campos en los que se han acreditado con cierta notoriedad y se pretende traspasar la imagen allí elaborada al terreno de la política. Aunque cualquier ideología política a efectos electorales acuda a nombres sonoros a los oídos de las masas para venderse mejor, lo de ser político es algo más que mercadeo de la imagen, porque está juego el buen gobierno de la sociedad y no debiera admitir desaciertos. Claro está que la situación es consecuencia de la propia democracia representativa que abre la puerta para ejercer como gobernante a cualquiera que sea elegido por los votantes, aunque la llave la tienen los partidos.

Considerando el papel asignado a la política, la carrera de político demanda la creación de centros del más alto nivel educativo, puesto que se requiere una amplia formación humanística y técnica, a fin de que, tras superar los ciclos lectivos correspondientes y las oportunas pruebas académicas, se pueda expedir el correspondiente título que habilite para ejercer la profesión con todas las garantías. Acceder a la política sin el debido bagaje formativo, en virtud de la astucia personal o al amparo de una imagen ocasional reconocida por los integrantes de la sociedad del espectáculo del que aspira a medrar a nivel social, es derivar la política al terreno de lo comercial, siguiendo el ejemplo de las empresas diseñadas para fomentar el consumismo. De lo que se trata es de dejar a un lado la imagen para la ocasión y presentarse ante el escenario ciudadano con sentido de responsabilidad, respectando el orden social, sin caer en lo rompedor ni en lo estrafalario para vender espectáculo a los videntes.

Si la tesis de la necesidad de formación académica está en consonancia con la importancia de la actividad, ya que está orientada a gobernar a los demás, y conlleva ocupar un puesto relevante en la sociedad elitista, su rentabilidad económica es otro argumento que la refuerza. Este último suele ser el más realista a la vista del público. De un lado, gozar de un salario digno a cargo de los contribuyentes en efectivo metálico —ya sea como político gobernante o en la oposición—y, de otro, teniendo en cuenta esa otra parte que oficialmente no es computable, pero que va aneja al ejercicio de las distintas formas de poder, resulta evidente que no puede alcanzarse merced a un simple sorteo o a un rótulo comercial, sino al mérito personal. Además, tales ventajas salariales derivadas de la profesión se complementan con otras que van ganando terreno con el paso del tiempo. Se trata de derechos laborales legalmente establecidos, como pudieran ser los periodos vacacionales, permisos derivados de la maternidad y de la paternidad, los seguros médicos, paro, jubilaciones, indemnizaciones e incluso bonus o contratos fabulosos para fichar por la empresa privada al abandonar la actividad. Lo que resulta atractivo para cualquier persona. Acceder a tales beneficios económicos es otro argumento más a considerar para exigir una formación sólida que, por otro lado, viene a confirmar el carácter meramente profesional de la actividad de los políticos.

Al margen del aspecto anecdótico del tema, la necesidad de regular oficialmente la carrera de político y hacer de ella una profesión dentro del encuadre laboral de los países avanzados, viene incentivada por la práctica extendida de los fichajes de personajes conocidos, iconos en su actividad —aunque a veces sin mérito alguno—pero ajenos a la política. Si bien la maquinaria del partido puede suplir sus deficiencias en este terreno, al menos hay que guardar las apariencias. La cosa queda clara para quien quiera entenderlo, el ejercicio de la profesión de dedicado a la política no puede quedar a la determinación de la cúpula del partido, el pueblo tiene derecho a que se le sitúe en el futuro plantel electoral a personajes de reconocido prestigio en este campo y con el debido título académico que habilite para ejercer la política. Más tarde, a la vista del resultado de la elección, habría que determinar, pese a la titulación, su idoneidad para ejercer la profesión y darle el aprobado definitivo.

Antonio Lorca Siero

Marzo de 2019.

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