El nuevo año: Imperialismo, sionismo y evangelismo

Por Luz Marina López Espinosa

Por Luz Marina López Espinosa “A quien le gusten los indios, que se vaya a Bolivia que es presidida por un indio”. Rodrigo Amorín diputado de Brasil. El año que recién terminó y el que comienza, lo fue con dramáticas advertencias de catástrofe global por cuenta del cambio climático con sus pavorosas consecuencias de extinción […]

Por Luz Marina López Espinosa

“A quien le gusten los indios, que se vaya a Bolivia que es presidida por un indio”. Rodrigo Amorín diputado de Brasil.

El año que recién terminó y el que comienza, lo fue con dramáticas advertencias de catástrofe global por cuenta del cambio climático con sus pavorosas consecuencias de extinción de especies animales y plantas, fríos intensos, incendios devastadores, y la desaparición de las invaluables abejas. En una palabra, miseria y muerte. Todo por cuenta de la inconsciencia del hombre, porque es a resultas de decisiones suyas queridas y adoptadas frente a advertencias desoídas de los más lúcidos.

Si ello ya no fuera bastante, termina el año 2018 y comienza este 2019 con aciagas manifestaciones de una inconsciencia, esa sí ya no más a menos sabida como la ambiental, sino cínicamente afirmada, la de los mandamases del mundo reivindicando la práctica de lo que consideran su derecho fundamental: el de matar. Sí. Lisa y llanamente matar, sin necesidad de detallar los modos como realizan esa vocación: invadir pueblos, bombardearlos, cercarlos por hambre, generarles guerras internas o embargarlos.

¿De qué, o mejor, de quiénes estamos hablando? Con nombre propio, de Donald Trump, Benjamín Netanyahu, Rodrigo Duterte, Jair Bolsonaro y Salmán bin Abdulazis el rey de Arabia Saudita los más salientes. Hombres investidos bien o mal de poder político y militar, soberanos de sus naciones, que ejercen su afición por la muerte donde y en la medida que su criterio lo indique. Por derecho natural arguyen, con frecuencia y para mayor sustento, en conformidad con la voluntad divina, con lo cual ponen la discusión sobre la legitimidad de sus acciones en un terreno muy difícil para el contradictor.

Porque siendo dramático como lo es, una cosa es la tragedia mediata que se podría avizorar con la desaparición de las abejas y la humanidad desfalleciendo por hambre, y otra es el asesinato diario, ante los ojos impasibles del mundo, de palestinos a manos de Netanyahu, de Yemenís a manos del reyezuelo de Arabia Saudita, de sirios a manos de Donald Trump, de filipinos a manos de Duterte y los anunciados y prometidos brasileños a manos de Jair Bolsonaro.

Como lo bueno, la maldad también tiene sus escalas. Y considerando que el asesinato cruel del indefenso es el que más revelador puede ser de esa condición, en el año que recién terminó esa escala la lidera el premier B. Netanyahu quien al mando de una fanatizada horda de sionistas asesinó a trescientos palestinos e hirió a casi treinta mil según cifras de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios OCHA. Número que no sería escandaloso en una guerra con las letales armas de hoy, pero sí cuando se refiere a civiles desarmados que protestan contra el ilegítimo invasor de su territorio y la consecuente opresión que sufren. La atrocidad de ese holocausto se hace patente cuando se repara que desde el año 2.000, Israel ha asesinado a 1.680 niños palestinos.
Pero el holocausto palestino no es un hecho aislado de lo que ocurre en la geopolítica mundial. No casualmente, los autores de ese exterminio de una nacionalidad resultan ligados con los otros nombres aquí señalados como aquellos que signan con augurios de sangre el año que con tanta esperanza las buenas gentes saludan. El triunfo en Brasil del candidato de la extrema derecha Jair Bolsonaro posesionado este 1º de Enero, marca un dramático cambio en la correlación de fuerzas frente a los avasalladores apetitos del imperialismo y del sionismo por regir el mundo. Si el Brasil del Partido de los Trabajadores era solidario como todos los pueblos del tercer mundo con la causa palestina, Bolsonaro se ha revelado como un fanático sionista. Las declaraciones de repudio a Palestina, han sobrepasado lo que el protocolo diplomático permitía suponer. Así, su primer anuncio en la materia, fue el cierre de la embajada de Palestina, arguyendo que éste no era un Estado, y además, que él no negociaba con terroristas.

La inédita visita de Netanyahu a Brasil con motivo de la posesión presidencial – la primera de un primer ministro israelí- con una insólita duración de cinco días, habla de la trascendencia y extensión de los temas a tratar. Según anunció el funcionario, incluía la asistencia, cómo no, especialidad de Israel y debilidad de los regímenes de extrema derecha, en seguridad y defensa. Es decidir, la represión policial y militar de la inconformidad social. Dejó de mencionar que el tema central –confidencial naturalmente-, era la incondicionalidad absoluta de Brasil con Israel en los foros e instancias internacionales donde se debate la ocupación, la represión y crimen de Apartheid que ese país ejerce sobre Palestina. No en balde el saludo de Netanyahu a un exultante Bolsonaro fue: “Israel es la tierra prometida y Brasil es la tierra de la promesa.” Exiguo juego de palabras que aparte de la adulación al nuevo acólito, reafirmaba el dogma fundamental del sionismo, el de su superioridad sobre las demás pueblos y naciones.

La consideración de esa estrecha alianza y la gran admiración que Netanyahu le expresa a Bolsonaro no puede pasar por alto la sórdida personalidad del brasileño, un extremista declarado cuyos rasgos psicopáticos cualquier no especialista detecta. Sus fervientes declaraciones en favor de la dictadura militar de 1964, pionera de las brutales dictaduras que asolaron Latinoamérica, la defensa y más aún, el elogio de la tortura y violación de las mujeres presas, el lamentar que la dictadura –de la que hizo parte como militar activo- haya apenas torturado y no matado a los opositores, sus opiniones despectivas de las mujeres, los indígenas y los negros, y su odio cerval por todo lo que tenga que ver con el socialismo y el pensamiento progresista, muestran a Bolsonaro como un sujeto por fuera de la historia, a contrapelo de aquellos logros que lentamente y al precio de mucho dolor y víctimas, la humanidad ha ido alcanzando a lo largo de centurias. El mismo que retiró a Brasil del recién aprobado Pacto Global sobre Migraciones de la ONU, e hizo suyo el punto principal de la agenda del deplorable Secretario de Estado Mike Pompeo para América, “el retorno de la democracia a Cuba, Venezuela y Nicaragua”. Este personaje está al mando de una rica e inmensa nación de doscientos diez millones de habitantes.

Pero no es sólo Bolsonaro el que marca este 2019 con el peligro de regresar a un pasado que creíamos superado en América Latina. En Filipinas inicia su tercer año de mando absoluto, Rodrigo Duterte, regente elegido de una nación de cien millones de habitantes, ateo furibundo, católico declarado, blasfemo y evangélico de oportunidad –todo al mismo tiempo -, émulo confeso de Hitler y rendido devoto del sionismo -simultáneamente-. Este personaje cuyo símil más aproximado sería el monstruo ugandés Idí Amín, tiene una particularidad que lo hace único entre todos los autócratas: reclama con saña se le reconozca su muy antigua condición de asesino. Pero no de pocos. De miles. Y exige se le tenga en cuenta que su primer crimen lo cometió a los diez y seis años.

Duterte fue el primer presidente filipino en visitar Israel, lo hizo en este año que recién termina. Allí, al expresar su admiración y hacer votos de fidelidad absoluta hacia ese Estado frente a un sonriente Netanyahu, agradeció la asistencia israelí en inteligencia, seguridad y cuándo no, armamento para combatir a sus enemigos. Y les prometió que Filipinas sería, por encima de los Estados Unidos, su proveedor de armas. El presidente y el premier anfitrión agradecieron el gesto del visitante y relevaron cómo compartían su mismo espíritu en cuanto a aplastar sin piedad a los terroristas. Clara referencia a los palestinos.

Los casos de Bolsonaro y de Jimmy Morales, el presidente de Guatemala también elegido por las iglesias evangélicas y que igual corrió a Jerusalén inmediatamente después de los Estados Unidos a trasladar su embajada aún en medio del baño de sangre -60 muertos y 2.700- por las protestas palestinas, obligan a una preocupante reflexión. Se trata del papel cada vez mayor de las iglesias evangélicas que pululan en América Latina y ganan adeptos al ritmo desmesurado en el que los pierde la católica, las cuales se han convertido en grandes protagonistas políticos. Tanto, que el triunfo de esos candidatos no habría sido posible sin el voto de esas iglesias que se hacen llamar cristianas. Pero lo grave de esto, es que es un credo con una clara afiliación ideológica muy afín a la extrema derecha política norteamericana, país donde generalmente se originan. Son además fanáticas incondicionales del Estado de Israel y acríticas frente a sus crímenes, los que justifican en una clara instrumentalización de los textos bíblicos. Expresiones como “El templo de Salomón”, “El Arca de la Alianza”, “Los judíos pueblo elegido de Dios” e “Israel la tierra prometida”, hacen parte de su dogma y prédica diaria. Todo lo anterior resulta muy en sintonía con las conclusiones de estudios sobre el auge de estas iglesias en el tercer mundo, explicándolo en una estrategia de la CIA, aunada a la generosa financiación de capitales judíos a quienes les va interés político y religioso en ello.

Pero los lúgubres presagios en el cielo del año que apenas comienza, cubren todo el orbe. África también. Desde marzo del 2015, una coalición internacional por fuera desde luego del derecho internacional, comandada por el reino de Arabia Saudita y de la cual hacen parte activa los Emiratos Árabes Unidos e Israel que no tendría por qué tener ningún interés en ello, “coalición” bajo el patrocinio político y militar de Estados Unidos, Francia e Inglaterra, realizan una horrenda matanza de Yemeníes mediante diarios bombardeos. Esto, con la excusa de solucionar un levantamiento armado interno que amenaza desalojar del poder al dictador de turno.

El irrelevante rey del régimen despótico de Arabia saudita Salmán bin Abdulazis, y su hijo el gobernante efectivo Mohamed bin Salmán, anodino personaje cuya proyección como figura mundial fue debida al envío de una quincena de esbirros para que descuartizaran vivo al periodista opositor Jamal Khashoggi en la sede de su consulado en Estambul, son los responsables de una de las matanzas más despiadadas contra población civil de los últimos tiempos. Los hospitales, los mercados y los centros religiosos y estudiantiles, son el blanco predilecto de la alianza de naciones que lideran los saudís.

Los males anteriores tienen un denominador común: Donald Trump. Los gobernantes aquí mencionados y las sangrientas campañas en las que están comprometidos, responden en últimas a una agenda diseñada por el primario gobernante norteamericano cuyo carácter arrogante y violento, van de la mano con una ideología profundamente reaccionaria que está dispuesta a sacrificar a la humanidad en beneficio del becerro de oro.

Son esas las sombras que quizás nos lleven a quienes somos apenas seres humanos, a contemplar en este 2019 con melancolía e impotencia, la reedición de Corea y Vietnam. Y los dioses de todos los credos no lo permitan, holocaustos como los del Japón en el innombrable agosto de 1945.

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