El nómada Joseph Roth ( I )

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Nombrar a Joseph Roth es nombrar la primera guerra mundial, a la vez el fin del imperio austro-húngaro, y los primeros destellos de lo que al cabo de los pocos años sería la barbarie nazi. Nacido en un pueblecito de Galitzia, cercano a la frontera de la Rusia zarista, el 2 de setiembre de 1894, hoy Ucrania, procedía de un padre austriaco y de una madre judía. En su país cursó sus estudios, finalizándolos, de filosofía y literatura, en Viena.

Llegada la primera guerra mundial se alistó como voluntario en el ejército austriaco y fue detenido en Rusia, conociendo así de primera mano los tiempos, y las personas, de la revolución que entonces se ponía en marcha; llegó a simpatizar con aquel movimiento y se le conoció en aquellos años como Joseph el rojo, más tarde abandonaría tales simpatías al ver la deriva represiva que tomaba la explosión inicial. Más tarde, liberado, volvería a su país y se dedicaría a escribir y al periodismo en distintos medios y en distintos países como corresponsal en especial en prensa alemana y austríaca. La anexión de su país por los nazis hizo que comenzase su peregrinar, su errancia que le hizo vivir en varias ciudades europeas en hoteluchos de mala muerte hasta que se asentó -es un decir- en la capital del Sena que es donde falleció el 27 de mayo de 1939. La pérdida de la patria (nacido en los márgenes fronterizos de un imperio, su condición de judío, su habla alemana… son muestras todas ellas de su desplazamiento), a la que ha de sumarse la desaparición de sus seres queridos entre otros la de su esposa, diagnosticada como esquizofrénica, y que posteriormente fue liquidada aplicándosele las leyes eugenésicas, hizo que la tristeza cobrase carta de naturaleza en su alma, junto a la nostalgia de unos tiempos pasados, más tranquilos, menos violentos y salvajes en su irracionalidad. Tampoco se ha de ignorar su condición de judío, que le empujaban más si cabe a huir, a peregrinar; condición, no obstante, que él la vivía como una mera casualidad sin importancia, sin preocuparse mayormente por ello.

Autor prolífico, sus obras superar la treintena, destacando La marcha Radetzky ( 1932). Si en sus obras se mezcla su propia vida, encuadrada en el fin del imperio austro-húngaro, sus vivencias en el seno del ejército y la añoranza, en sus últimos años, del imperio desaparecido, en esta que es considerada su obra más lograda, el teniente Joseph Trotta, procedente de una familia campesina eslovena, salva la vida al emperador Francisco José I en la batalla de Solferino, a raíz de lo que se le concede un título nobiliario; los honores de barón y de alto comisario de un departamento del imperio, le serína transmitidos al hijo del héroe de Solferino. Su nieto, oficial de un destacamento fronterizo con Rusia, abandona la vida militar, asfixiado por la bebida, por los amoríos, las deudas en el juego y algunos duelos; la guerra, no obstante le llevan a volver a filas, falleciendo en una acción caritativa más que heroica, al ir a buscar agua para los soldados. Otras culpabilidades y dramas también asoman en el libro, como el del hijo que ve desintegrarse su confianza en los valores paternos, mientras que Berha von Suttner y Rosa Mayreder venían denunciando desde tiempos atrás la autoridad asfixiante de los padres.

Ahora, Acantilado publica « Años de hotel. Postales de la Europa de entreguerras». El título no ha de llevar engaño al temer que podamos hallarnos ante una guía Roth de hoteles de medio pelo o de pelo crecido, ya que lo que recoge el volumen son 64 crónicas en las que el escritor narra lo que ve en su vagabundeo por el Viejo Continente, desde la URSS hasta Alemania, pasando por Albania, Polonia, y por supuesto Austria. Nos describe situaciones y hechos y da cuenta de encuentros con personajes variopintos. Puede decirse que estamos ante una toma de pulso del ambiente que se respiraba en aquellos inciertos años europeos, correspondientes a las décadas de 1920 e y de 1930, habiendo algunos de los artículos fechados el año de su muerte. Ya planeaba sobre Europa la amenaza de la barbarie que luego llegaría y Roth lo anuncia en su artículo sobre la filial del infierno en la tierra, refiriéndose al Tercer Reich y a Goebbels, allá por 1934. No le faltaba puntería al escritor.

No era el único que en aquellos oscuros años en los que el topos europeo parecía hacer aguas, buscaba tierra firme en la que hallar cobijo y seguridad. No era, no obstante, Roth persona de domicilio fijo y esta inestabilidad se traduce en su consideración de los hoteles como muestra de movilidad y de tránsito, domicilios pasajeros propios a la figura del judío errante que el autor de La cripta de los capuchinos encarnaba. Y en estos cambios de lugar, se convierte en anunciador de lo que vendría, muestra sus fugaces simpatías por los cambios experimentados en el país de los soviets, y no oculta el muermo que le producen los compulsivos entrenamientos del ejército albanés y el aburrimiento que le produjo tal lugar. No faltan los elogios al imperio austro-húngaro y tampoco sus puntos débiles, aquel reino de Kakania del que hablase Robert Musil, quien por cierto hablase de La marcha Radetzky como un libro cuartelero bien escrito, sin más. De tal retrato se ocupa, de manera especial, en su Su imperial y real apostólica majestad ( K y K ). Las entregas de Rotn nos hacen respirar el aire cargado que se balanceaba entre la tradición y el cambio, que parecía emparentarse a pasos crecientes con el abismo.

Asistimos a la manifestación del primero de mayo encabezada por Trotsky, vemos los elogios a la masiva alfabetización; alpamos la xenofobia que domina la atmósfera germana, y el creciente antisemitismo que es la moneda corriente al uso, al grito de ¡ muera la República de los judíos! y escuchamos las conversaciones de Roth con diferentes personajes: algún japonés, conserjes de hotel, camareros en medio de una ambiente cosmopolita en el que éste es de« la Alta Austria. El francés, un francés de la Provenza. El conserje de Normandía. El jefe de camareros, bávaro. La camarera de habitaciones suizas…», en donde ni le hacen rellenar los papeles de inscripción ya que es un viejo conocido; de los clientes de los hoteles, qué decir…de todas partes del mundo y de diferentes religiones o defensores del ateísmo. Viajamos con barcos de emigrantes, surcamos el Volga, vamos al Báltico, conocemos desmanes de diferentes y siempre vigilantes policías. Cafés berlineses desde que se escucha la banda sonora de las botas militares, inválidos de guerra y sus perros acompañantes en un ambiente en el que los perros montan a lomos de los hombres…millonarios, militares, espectáculos teatrales, conciertos, y una pena que desde la cuna cubre la travesía por la vida de este santo bebedor: cuando a los tres años le quitaron la cuna para dársela a otro…« me convertí en adulto, tal vez sólo por unos instantes, pero bastaron para que me sintiera triste, triste como un adulto, y quizá con mayor motivo»…un travesía con los vasos como anestesia que le llevaban a crear y también a la autodestrucción.

Una obra que retrata al escritor y su continuo deambular, al tiempo que entrega un panorama de las tierras recorridas, en una prosa en la que se dan la mano la realidad pura y dura, y una capacidad de ficción desarrollada hasta los límites.

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