El mucho militar

Ya han tenido que abrir la boca. Ni en el ejército más profesionalizado hay quien se libre de los bocazas. Pudiera ser que hubiéramos empezado a tomarles por tontos por no decir nada cuando se rompe la patria y han tenido que decir cualquier cosa y disipar las dudas. Supongo que la tontería, como la verdad incompleta o la mala educación se contagian. Mi abuelo me contó hacia donde dirigían la otra mano los presos cuando les hacían responder con lo de ¡Una!, ¡Grande!, ¡Libre!, a los gritos de ¡España! con el que se cerraban muchos actos en las prisiones.

   Entre los que protestamos porque queremos otras cortes para otra constitución estamos demasiados estudiantes y supongo que las protestas van a dar qué decir a demasiados estudiosos. El problema de los que hemos sido, estamos siendo demasiado tiempo estudiantes, es que desembragamos con facilidad de la realidad, del arte de hacer la guerra. Dicen que cuando los godos devastaron Grecia, uno de sus generales salvó las bibliotecas de ser quemadas diciendo que convenía dejarlas a los enemigos como cosa idónea para apartarlos de los ejercicios militares y entregarlos a ocupaciones sedentarias y ociosas.

    Ayer aquel grito de doble interpretación “Todos a la calle” que vimos cuando el corralito, volvió una vez más a las calles de Madrid. Entre los que no están todavía en la calle están los ladrones que no hemos pillado, los que hemos pillado y siguen como si tal cosa y los ciudadanos que no creen que saliendo a la calle a manifestarse se arregle nada. Entre mis amigos de juventud uno, particularmente tonto, llegó a alcalde. Al cabo de unos años no parecía tan tonto. Pensamos que una vez más la función hace al órgano. Sin embargo, ¿no es posible también que de estas instituciones miserabilizantes salga gente miserable?

  La gente nos crecemos con los nombramientos. Respondiendo a la tontería de usar asnos para el laboreo decía Antístenes: ”Basta que los dediquéis a ello ¿No designáis para vuestras empresas militares a los más incapaces e ignorantes, quienes sin embargo, nunca dejan de convertirse en dignos merced a vuestro nombramiento?” 

  Hay historiadores que insisten en abandonar la interpretación folletinesca de la historia, la “antigua concepción de la historia” como “historia de las batallas”, en dejar de lado la historia militar en beneficio de una historia civil o social. Una Historia que considera la guerra como un procedimiento extrapolítico, como una reliquia de la prehistoria. Esta metodología pacifista se ha extendido incluso al origen de las ciudades o de los Estados, prescindiendo de todo lo que tiene que ver con la guerra, y acudiendo sólo al concepto de comercio… Estos historiadores recuerdan en sus procedimientos a los de los pedagogos que reescriben pensando en sus tiernos alumnos, los cuentos infantiles clásicos suprimiendo al lobo y la madrastra.

  El mucho militar a unos convierte en militares y a otros en militantes. Los hemos visto a un lado y otro de las vallas delante del congreso. Cuando el ejército se convierte en policía es porque supone que el enemigo de la patria está entre nosotros. La fórmula de la militancia del siglo XX fijada por Sartre, on a raison de se révolter, hay que traducirla en algo distinto de lo usual: no tiene la razón quien se subleva contra lo existente, sino quien se venga de ello.

  La democracia y la turba de lincha tienen la misma fuente. La institutio affecti se alimenta y se propulsa a sí misma. Como si la solidaridad social y la difusión de la violencia se basasen en el mismo principio contagioso. Los afectos no son algo que pertenezca a un sujeto y se transmita después a otro sujeto; los afectos funcionan en el nivel preindividual, como intensidades libres que no pertenecen a nadie y circulan a un nivel que está por “debajo” de la intersubjetividad. No hay quien cambie esas cosas desde dentro. Los cambios tienen que venir desde afuera. Pero manu militari no.

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