El momento más peligroso en la historia de la humanidad

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Por Mikel Arizaleta

Dicen que  apareció por primera vez publicado en IPG-Journal en enero del 2017 con motivo del 75 cumpleaños de Stephen Hawking, pero merecen ser recordadas sus palabras de advertencia y aviso en este 76 de su muerte a una mayor humanidad y menor arrogancia por parte de las élites.

Decía entonces Sir Stephen Hawking:

«Si queremos conservar la última oportunidad, a los  dirigentes y gobernantes de este mundo no les queda más remedio que reconocer que han fracasado y que han dejado en la estacada y en la miseria a la mayoría de las personas.

Como teórico de la física he vivido parte de mi vida en Cambridge en una burbuja muy privilegiada. Cambridge es una ciudad increíble en cuyo recinto se halla una de las universidades más prestigiosas del mundo.  En esta ciudad juega un papel muy especial la comunidad científica, a la que pertenezco desde mis 20 años. Y además dentro de esta comunidad goza de una especial consideración el pequeño círculo de internacionales físicos teóricos. Además se cuenta con mi fama y renombre, debido a mis libros y a esa especial guinda que supone mi progresivo aislamiento, en el que vivo, fruto de mi enfermedad.

De modo que yo también pertenezco a la élite que en los últimos tiempos tanto en USA como en Gran Bretaña se ha convertido en blanco de la crítica. Sea cual sea la postura de uno frente a las decisiones del electorado británico o de USA, ante la salida de la Unión Europea o ante la elección de Donald Trump como presidente, lo cierto es que los expertos están de acuerdo que fue un aldabonazo y un grito de rabia y enojo de aquellos que se sienten abandonados y desatendidos por las decisiones políticas de sus gobernantes. Todos opinan que ha llegado el momento en el que los desengañados y decepcionados se han hecho oír, y que con su voto han desoído y mandado al carajo los consejos de expertos y élites.

Y también yo me puedo incluir entre ellos. Advertí ya que el Brexit perjudicaría la investigación científica en Gran Bretaña y que la salida supondría un retroceso. Pero el electorado, o cuando menos una parte decisiva del mismo, despreció mi advertencia al igual  que la de los políticos dirigentes, sindicatos, artistas, científicos, empresarios y personas destacadas, cuyos consejos al resto poblacional se han perdido en el olvido y en el rechazo de las gentes.

Pero más importante que la decisión de estos dos electorados es ahora la reacción de las élites frente a esta decisión del electorado. ¿Debemos desechar ahora por nuestra parte estas decisiones como resultados de un populismo bruto, inculto, que desatiende los hechos, y buscar en cambio cómo evitar y obviar de alguna manera los resultados del electorado? A mi modo de ver una postura así sería fatal.

Son absolutamente comprensibles las preocupaciones y angustias ante y sobre las consecuencias económicas de la globalización y del cambio tecnológico que se viene acelerando. La automatización de las fábricas ha conllevado la destrucción de una gran parte de los puestos de trabajo en empresas  tradicionalmente productivas. Mediante la aparición y la aplicación de la inteligencia artificial hoy se pone también en jaque y se cierne la amenaza sobre puestos de trabajo en la clase media. Al final sólo  quedan puestos en la unidad de vigilancia para trabajadores creativos, personal de gestión y de administración. Lo que agudizará aún más la extendida desigualdad económica existente en el mundo. Internet posibilita plataformas con las que  algunos particulares pueden obtener enormes  beneficios con muy pocos empleados. Esto resulta algo inevitable, es el progreso. Algo que por desgracia conlleva también injusticias sociales.

Piénsese tan sólo en el derrumbamiento-financiero, que ha hecho ver a la gente que algunos tiburones, hienas financieras, pueden obtener enormes beneficios, lucrarse sin medida, mientras el resto debemos responder de sus especulaciones y pagar la cuenta cuando ellos, llevados por su codicia, fracasan. Vivimos en un mundo de una creciente –y no decreciente- desigualdad económica. En muchas personas ya no se trata de mantener su estándar de vida sino más bien de poder conseguir su sustento vital. De ahí que no resulte extraño que quieran cambios, que Trump y quienes abogan por el Brexit pudieran presentarse ante ellos engañosamente como abiertamente creíbles.

Y estas desigualdades se hacen hoy mucho más visibles que otrora. El uso global de internet y el empleo de los medios sociales adquieren dimensiones impremeditadas: se observa la terrible desigualdad existente hoy en el mundo de un modo mucho más visible e inmediato que antes, y está mucho más al alcance de las gentes. Para mí la posibilidad de servirme para la comunicación de la tecnología fue una experiencia positiva y liberadora. Sin ella desde años no habría podido trabajar más. Pero para otros esa tecnología de la comunicación puede ser también una tortura: Da igual lo pobre que uno sea, mientras pueda acceder a internet mediante un teléfono puedo contemplar con asombro la vida de la gente más rica de las partes más acomodadas del mundo. El que hoy en el África, al sur del Sahara, haya más personas que disponen de un teléfono móvil que de acceso a agua potable significa que a la larga todo dios va a ser consciente de esta desigualdad en nuestro planeta, cada vez más poblado.

Y las consecuencias son evidentes: Impulsados por la esperanza de una vida mejor la población rural pobre emigra en masa a las ciudades. Y cuando mediante Instagram esa gente ve que los paraísos que ven no se encuentran en los miserables arrabales de sus ciudades los buscan allende los mares y se unen al flujo de emigrantes buscando economía. Esta corriente migratoria pone gravemente en cuestión las infraestructuras y economías de los países acogentes, socavando con ello la tolerancia y avivando todavía más el populismo político.

Todo ello me lleva a concluir que es más urgente que nunca en la historia de la humanidad un trabajo conjunto. Nos encontramos ante inmensos problemas medioambientales y muy intranquilizantes: cambio de clima, producción de alimentos,  superpoblación, retroceso en la variedad de especies, epidemias, hiperacidez de los mares… Todos estos fenómenos nos muestran que nos encontramos en el momento más peligroso de la historia de la humanidad. Hemos desarrollado tecnologías que pueden destruir más y más el planeta en el que vivimos, pero no la capacidad de salvar  a la tierra. Posiblemente dentro de algunos siglos habrá colonias humanas en el universo, pero mientras tanto tenemos que preservar este planeta y tenemos que empeñarnos todos en la tarea. Y para ello tenemos que desmontar y derribar, y no levantar o fortalecer,  barreras dentro y entre las naciones. Si queremos concedernos la última oportunidad no queda más remedio a los gobernantes de este mundo, encargados de tomar decisiones, que reconocer su fracaso y admitir que han dejado en la estacada y el abandono  a la gran mayoría de la población.

Cada vez los recursos se concentran en menos manos, por lo que tenemos que aprender a repartir más que hasta ahora. Y porque no sólo están desapareciendo puestos de trabajo sino que también sectores industriales completos estamos obligados a ayudar a la gente, estamos forzados a trabajar por la conformación de un nuevo mundo y, durante este tiempo, a apoyarlo financieramente. Si la actual dimensión de la emigración no es superable para las comunidades y economías tenemos que emplear nuestro esfuerzo más en el desarrollo de una economía global. Pues la única posibilidad de convencer a los millones dispuestos a emigrar es creando en sus países futuro.

Es posible. Con respeto a la especie humana yo soy un descomedido optimista. Pero las élites –desde Londres a Harward, desde Cambridge hasta Hollywood- deben sacar sus enseñanzas y consecuencias impartidas por los electores meses atrás. Y sobre todo apropiarse de una cierta dosis de humildad y modestia”.

Mikel Arizaleta

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